Restos de fábula, cuajos de historias: “Poemas animales” de Marcelo Garrido (por Ricardo Herrera Alarcón)

Poemas animales (Temuco. Ediciones Nagauros, 2018) interroga nuestras maneras de decir no tanto porque la reflexión metapoética sea su centro, sino por su propia práctica escritural. Después de su lectura ya no tiene mucho sentido seguir jugando al misterio o la imagen, como si una manera de acercarse a la literatura se agotara. Se aleja de aquello sobre lo cual un poeta actual debería escribir y también toma distancia de la tentación por hacer fábula moral. Marcelo Garrido (Concepción, 1976) apuesta por evadir las poéticas de moda pero también a los que podrían ser, tentativamente, sus padres genealógicos. Uno podría entender un texto como “El señor de la casa”, solo por el hecho de saber que el autor realizó su doctorado en literatura sobre la poesía de Raúl Barrientos, ese extraño poeta de la generación del 60 que residió buena parte de su vida en Nueva York y cuya obra carga con el enigma de cierta poética que la crítica ha denominado como existencial y metafísica. Alguien señaló, hace algún tiempo, que los poetas jóvenes volverían a la lectura de Rosamel del Valle o Humberto Díaz Casanueva. Agregaría a Carlos De Rokha, Omar Cáceres, Eduardo Anguita, A. Bresky. En su Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea, José Olivio Jiménez apunta que Díaz Casanueva no hace uso de la imaginación surrealista, pero sí “de un sistema de visiones y figuraciones simbólicas tan individualizadas, tan personales, que lindan con el hermetismo y la expresión críptica”. Visión y hermetismo como dos conceptos que parecen llenos de polvo en la poesía chilena reciente. Su amigo, Rosamel del Valle, transita un camino parecido. Qué pasó en el intertanto que los poetas se alejaron de estas filiaciones? Era todo evasión y juego en ellas o nos acostumbramos a una poesía de lo referencial inmediato? Era necesario diezmar la generosidad de esas palabras que podían imaginar mundos ajenos y propios? Poemas animales sintoniza en esta frecuencia. La música  de esa tradición suena como ecos que vienen de muy lejos pero que no interfieren las propias ecualizaciones del autor: “Vivo a gusto en mi casa de cobre magullado,/ Con mis leones  oxidados por el orín. No miro la cara del otro./ Su queja de paja./ Me veo musitando con dulzura en la puerta de mi casa vieja”. Como quien entra al agua profunda, en la lectura se va perdiendo piso, referencialidad, una manera de entender la  oscuridad sin que se empañe el vidrio de la escafandra. En otro texto, “La pregunta más antigua”, existe una casa que se llena de animales, bestias que acechan la tranquilidad del cotidiano. Lo fantástico que irrumpe e impide un desayuno familiar: “Entre la casa y la cocina hay un mar de animales./ Un mar de ojos redondos como bolas de vidrio/ Es la tierra gruesa de los bueyes./ Alguien trajo estos animales mientras yo dormía./ Ya estarán al rojo las letras de fierro/ Para quemar en ellos el dominio”. Estamos frente a un texto que dialoga menos con Lobos y ovejas de Manuel Silva (y su intento por hacer una alegoría de la condición humana),  que con Animales lentos, de Jorge Volpi, donde sí está presente la reflexión sobre el pelaje del lenguaje, pero más que eso una reflexión sobre la existencia, la luz y el movimiento.

Recuerdo la impresión que me produjo la primera lectura de Poemas animales. Una lectura grupal con escritores en un bar. Una lectura coral. Esa cofradía de la que habla “El asunto”: “Maquinaria atroz, pero bella/bellísima/ En su atuendo incuestionable./ Una mesa y unas sillas bastan para un ritual./ Vasos, botellas y parroquianos,/ Lo bastante ciegos para ignorarse un par de horas”. No podríamos ignorar la certeza que la poesía es esa incertidumbre, que en “Celo, pasión y muerte”, supone  amoríos con la mar y con la orilla del mar como naufragio. Un llamado a media voz para que se acerquen a escuchar a estas criaturas que rondan la noche del poeta. Poesía que tiene el aire de lo intemporal, de la escritura que huye del contexto. Que hace familiar los fantasmas del subconsciente. Que actualiza una tradición sin subordinarse a ella. Porque acá lo que hay de hermético no olvida nunca esa máxima de W. Stevens de que al menos en poesía, la imaginación no debe desligarse de la realidad.

Sé que este es un libro trabajado con la paciencia de los años. Un zoo personal sobre el cual acecha la magia, el azar, el carnaval de un bestiario a veces. Como el título de uno de sus poemas, el libro puede leerse como plano secuencia de un territorio donde conviven pájaros, peces, corderos, gatos, ratas, caracoles, cocodrilos,  ballenas, perros. También seres indeterminados o preternaturales, como en el poema  “Como la arena cayendo”: “Precisamente cuando enterraba en la arena sus dedos/ Largos y delgados como raíces,/ Vino del desorden de la marea,  desde su brasa,/ Un animal afiebrado y hambriento,  una bestia/ Triste y marina/ Que se echó junto a ella/  Como un trozo de fierro oxidado”.  O esos “peces eléctricos (que) saturan el espejo negro” (“La agitación del hastío”). Todos tienen en común que se alimentan tanto del vacío como la murria, palabra (esta última) que funda un temple. En nuestra república existen poetas que siguen fieles a una estética y construyen su obra como posibles variaciones de un mismo texto (Teillier, Rojas, Harris, por ejemplo). Otros giran el timón de tanto en tanto: Neruda, Lihn, Sanhueza, quizás. Algunos quieren hacerlo y no les resulta. Todos quieren, pero no pueden ser fieles a sí mismos en la mesura y el exceso.

Marcelo Garrido ha construido su obra en la idea de progresión o work in progress. En general esas obras no resisten, en mi opinión, más que dos libros seguidos. El resto es el autoplagio o autoparodia. Digamos que acá eso no sucede. Algunos de sus libros anteriores, trabajados y reunidos en Poemas animales, ganan en estructura y coherencia.  Hablé hace un rato de “Plano Secuencia”, poema homenaje al cine de Tarkovsky, a esos movimientos de cámara que registran el ralentizado transcurso del tiempo. Así también el poema es el fraseo de un visor que describe bandadas, parejas de enamorados, flores amarillas. Solo un niño con alas de papel, transitando el cielo (quizás un guiño a La infancia de Iván) incorpora algún síntoma de anomalía en la escena, un extra lírico (como lo hace la filmografía del director ruso), la extrañeza de un viento que cierra una puerta cuando sabemos que no hay viento y nadie se ha levantado a abrir una puerta. También un perro filosófico. Pero se integran en la normalidad de la película. No es raro que alguien traiga en las manos los ojos que “le arrancó al caballo/ Que habita en la cabeza de los sonámbulos”. Al progresar el poema las imágenes dan cuenta de un aire apocalíptico cuyo desenlace es el perro que “Se pierde ladrando en un bosque cubierto de cenizas”. Garrido gusta de mostrarnos estas secuencias donde lo real nunca termina de serlo. Su poética necesita de estas epifanías, la creación de una realidad alterna. En “El inmerso” se cuestiona la distancia entre el deseo de decir, el conocimiento y la materia de la cual se quiere hablar, como si la escritura fuera un número que se humedece y disuelve: “Si la lejanía fuera madre de lo oscuro que no nombra/ Entonces en la raíz de la materia/ Habría motivo para lo que nombro// Pero desconozco con fiebre y desconozco/ Mi abierta manía de río entre lo seco.// Si lo que nombro pertenece a lo que se esconde,/ Entonces a qué decir con tanto apuro”. Este libro podría haber sido publicado fácilmente en los años cincuenta. Pero es de 2018. Y es actual. Ahí radica su principal característica.

Quizás todas las bestias que acechan dentro de estas páginas no sean más que los fantasmas personales del poeta que han tomado forma y se despliegan en un territorio donde existe poca quietud y cualquier objeto o elemento trasmuta en ave o gusanos de luz. ¿Acaso no es eso lo que nos dice, hacia el final del libro, un sujeto transformado ahora en un “oscuro animal lleno de voces? No recuerdo quién dijo que todo libro exhala un perfume. En Poemas animales es el perfume de una luz humedecida, una respiración que también sentimos propia.

 

Temuco, marzo de 2020.

 


 

Ricardo Herrera Alarcón (Temuco, 1969). Profesor de Castellano. Editor de Editorial Bogavantes de Valparaíso. Ha publicado Delirium Tremens (2001), Sendas Perdidas y Encontradas (2007), El Cielo Ideal (2013), Carahue es China (2015) y Santa Victoria (2017).