Cinco textos de Marcelo Garrido (de “Poemas Animales”)

Viaje hacia la hierba

A media calle,

Tres caracoles
Se mueven hacia la hierba.

La mirada sobre ellos revela un terrible esfuerzo:
La distancia considerable que compromete sus trabajos,
El peso de sus moradas espirales.

Es muy tarde en la noche de mi regreso
A los baldíos sucios de la casa.
Pequeño y torpe camino a la siga de mi sombra,
Que juega bajo la luz anaranjada de las luminarias.

No hay historia y sin esfuerzo alguno
Empujo la noche al interior de mi garganta.

A media calle,

Tres caracoles
Se arrastran sobre el asfalto.
Estelas tornasoladas tejen este viaje hacia la hierba,
Cuya memoria secará el sol
Con los primeros trabajos de la luz.

 

Plano Secuencia

Mengua el valle con la aparición de las bandadas.
Pasa por el cielo un niño con alas de papel,
Desde abajo,
La gente lo saluda.
Una pareja de enamorados se encamina hacia el bosque.
Con lupas en sus manos, unos entendidos
Observan una flor amarilla.
Los obreros levantan una torre.
Pasa por el cielo un niño con alas de papel.
Desde abajo,
Los obreros lo saludan.
Los entendidos cortan la flor amarilla
Y la ponen en un frasco.
Bebe de la vertiente un peregrino.
Un perro filosofa bajo el pino mayor.
Unos hombres de sombrero arrastran una roca negra.
Una mujer desnuda yace rodeada de muchachos.
Un anciano orina sobre unos cardos maduros.
Pasa por el cielo un niño con alas de papel.
Desde abajo,
Los muchachos lo saludan.
Desde el bosque vienen unos enamorados.
El perro filosófico ladra para nadie.
El peregrino defeca un poco más allá sus calamidades.
La bandada de pájaros se arroja sobre la mujer desnuda.
Los muchachos se precipitan sobre el anciano,
Lo golpean sobre los cardos.
En el centro del valle,
Los hombres se detienen,
Se quitan los sombreros y se abanican con ellos.
Los entendidos se comen la flor amarilla.
Los obreros se declaran en huelga,
Algunos se arrojan desde la torre.
Los enamorados se separan.
Ella engorda entre los matorrales,
Él aguarda en una cueva.
El peregrino se encamina hacia el norte
Llevado por un presentimiento.
La bandada de pájaros vuela hacia el norte
Movida por el cambio de estación.
Los entendidos han echado raíces y florecen amarillos.
A lo lejos aparecen nuevos entendidos.
Un grupo de muchachos contempla fascinado
El esqueleto blanco de una mujer.
Un anciano pasa con una flor de cardo en el ojal.
El perro filosófico lame sus heridas y reflexiona.
Los enamorados separados se reúnen.
Ella trae un crío en los brazos.
Él trae en su mano los ojos
Que le arrancó al caballo
Que habita en la cabeza de los sonámbulos.
Se toman de la mano y caminan hacia el centro del valle.
Los hombres se calzan sus sombreros
Y danzan junto a la roca
El valle se llena de gente.
El niño es consagrado en presencia de la multitud.
Pasa por el cielo un niño con alas de papel.
Desde abajo,
Ya nadie lo saluda
Entonces vuela más alto y se pierde contra el sol.
Una lenta lluvia de cenizas cae sobre la cría y la cubre.
La gente se retira silenciosa.
Los enamorados recogen la criatura que Hora.
Ella lo amanta, él entrega a los hombres
Los ojos sangrientos que arrancó al caballo
Que habitaba en su cabeza.
Los hombres arrastran de regreso la roca
El perro filosófico ladra,
Se pierde ladrando en un bosque cubierto de cenizas.

Para Agustín

 

Las miserias del afecto

No se enamoran los animales,
Con indiferencia se dan al afecto
Cuando el tiempo gira otra vez entre sus órganos
Bajo la mirada severa de la muerte.

No se enamoran los animales,
No padecen esta triste enfermedad cotidiana.
No se miran al espejo los animales
Y por lo mismo sus extravíos no tienen
En su naturaleza el efecto de la piedad
Por si mismos. No se perdonan los animales,
Son pacientes como el ojo que no está
Mirando nada bajo el párpado dormido.

No se enamoran,
No hablan mal de nadie, ni escriben,
En contra del otro. No proceden sórdidamente,
No se contagian del asco
De insignificantes vidas sin asunto.
Y por lo mismo no saben los animales
Hasta qué punto se aman los unos a los otros.

No se enamoran los animales,
No saben decirle al otro cómo hay que hacerlo
Ni qué hace falta para morir dignamente;
Hacen lo necesario para que las palabras
No tengan lugar en sus universos.
La vida de los otros es la vida de los otros:
Lo amorosamente desconocido

No se enamoran,
Son imperfectos y simples
Como el agua o la tierra.
El fuego es para ellos otro animal.
Otro animal, el viento;
Otro animal, la lluvia.
No se enamoran los animales.

 

Casi no he mirado por la ventana…

Casi no he mirado por la ventana el día de hoy.
Este día se ha cerrado en torno mío y yo me he plegado
En su oscuridad.
La oscuridad     como una miel sofocante
Se ha derramado en torno mío     y yo
Me he sofocado
En su sustancia.

Casi no he mirado en el nudo negro de este fastidio.
Este día me he desplazado indiferente en todas direcciones.
Como apremiado por una vaga idea
De lo que habita en la indiferencia de este encierro.

¿Qué ocultan estas paredes?
Estas paredes no ocultan nada.
De hecho no hay paredes, sólo el miedo a que no las haya.
De hecho solo el miedo a que el encierro
Sea una fuga interminable.

El mundo amplio
Vaciado en la ausencia
Se repite negativo.
Ciego y breve     en la luz que se amontona
En la superficie de los muros.

Vuelvo del día a la cadena ligera
De la noria nocturna.
Camino del alba
Me acompaña una amarga mula.

 

Celo, pasión y muerte

Tuve amoríos con la mar,     entré en sus salados atavíos
Y de la experiencia que surge de la pasión
Tuvimos peces.
En la paciencia que rompe el deseo, pusimos huevos.
Cuajaron en su ámbito oscuro las tormentas.
Nos hicimos una choza entre las rocas y desnudos
Conjuramos al olvido.
Puso escamas en mi cuerpo, hablábamos la lengua
De las olas en el empeño de cerrar todo vestigio,
En el empeño que quita de la orilla todo juramento,
En el empeño que borra los más implacables dibujos
Y arroja silencio sobre las huellas.
Puso escamas en mi cuerpo, me amó con la furia
Que atormenta los embarcaderos y de la pasión
Que sala las heridas,
Nacieron peces.

Han pasado unos años.     Tal vez un océano de miseria
Se derramó entre nosotros,
Tal vez la constelación de su lujuria se ha secado
Sobre mi piel.
Pero en la ternura desordenada de sus jadeos estoy
Todavía. Fui hermoso, como un náufrago orgulloso
Fui su amante.
Puso escamas en mi cuerpo y de aquel encuentro
Nacieron peces.

Esta tarde
Estoy viejo y cansado,
Estoy lejano y solo frente a la mar.
He venido a preguntarle por mis hijos,
He venido
A preguntarle por mis hijos.

 

 


 

Marcelo Garrido (1976), Poeta y docente. Ha publicado los libros La Oscura Casa de la Inteligencia (2000), Animales (2008), El Niño en la Ventana (2009) y Poemas Animales (2018).

Imagen de la cabecera: Perro Durmiendo de Gerrit Dou (1650).