Nunca salgas de allí (por Claudio Guerrero)

Una mañana salimos a las afueras del pueblo, por un camino rodeado de zarzamoras. En la acequia que bordeaba el sendero hallamos el tesoro: un escarabajo negro, brillante como el óleo, de unos 10 centímetros de largo, semitapado por la tenue corriente del agua. Volvimos eufóricos a casa en busca de un frasco. Corrimos lo más que pudimos. Mi hermano menor dio vuelta unas almendras y salimos de vuelta a la acequia, vidrio en mano, levantando polvo. En el lugar indicado, solo hallamos unas piedras que luego nos servirían para tirarlas al curso de la corriente. Nuestro tesoro había desaparecido.

Cuando pienso en la provincia, pienso en este tipo de hallazgos encontrados y rápidamente perdidos. El asombro, la albricia, ese momento mágico, único e irrepetible que nunca más volverás a hallar, sino únicamente en la memoria. Allí vive por siempre, nadie nunca lo podrá extirpar. Resonando.

La provincia es para mí una infancia rodeada de árboles, olor a tierra fresca, ladridos de perros en la calle, el sonido del gallo cada mañana y todo lo que quieras agregar. Aquí podrás poner tus propias visiones y sonidos. Para mí, fueron los discos y lecturas de mis padres hallados en el living familiar. Una cámara fotográfica. Piezas enigmáticas. Muchas antigüedades y cada objeto con su propia historia. El barco que trae a mi padre desde Punta Arenas. El tren que trae a mis tías de Rengo a Estación Central. Una herencia de mañanas luminosas.

En fin. Sigo. Me detengo en una imagen. Es mi abuela descendiendo del autobús en la plaza del pueblo, viniendo con mi hermano menor y yo, los dos muy bien peinados y limpios, ya con ganas de subirnos a la victoria. Pero a menudo el carruaje es una negativa y mi abuela decide andar. Caminar las tres cuadras que separan la plaza de la casa de sus hermanas, lentamente, detenida cada cinco metros por algún conocido. Media hora a pie para un camino de diez minutos. Todo el mundo la quiere, todo el mundo la recuerda, todo el mundo la conoce. Ella trae noticias de la ciudad, pero en verdad solo trae consigo su traje negro de la viudez que arrastra por años, y a veces, apenas una inclinación de cabeza como saludo cortés. Cuando alguien no la detiene, nos muestra a lo lejos el liceo donde fue directora y nos cuenta la trabajosa historia del muchacho al cual le enseñó a leer.

La provincia para mí es ese pueblo adonde acudíamos todos los veranos. El momento esperado que nos sacaría de la canícula del tedio citadino. La calle donde estaba la farmacia del abuelo y que ahora era una tienda de zapatos. El robot de la plaza. Los helados a la vuelta de la esquina. La piscina municipal. Los almuerzos bajo el parrón. Los sonidos de alta fidelidad que provienen del equipo musical del primo grande. El viento de montaña. Aire limpio. La respiración nocturna sentados afuera de la casa ansiando ver una estrella fugaz. Un tiempo detenido para siempre. Una fijación. El lugar del cual nunca huimos. Un mundo que siempre traía como promesa un descubrimiento.

La ciudad, en cambio, nos forzaba a otro ritmo, del cual nos resistíamos. Vivimos por años entre dos mundos. Un entrelugar que tendía puentes para todos lados. La ciudad era una vorágine, próximos al centro de la ciudad. Pero siempre fue un lugar a pie. O en bicicleta. Un enjambre de calles pequeñas donde los niños jugábamos libremente sin temor a nada. Hasta que se acabó esa infancia de atardeceres cansinos y salimos al mundo a vivir por nuestros propios ojos. Entonces, la propuesta fue vivir la ciudad provincianamente. A contrapelo. Imponer el propio ritmo. Ese swing que aprendimos alguna vez y que no olvidamos jamás. Saber escuchar, detenerse a escuchar, imponer el silencio cuando el mundanal ruido altera los sentidos. Sobre todo, introducirse en el lenguaje de cada cosa. Todo por su nombre. No un árbol, sino el damasco del patio de casa. No una hoja de hierba, sino el llantén con el que mi hermana toma el té después del almuerzo. No el arbusto genérico y soso que asoma por el jardín, sino que la ligustrina de tonos verdes y amarillos que divide nuestro castillo del mundo de afuera. Y así, el olor del jazmín que quiere huir de la reja de calle. El revólver que mi abuela esconde cada noche bajo la almohada. El Cristo de Mayo sobre su cómoda. La Virgen del cerro iluminada frente a la pieza nocturnal donde prolongamos nuestras conversaciones pueblerinas.

Nunca fuimos más felices que en estos pastos tiernos. En esas tierras fantasmagóricas que impusieron su propio tiempo. En las faldas de los cerros las rondas cobraron todo su sentido. Las ruinas del palacio perdido nos hablaban de una época que no vivimos. Pero todo ya estaba allí, incorporado a nuestra partitura. La línea del tren por donde caminábamos por horas nos hacía soñar con otras tierras a las cuales nunca fue necesario ir. Todo estaba concentrado en ese microcosmos a escala humana que nos enseñó a vivir. Por más que las circunstancias de vida te hayan llevado a otros parajes, nunca huiste de la provincia. Nunca saliste de ese territorio invisible. Ella te acompaña en cada letra. Es el corazón de toda escritura. Un hecho estético.

Creo que toda la poesía que he escrito ha estado ceñida a estas aguas bautismales. Provincia, poesía, infancia son casi una misma cosa. Es una cantera inacabable de acontecimientos, sensaciones, imágenes que se agolpan. Guardan relación con una condición expectante. Estar atento a la llegada del momento que activa la experiencia ya vivida. La poesía es una precondición. Es el anticipo de un futuro ya vivido. Es la promesa de un mundo mejor, lejos de las alienaciones que nos distraen del verdadero camino: ese que nos lleva, siempre, a la fuente original. He pretendido a lo largo de mis felices escrituras ser fiel a ese principio, paradójico, puesto que, para volver siempre a él, hay que haber salido alguna vez. Entrar y salir sería la mecánica celeste de esa escritura. El único modo de recuperar un tesoro perdido. El único modo de habitar lo invisible.

 

Agua Santa, febrero 2020

 


 

Claudio Guerrero es autor de los poemarios Las corrientes luminosas (2020), Código menor (Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, 2017), Pequeños migratorios (Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, 2014), El libro de las cosas que se ignoran (Ediciones del Temple, Santiago, 2002) y El silencio de esta casa (Ediciones Casa de Barro, Santiago, 2000). Además, escribió el libro de ensayos Qué será de los niños que fuimos. Imaginarios de infancia en la poesía chilena (Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, 2017).

 

Imagen de la cabecera: fotograma de la película Days of Heaven, de Terrence Malick (1978).