“El Faro”: una crítica de Claudio Guerrero Valenzuela

 

 

 

Abrazar espectros

el faro

No se escribe sino de los fantasmas. Eso pareciera recalcar la escritura de Felipe González Alonso (Santiago, 1980). Antes, con Los zapatos de gamuza (Mar de Gente, 2014), poemario donde indagaba en la trágica muerte de su abuelo Luis González, asesinado en la precordillera de San Carlos de Apoquindo en 1961, y cuyo texto está escrito en clave documental en base a un trabajo de archivo que incluye registros fotográficos. Ahora, con El faro (La Pollera Ediciones, 2020), relato-crónica en donde acude el fantasma de Rodrigo, el primo de un joven estudiante de filosofía, sobre el cual lo último que se supo es que se lo vio al borde del Faro Punta Ángeles en Playa Ancha, Valparaíso, principiando el año 2004.   

El faro alumbra y ensombrece a los fantasmas. Los espectros que son, también, los recuerdos difusos del protagonista y su vida estudiantil en una ciudad puerto que siempre parece a la deriva, que siempre añade a su estructura informe un rincón inmarcesible, una ciudad entendida como experiencia vital y que es revisitada tiempo después con una distancia que vuelve reflexivo el momento de la escritura. La muerte trágica de una joven novia. La vida de pensiones y bares de estudiantes solitarios que se abren a la vida. El recuerdo de maestros y lecturas marcadoras. Una chica que se prostituye. Y un primo que de un día para otro desaparece sin dejar rastro. Todo ese pasado acude a la memoria de un sujeto que narra interrogando esos signos que vuelven involuntariamente, cuando ya poco se espera de ellos. Tal vez siempre estuvieron ahí, tal vez nunca se van del todo. Acuden cada cierto tiempo a remover las cosas:

Como ocurre con los objetos, los recuerdos añorados se deterioran primero: el amor transforma gradualmente lo querido y por eso se lo deja de amar o se lo ama de un modo distinto. En cambio, los recuerdos insignificantes parecen intactos, lejanos allá en el rincón, pero más brillantes. Habría que querer sin tocar ni nombrar, e incluso sin pensar en ello, si fuera posible.

El faro, como símbolo, viene a alumbrar en su circularidad rutinaria e infinita, aquellos espacios, rostros, acontecimientos o detalles que, incluso, parecían insignificantes. Aquellos recuerdos que son relumbrados a veces sin un horizonte de expectativas, que existen por sí solos, con vida propia. El faro es, también, el ícono visual de presentación corporativa de la Universidad Playa Ancha, centro sentimental y espacial de gran parte de los acontecimientos que hallamos en este relato. El faro es un corte sincrónico en la vida de jóvenes estudiantes cuyas existencias transcurren en medio de una ciudad que parece que nunca se termina por descubrir del todo y cuyas zonas opacas guardan correspondencia con aspectos oscuros de la memoria. Lo que no alumbra es también de lo que no se habla. Una zona de indeterminación significativa que, como la memoria, se vuelve campo en disputa, zona de conflicto, territorio a explorar. Signo de interrogación.

Como el melancólico que, en el fondo, ama el objeto de su pérdida, que no puede rehuir de él porque lo asiste cierta necrofilia que lo hace tratar con los muertos, el narrador de este relato intenta transfigurar los acontecimientos de un pasado que parece ocluido, ya lejano, pero del cual no puede zafar. Algo de eso señalaba la voz poética de Los zapatos de gamuza: “Nada sabemos del amor, / sólo la muerte es constatable”. Porque, en el fondo, algo de ese sujeto todavía relumbra, allí, en ese pasado. En ese algo muerto que resplandece.

Algo impropio acude en ello que se quiere recuperar. Esa impropiedad es su para qué. La marca de su falla. Una insistencia que, en el contexto inmediatista y exitista de las sociedades contemporáneas, ralentiza la experiencia, la envejece a fuerza de ser tan poco dúctil o utilitaria. Dice el narrador: “Escojo la escritura, aunque el costo de esta preservación sea un alejamiento de la huella que intensifica la pérdida”. Un dolor, una herida que gobierna el presente, que incomoda, y que, como los espectros, vienen a dislocar los signos. Ahí uno percibe una continuidad que solo se desplaza textualmente: más que acallarlos o espantarlos, más que rehuir de ellos y situarse en un plano alienado, excéntrico, tanto en Los zapatos de gamuza como En el faro, Felipe González intenta darles un lugar. Abrazarles. Tal vez, solo así, dejen de molestar.

 

Agua Santa, agosto 2020

 

 

 


Claudio Guerrero Valenzuela es autor de la plaquette Código menor (2017) y los poemarios Las corrientes luminosas (2020), Pequeños migratorios (2014), El libro de las cosas que se ignoran (2002) y El silencio de esta casa (2000). Ha publicado además el libro de ensayos Qué será de los niños que fuimos. Imaginarios de infancia en la poesía chilena (2017) y es coautor de Tres estudiantes descubren la Odisea de Kazantzakis y exploran la poesía de Kavafis (2000).