Entrevista a Isidora Vicencio + Muestra Poética

Por Comité Editorial Elipsis.

¿Por qué dedicarse a la literatura en el presente? ¿Por qué ese medio y no otro?

Para mí, dedicarse a la literatura no es lo mismo que ejercer una ocupación asociada a cierto utilitarismo. La escritura es un oficio al que me dedico porque necesito hacerlo y no tengo la respuesta al por qué de esa necesidad. Sólo puedo decir que es una necesidad enlazada con mi vitalidad y que ninguna otra cosa en mi vivir tiene tanta importancia como ella. Escribir es lo que me otorga la mayor plenitud de expresión para lo que aparece en mí imaginar. Principalmente, escribir poesía, que es un tipo de hacer que tiene una lógica propia, muchas veces oculta y que atraviesa el lenguaje de maneras misteriosas. Por estas razones, escribir poesía me hace gozar de una libertad que ninguna otra cosa me entrega.

¿Cómo abordaste la escritura de Casas enterradas? ¿Qué te sucedió primero, qué te sucedió después?

La escritura de Casas enterradas tuvo una intencionalidad inicial que se fue modificando de forma inesperada con el paso de los años. Fue un proyecto que comencé en 2011 con el deseo de crear imágenes que estabilizaran de alguna forma la fantasmagórica memoria de lo acontecido, imágenes cristalizadas en la combinación de palabras que funcionaran para mí como un álbum de los hábitats que me formaron. Esto vino de la incesante melancolía por el territorio que me recibió desde el nacimiento. Melancolía que todavía me sostiene y que creo, nunca se irá. Lo que me sucedió después es que algunos lectores catalogaron este libro dentro de la escritura lárica, o los más posmodernos, lo denominaron “neolarismo”. Y qué me pasa con eso. Primero, creo que el larismo está subvalorado, y que la facilidad con la que se catalogan ciertas escrituras como láricas deja el trabajo con el territorio como una vieja estampilla para coleccionar por linda y exótica, pero prescindible. En segundo lugar, no invoco las monedas de la lluvia para imitar el sendero de los trenes. El territorio es parte de algunos cuerpos como los nuestros, que nacimos donde la existencia de los espíritus de los lugares no son mitos para explicar hechos que ahora se demuestran científicamente, sino que es conocimiento tácito. Algunos estamos marcados por el territorio que nos vio nacer y esas marcas quedaron en nuestra forma de mirar y en nuestra forma de vivir. El territorio también nos habita y lo hace para toda la vida. ¿Acaso no es la lucha por defender el territorio una situación a la que nos enfrentamos día a día en nuestro presente?

¿Qué libros le regalarías a un escritor de veinte años?

Juzgar a un escritor por su edad me parece que no tiene sentido. Algunos a sus veinte llevan escribiendo diez. Depende mucho de cómo sea, de lo que busca. Yo creo que uno siempre está buscando quién es, debajo de otras búsquedas que van variando según las etapas que se han vivido. Entonces, los buenos libros para regalar en una búsqueda son aquellos que abren los portales hacia el interior. Pero creo que todos tenemos distintas formas de abrir esos portales. En mí, abrieron portales las escrituras de Clarice Lispector y de Donna Haraway, que, si las hubiera leído a los veinte, quizá hubiera dejado la Universidad, y eso lo digo como una buena cosa.

¿En qué lugares (reales o ficitios) estabas pensando cuando escribías tu último libro?

En todos los lugares donde logré sentir y asimilar los espíritus que habitaban. Algunos de esos lugares son concretos: Puerto Cisnes, Coyhaique, territorios de la Región de Los Ríos, Temuco, Puerto Montt. Otros son lugares con los que he soñado recurrentemente, que están hechos de elementos combinados entre el mundo material y el mundo imaginado.

¿Qué errores, o lugares comunes, te provocan dejar la lectura de un libro?

Todos los lugares comunes me parecen detestables. Soy muy exigente con las lecturas que emprendo, no me gusta perder el tiempo en cosas que no tienen mayor consistencia que ser meras copias de otras cosas. Nunca tengo culpa de abandonar una lectura si me parece que no merece el esfuerzo. A menos que se me solicite una opinión explícita, y en ese caso, sólo me gusta invertir tiempo en trabajos que mantienen una autenticidad de fondo.

¿Cuáles son los dos últimos libros que has leído?

De Terrence Mckenna, La Nueva conciencia Psicodélica, y de Donna Haraway, Ciencia Cyborgs y Mujeres.

¿Qué te gusta y qué te repele de los escritores de tu época?

Como “escritores de mi época” me referiré al amplio espectro de todos los que se encuentran vivos ahora. Hay algunos que admiro con locura por su libertad creativa, sus profundas imaginaciones y desinhibiciones en la experimentación con los materiales. Pero creo que esa es una característica que no tiene nada que ver con la época, es una forma de hacer que se genera hoy y que ya se ha generado en otros tiempos. No sé si haya algo “propio” de la época que tenga directa relación con lo que me gusta de los escritores que me gustan de este tiempo. Sin embargo, y debe ser por mi tendencia negativa, me es más fácil discernir qué me repele de algunos escritores de hoy, y es principalmente la falta de moderación o de consciencia en las demostraciones de desesperación por hacerse conocidos o famosos. No soporto a los escritores que trabajan tan arduamente en la composición de sus personajes en las RRSS y mucho menos en la vida social, pero las RRSS son algo muy propio de ésta época y detesto sus selfies y sus autopromociones.


Corderos nacen en la nieve

Las piezas de un rostro se clavan

en mis circunvoluciones

como espejo advenedizo.

La importancia de las cosas

radica solamente en el espacio de una orilla

golpeada con marítima violencia

bajo la bruma perturbando luces empapadas.

La persistencia del almácigo

se ve en la noche interminable

donde nada salva el frío

y los seres están hechos a la suerte de su piel.

En todo amanecer de invierno

el sol se asoma sobre el monte

corderos nacen en la nieve

mientras lloramos las mil pérdidas que vamos a tener.

Corderos nacen en la nieve

a pesar de las esquirlas que atraviesan mi cabeza

y el sol vuelve a salir cada mañana

y vuelve a derretir la escarcha amenazante

y cada uno sale en busca de su muerte.

Para el que guarda silencio a la sombra del manzano

No invoco las monedas de la lluvia

para imitar el sendero de los trenes

ni para repetir el vacío que solo se remedia

en la existencia de las aves

que salen del estómago de un muerto.

Encima del cadáver también crece la yerba

la sal de una lágrima

el metal de una sangre

también pueden crujir en un lugar

si se miran en la sombra del manzano.

El horror puede ser bello en la vitrina

porque no ha tocado un cuerpo

que no corra a esconderse en el primer olor a pólvora.

Conozco tu silencio,

te he visto caminando por un pueblo fantasma

y usábamos los mismos zapatos y los mismos trajes

teníamos ese sabor de los planetas en la lengua

la transparencia del cristal con que tropieza el pensamiento.

La soledad de una locura hambrienta

que tirita en el centro del bosque.

Oleaje

Yo sano la herida en la noche

que el brujo clavara su diente

diciéndome sola y torcida.

Si acabo la vida, no por su boca,

será por la propia mano que nace

no monstruo animal, peor bestia.

Por dentro se me abre un hocico que muestra los dientes

la última fuerza que busca espantar la carroña.

Entonces el aire se aplasta en el agua

una furia de sal me retuerce

dejaré de sentir que la carne palpita.


Isidora Vicencio, nacida en Puerto Cisnes, año 92. Vive en Valdivia. Publicó Casas enterradas en la editorial LAR, Concepción 2018.

Imagen de la cabecera: A Girl Writing, de Henriette Browne (1870).