Reseña de Claudio Guerrero a “Seguires” de A. Bresky

Lengua enervada de verbos

Seguires. Poesía reunida. A. Bresky.
Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, 707 p., 2019

-¿oyes?- la lluvia empina su filo
                                                                       día a día
la noche hace su canto pastora
entona los abandonos
remonta rebaños de ríos
baraja
                  la lengua enervada de verbos
¿qué sonidos son idos
                                    y el juego en gritos
ronda un silencio
                                                     por dios eros?

(Bresky, Semáfora primera, 1972)

Un monumental volumen recopilado y organizado por Ana María Riveros y Andrés Melis trae al mesón Ediciones Inubicalistas. Se trata de la obra reunida de A. Bresky, Seguires, que reúne en un solo tomo 45 años de producción poética, incluyendo dos obras inéditas con las cuales se completa el conjunto.

Una poesía del naufragio y extravío recalca Ana María. Una forma de pensar y poetizar que pone en juego una fusionada figura del yo y su doble en el descampado de la poesía señala Andrés. Un torbellino, como bandadas de estorninos, como orquesta geométrica de variados instrumentos modula Hugo Herrera en la contratapa. Una poesía que ha renunciado a la profecía dictamina Ismael Gavilán en uno de los ensayos que acompaña los nueve poemarios completos. Una poesía “con muchos momentos de rara y cautelosa intensidad”, escribe Pedro Lastra en una carta. Una poesía que parece hacer acuso de recibo de los peligros de “entrar en el aplausómetro”, como le advierte Gonzalo Rojas en otra carta que reproduce esta compilación. Materiales todos para elaborar una trama que de todas formas será parcial, una trama mucho más compleja y llena de aristas, en torno a un trabajo poético persistente, que pareciera tratar de mantenerse al margen del espurio presentismo, para autoconfigurarse como teatralización de un yo desdoblado frente a un tú casi siempre esquivo, cínico o virtuoso.

De toda la argamasa de procedimientos retóricos y disposiciones textuales, esta última estrategia discursiva es una de las constantes de esta poesía que me ha llamado particularmente la atención, desde el primer poemario, pero quizás especialmente desde La señorita sobreviviente (1987) y Persistencia de usted (1994), es decir, cuando aparece el doble como firmante en la carátula, haciendo desaparecer al sujeto original. Como poseído por su máscara, asistimos como lectores a una puesta en escena montada por una voz casi siempre desbordada, fuera de sí, fuera de lugar, excéntrica, turbulenta, atiborrada de emociones y disquisiciones, dirigiéndose a un tú múltiple, metatextual y reflexivo, una musa poseída, desdeñada o esquiva, pero que se construye como objeto en el eje de deseo del sujeto. Este esquema dramático dual, en un eterno vis a vis que como pelea de boxeo pasa por diversos momentos que van de la invocación y el estudio a la confrontación y consumación propiamente tal, en un escenario ensombrecido, apenas alumbrado, es el espacio donde la voz poética ensaya una caligrafía del alba para una imagen ausente: una escritura nocturna, pero sin sentimentalismos; escéptica, desconfiada, pero vital y trágica; irónica, bufonesca, pero no por eso menos grave. Una suerte de minotauro encerrado en su laberinto con un espejo, deambulando como sonámbulo en un continuo sin interrupción: yendo, siguiendo, en ires y venires, ritmando la memoria.

Ese tú, en la función apelativa que entra en juego especularmente, es como una dama negra a la cual se la asedia, pero ella también cerca y circunda y provoca desvelos. A veces es un maniquí, cuerpo inerte y distante. Y a menudo se la nombra una socia pagana que menea sus nalgas, una señorita a la cual se la trata de usted, pero que enjuga una pasión irrefrenable, para luego devenir, en los textos inéditos, toda ciudadana. Formas de la metamorfosis, ese tú es una efigie, como diría Víctor Campos en un reciente ensayo: una imagen evocadora del cuerpo de la escritura. En Fuera de lugar (2016), el último poemario editado como tal, ese tú se transfigura en la persona de un editor mañoso, medio viejo, medio diablo, con el cual el yo poético se tranza en un continuo coloquio de perros. Como lectores, presenciamos, por tanto, diversas modulaciones para una misma diatriba: una perorata acerca de cómo descoyuntar el lenguaje de la expresión poética para poder injuriarla. Conjuro de necios, iluminación, invectiva, tensión, todo revuelto, todo deglutido en el estómago ecléctico de quien sabe que la palabra perro no muerde.

Cómo hacer ladrar al poema. Esta es una premisa que pareciera que la poesía de Bresky supiera desde un comienzo, desde esa Semáfora primera de 1972 que postulaba una lengua enervada de verbos, que no es otra cosa que hablar desde una antigüedad de la experiencia, principio constructivo de toda poesía. Desde entonces, la escritura poética como tentativa de lo infinito pareciera haberse encauzado, pareciera bajar de los cerros al plan en su estética de quebrada: sinuosidades, disrupciones, desvíos, ecos, doblajes, rebotes como puntos de quiebre de la enunciación. Toda una puesta en escena cuya finalidad, podríamos señalar, no es el plan por el plan, el fin del recorrido, sino que el recorrido mismo, ese descenso a los avernos de la palabra poética que, como Orfeo, tiene prohibido mirar atrás. Ese vitalismo de Seguires creo que sirve como muestra para sentarse a conversar sobre un oficio fraguado a punta de cauces, riscos, cesuras, caminos pedregosos, junto a esas largas listas de lecturas que rebotan como ecos en su expresión paratextual, como parte del decorado que, en hora buena, rescata este valioso volumen testimonio de una trayectoria escritural ineludible. Enervada de verbos.

 

Agua Santa, octubre 2020


Claudio Guerrero Valenzuela es autor de la plaquette Código menor (2017) y los poemarios Las corrientes luminosas (2020), Pequeños migratorios (2014), El libro de las cosas que se ignoran (2002) y El silencio de esta casa (2000). Ha publicado además el libro de ensayos Qué será de los niños que fuimos. Imaginarios de infancia en la poesía chilena (2017) y es coautor de Tres estudiantes descubren la Odisea de Kazantzakis y exploran la poesía de Kavafis (2000).

Imagen de la cabecera: Mary Wei – The Birds in the Storm