19 poemas (libro íntegro de Cristian Rodríguez)

 

Un domingo cualquiera desde la ventana

El bosque guarda una sabiduría evidente
aunque repetitiva
enseñanzas tan distantes como ilegibles
que alguna vez me dijeron
sobre el amor y la verdad                         

Los sabios y los místicos adoraban a estas presencias
yo también las he intuido en ciertas calles, ciertas avenidas
sin tener la fuerza para seguir el hilo
la señal inequívoca

y así pasan los años:
nada sucede, nada cambia
lo posible y lo imposible quedan en sus propios dominios
y el Edén persiste como un parque sin mantenimiento
donde niños y criminales bailan ante pequeñas fogatas
lejos de sus casas de buenas familias.

 

Caminata por Moncul

No puedo sentir culpa por las almas minúsculas 
que crujen bajo mis pies
No conquisto ni impongo mi soberanía sobre nadie
Camino obsesivamente, me alejo obsesivamente

Busco un poco de miedo
también la ausencia del miedo

la tensión de las relaciones violentas
y la calma del invierno previa al invierno 

Los equilibrios tiran en direcciones opuestas
nada coincide con la postura de los huesos.

 

Caminata por Balmaceda

El cabreo con las instituciones públicas y privadas
y esta cefalea aguda y en racimo
se diferencian por una cuestión meramente formal.

El presente traspasa su impotencia hacia la piel y los sesos
Y allí, en los senderos donde solía estar 
la extensión lógica del pensamiento
permite la construcción de un triste quiosco de hojalata
para tapar con algo el metro cuadrado
donde deberían estar la belleza, el vacío o el silencio.

Camino por Balmaceda disimulando este dolor en las piernas
y el dolor es un mensaje que San Agustín me ha entregado
para toda la humanidad
el que llevo amarrado en una pata
con la misma estupidez de las palomas mensajeras.

 

Declaración

Si pudiera vomitar todo este peso del alma
dejarme llevar por una tremenda excreción
de secretos personales
hasta quedar vacío y de rodillas 
con la sensación de alivio y deber cumplido

No seguir ocultando esto que siento
ni separar lo que siento y lo que digo

ser como esos peces transparentes
sin escamas, ojos, ni oídos

público y vulnerable, abierto e inespecífico,
sin misterios ni amenazas
para el cardumen o el cetáceo

flotando sin destino por lo profundo
atravesado por el quieto diálogo
del océano consigo mismo.

 

El siervo

Soy un siervo silencioso
el más silencioso de toda esta casa
vivo en los rincones más invisibles del lujo
con una bandeja en una mano
y una servilleta en la otra.

Vivo pendiente a los caprichos de los más débiles
de los hijos idiotas de los emperadores
quienes se sienten traicionados por su época
el destino y las reglas de sucesión.

Apenas escucho sus gritos desesperados
apuro el paso hacia los grandes salones
dispuesto a satisfacer sus peticiones más extrañas
como pintar las paredes de rosa
o quitar los condimentos de sus platos.

La mayor parte del día
permanezco atento y cabizbajo
recibiendo sus cachetadas imprevistas, de puro aburrimiento,
recogiendo sus muebles destruidos, sus copas estrelladas.

Vivo alerta a cada movimiento de su voluntad
a cada variación de su ánimo
como a las hojas de un árbol sin viento.

Puedo quedarme así, inmóvil, durante días enteros
sin reaccionar ante sus gritos estridentes
sus brazos ensangrentados
o sus pequeños rostros sollozantes a las faldas del rey.

 

18 de octubre

Alguna vez pensé: “cuando llegue el momento
en que la Historia toque a mi puerta
Cuando el instante que tanto esperaba
se presente gloriosamente ante mí
no lo pensaré dos veces
y saldré a la calle con lo puesto
y me uniré a la algarabía de mis hermanos
para caminar juntos
en un mismo trote desordenado y jubiloso”

Ahora que ellos avanzan
en largas filas por las plazas y avenidas
mi puerta permanece silenciosa
y yo sigo aquí esperando su señal
en el mismo sillón verde olivo
de mis treinta
y mis cuarenta.

Aunque tomara la iniciativa
y saliera por mi cuenta
sólo vería espaldas
un mar de espaldas cada vez más grandes
más robustas
a medida que avanzo,

las palabras sueltas de un plan ininteligible,
las señales propias de las sectas y las cofradías,

rostros y oídos cada vez más ensimismados,

el lado blanco del ojo
sin señales de reconocimiento.

 

La renuncia

Llevo varias semanas tratando de presentar mi renuncia,
la llevo de manera evidente, entre mis manos,
a la vista de cualquiera;
de personas que comienzan a hablarme de su propia vida
hasta que pasan los minutos
y ya es imposible decirles nada al respecto.

A pesar de mi férrea voluntad de dimitir
sigo asistiendo a las cenas de la empresa
donde —hay que decirlo—
la comida es buena y el vino es decente

y donde la bondad y la alegría de mis colegas
—así como su amor excesivo por los más jóvenes—
no dan lugar a la verdad ni a sobresaltos.

Su amabilidad supera a mi determinación.
Su cariño, a estas alturas, es como una cárcel
debilita mi voluntad a tal punto
que si una de las muchachas descubriera ese momento resolutivo
—con esa intuición aterradora que tienen las mujeres—
y pusiera su mano sobre mi hombro
yo no mencionaría el asunto nunca más
y viviría con mi renuncia lista
arrugada en el fondo de mi bolsillo.

 

Insoportable personaje popular

Vivo en una ciudad demasiado pequeña,
tan pequeña que no caben dos clases sociales

Tras la clausura de los molinos y aserraderos
todos quedamos algo pobres y algo burgueses:
precarios y refinados en distintas proporciones.

Muchos de nuestros vecinos
son derechamente pordioseros ilustrados
(nietos de las antiguas riquezas agrarias)
que deambulan con abrigos pasados de moda
y que, tras una larga conversación de sobremesa
—salpicada de inteligencia y picardía—
proceden a pedirnos víveres y abarrotes
sin compromisos
con esa naturalidad tan efectiva de los vendedores.

Nosotros vaciamos nuestras despensas
con la esperanza de no volver a verlos
de que se pierdan entre la niebla
con sus carritos chirriantes,
sus juguetes, fierros y chucherías,
y sus largas filas de perros callejeros.

Sin embargo, nuestro odio es temporal
al momento de partir, ya los echamos de menos
porque ellos son lo único que queda de nuestro pasado glorioso
El alma de nuestro pueblo.

 

Marcela todos los viernes

Marcela, no me preguntes cómo estoy
porque no sé cómo estoy:
escucho proximidades, distancias y lejanías
el susurro interminable de esta mejilla muerta
la presión de mis dientes contra mis encías
los ruidos incesantes de mi existencia

mis hombros siguen colgando de mi cuerpo
mis ideas, insistentes y sin fuerza.

Marcela, tú me hablas con el léxico
de la curiosidad y la paciencia,
una alegría que no rompe a la serenidad
ni a la minoría lúcida de tu tristeza.

Me preguntas qué siento y yo no sé lo que siento:
distancias, señales, apatías,
versiones quietas y agudas del aburrimiento.

No me preguntes cómo estoy
porque no sé cómo estoy:
vivo pendiente al oído
que anticipa a la amenaza
escondido en esta obsesión de sumar por sumar:
enumerando ideas pequeñas e iguales
como misas en latín
o enormes e inescrutables
como la hostilidad permanente de lo ajeno.

Marcela, no sé lo que siento,
pero te puedo contar cómo vivo
cómo ando, cómo duermo.
Escúchame:
le das la espalda al mundo
y pones las manos así:
este dedo tocando a este otro dedo
estos ojos que se miran a sí mismos.

 

Daniela en el plano del mediodía

El exceso de luz sobre las cosas
no arroja ninguna información nueva
sólo extiende la porosidad de lo real
su insoportable medianía
sus relieves, curvas y rectas
que no traen ninguna sensualidad.

Y tu rostro, Daniela,
tu imperfección suave y mortecina
absorta en el trabajo minucioso
de las mujeres a mediodía
ignora la existencia de mi rostro
y su necesidad de perderse en el tuyo
sin salirse de su centro.

Eres igual que todas
pero eres única

Te alzas con un atisbo de salvación
que ni tú misma conoces

haciendo respirable a este mundo muerto
tan idéntico a sí mismo.

 

Dialogo y representación

A Yeni Gallegos

El no saber qué hacer con mis manos
(guardarlas, esconderlas,
asignarles un gesto)
es una fuga de mi indecisión más íntima
abriéndose paso entre las convenciones del día
y los preparativos de la noche.

Las vacilaciones eternas
entre quedarme sentado o salir a la calle
entre tomar la palabra o seguir en silencio
son gestos típicos de las almas temerosas
que en vez de hacer lo que sienten
se esconden en la duda
tal como los románticos se escondían en la tristeza.

 

Época y lugar

Los sueños son caros de producir

los primeros signos de la extrañeza
no se condicen con el clima de esta región

las entrevistas dirigidas
terminan superponiéndose
al aura onírica de los contornos

las persecusiones por pasillos desconocidos 
a mano de fuerzas misteriosas
pierden su ritmo y energía
ante las alertas de los vecinos
y las preguntas del personal 

y a falta de amores repentinos
con desconocidas o transeúntes
uno puede tirarles piedras a los viejos
para recordarles su falta de escrúpulos
tanto en lo artístico como en lo sexual

Las virtuosas y las purísimas
rastrean los campos con sus tristes linternitas
buscando imágenes lujuriosas 
y poemas incestuosos

recelosas de cualquier cosa que las supere
que sea más grande que ellas mismas

de cualquier idea que pueda transformarse
en un asunto de vida o muerte

Y hasta los amores más intensos
llegan con su lento vaivén de tarde,
esa extraña demora en la comunicación
como un miedo a su propia intensidad

Confío en que algún día
—sobre la línea de los árboles—
se asome el principio del misterio
en la continuidad inconmovible
del paisaje local.   

 

Cecilia

Cecilia, ¿no ves lo mismo que yo?
¿no ves cómo esta tarde y su luz excesiva
tan insistente bajo el sol de lo mismo
sin sombras ni resguardos
contra la vigilancia punitiva de los demás
destruye cada inicio del misterio
inyectando su fondo agudo
en los intervalos más ocultos del corazón?

sólo tú construyes un hogar
en esta planicie interminable de la certeza

resistes con la misma fragilidad de las plantas
sin el rencor que me hace fallar la puntería
y disparar a tontas y a ciegas contra el cielo abierto

Te deslizas en el filo del presente
con la paciencia de la mejor versión de mí mismo
encendiendo unas pocas velas
bajo la gruta de un sólo dios particular

Ante ti, no soy más que un proyecto fallido
una mesura desesperada 
en busca de cobijo

Enséñame.

 

Katerinne

Todo lo que te rodea recuerda a la alegría
excepto por mi presencia:
soy ese número negativo
que mantiene una distancia prudente
a tu alrededor.

Hay algo tuyo
-tan tuyo-
llamémosle rapidez, inteligencia, juventud:
un baile que se corta en seco
apenas mis manos dudan por un instante
y llaman a tu puerta.

Lo sé, lo sé,
yo me dedico a interrumpir el entusiasmo
de las personas con sus iguales
y de las personas consigo mismas

el intercambio productivo de los centros
y su danza particular.

Así y todo
qué necesario es sabotear, a ratos,
las ganas de vivir
y respirar por un momento
de ese pesado tic generacional
que nos obliga a aplazar el descanso 
por una promesa inexistente.

Y es que la gente como tú
necesita de la gente como yo:
los emisarios de lo otro
para hacer una pausa entre dos alegrías
o contemplar la presencia de una mera curiosidad.

 

Clemente

Hijo, tienes un año y medio
pero tienes cuarenta
y te miro desde este pasado remoto
bajo la luz difusa del jardín infantil
que Dios ha puesto sobre tu cabeza

Ahora navegas en tu barco de cartón 
cruzando la sala de punta a punta
junto con niños cuya realidad es incierta
emprendiendo una larga travesía
desde lo familiar a lo desconocido
mientras tus ojos van pasando 
desde la ignorancia a la extrañeza

Ignoras el trasfondo del escenario
la narración de los acontecimientos 
(los primeros habitantes de las islas,
los mitos de los pueblos indígenas)
y a pesar del círculo de mujeres
que te vigilan a tu alrededor
una verdad madura se cuela
entre la multitud

No te preocupes
Nada se aproxima lo suficiente
cuando la vida no acaba de empezar

Me quedaré aquí
mirándote desde la segunda fila
entre los que llegaron a último minuto
antes del show principal,
sin perderte de vista

Demasiado presente
Excesivamente junto a ti.

 

Los últimos meses de marzo

Hay algo amenazante
en la ambigüedad de estos días extraños

una inminencia de preguntas difíciles
que no se alcanzan a formular

Se empuja un vaso hacia la orilla
infinitamente aburrido
sin nada mejor que hacer

Se lanzan propuestas incomprensibles al otro
analizando su desconfianza
y los pequeños paréntesis de su amabilidad.

Y los amores de lejos:
esos planes que nacen
con la misma inconsciencia de los sueños
desenfundan su esperanza triste
contra el consenso insoportable de la actualidad.

Se podría vivir perfectamente, sin problemas,
arrellanado en la comodidad del yo:
en la incongruencia dolorosa
de ser uno mismo

pero uno siempre busca a otro amor
y permanece inquieto entre la paz de los lirios
soñando con la posibilidad de una guerra.

 

Cuatro ciudades

I

No la magia de lo repentino
Pero al menos el comienzo de una extrañeza
el momento del arribo a una ciudad desconocida;
las brillantes impresiones del alba
tras una noche entera de viaje
Lo que sea, aunque luego que se desmienta como norma y reiteración
cualquier cosa, pero un momento distinto a esto

Cómo decirlo:
El atardecer de A con las vitrinas de B
Los edificios de C con las arboledas de Z.

II

Los días de otoño en ciudades de provincia
no tienen una existencia verificable
Pueden ser cualquier mañana de 1990 o 1991
rodeados por la presencia a medias de los parientes
y una vida entera tras ventanas mohosas
y tabiques de madera.

III

Caminas a mi lado, Carolina
simulando esa infancia que ya no te asienta
tratando de adelantarte a la velocidad de mis pasos
y haciéndote preguntas que luego te respondes a ti misma.

De cerca, somos lo que somos,
En tu recuerdo, somos la pareja perfecta

dos jóvenes del montón, unidos por la casualidad
dos inteligencias desperdiciadas en el fin del mundo.

IV

No tiene sentido seguir pensando en amores imposibles

Mejor perderse por estos barrios antiguos y burgueses
y buscar el recuerdo de esa primera infancia
que aún vislumbro en la estación indecisa.

 

Ante la tumba de Emilio Inostroza

El cementerio es el inicio de la otra vida
y la tumba de San Emilio, el sepulcro donde todo termina.
Su soneto de despedida: la muerte por fusilamiento
ha esperado por setenta años tu lectura en voz alta
como una semilla su desdoblamiento bajo la luz.

Tu mano fuerte baja verso a verso
enseñándome la defensa imposible del fusilado
asombrándome con la morenidad de tus hombros,
poniéndote y no poniéndote atención,
mirándote y mirándonos 
en el influjo entre lo vivo y lo muerto
asistiendo a un vínculo inesperado
más necesario que el amor.

Disfruto de tu presencia
como la razón de aquello que me condena.
Eres el origen y la cura de todos mis males.

No hay que dar las gracias
por aquello que se hace con el corazón, me dices.
Todo llegará a su tiempo.

El regreso de lo numeroso
retomará su urgencia innecesaria
repoblando los pasillos del cementerio 
con la plena indiferencia hacia lo santo
y la revelación de que yo no soy nadie
y de que tú te marcharás para siempre con tu sentido práctico
sin nostalgias ni remordimientos.

 

La anexión del mundo interior

Largas muchedumbres se aglomeran ante la puerta de mi espíritu
Parecen inquietos
quieren entrar sin problemas
como lo habían hecho hasta ahora
No están acostumbrados a tanta espera

Los interrogo desde mi mesa
anotando sus peticiones con calculada minuciosidad   
junto con el porqué de sus argumentos
y el origen de cada una de sus especies

El descontento crece a cada instante
Escucho sus quejas desde lejos
y también desde cerca
No están acostumbrados a tanta espera

Me destruirán en cualquier momento, lo sé
Pasarán por sobre mi cuerpo hecho trizas
Como sobre un trapo o un animal

Sólo me queda seguir siendo quien soy:
el funcionario de lo sublime y lo rebuscado
de las observaciones confusas
y las preguntas innecesarias

Mi única resistencia
es esta terrible burocracia del alma.

 


Cristian Rodríguez Büchner (Valdivia, 1985) Poeta y narrador. Profesor de Castellano y Mg. en Literatura Hispanoamericana Contemporánea. Ha publicado Lluvia de Barro (cuentos, 2011), Caligrafía del Insomnio (poemas, 2017) y 19 Poemas (2020).