La nostalgia: notas dispersas (por Ricardo Herrera Alarcón)

1.     Practico, de adolescente, el vicio de dejar de hacer una cosa para realizar otra. Pienso si el metapoema no es una variación de ese estado mental: dejar de escribir el poema para hablar del poema que se pretende escribir. O este mismo ejercicio que es una evasión para no hablar de lo que me pidió un amigo que escribiera: la nostalgia. Hace rato te quejas de que la crítica no hace más que mal utilizar ese concepto, que repite esa cháchara gastada de la nostalgia que niega la realidad, de la nostalgia que evade el presente, de la nostalgia pasatista que huele a vino y gallinas ebrias cacareando en el gallinero de la poesía. Si te tienen cansado, deberías escribir sobre eso.

2.     Pienso en la nostalgia y pienso en Nostalgia, de Tarkovsky, en un libro que arde junto a un cuerpo y una piscina. Pienso en mi padre muerto y mis amigos muertos. Pienso en que mirar al pasado no es reaccionario ni restrictivo, que el regreso tiene una profunda dimensión histórica. Las sociedades que no se quieren mirar a sí mismas reniegan de la nostalgia, la consideran literatura, “asunto de viejos tangueros”, pero no existe identidad sin esta mirada histórica, dice Bengoa en La comunidad perdida. Cuando Neruda se golpea los labios con un ángel en “Entrada a la madera”, ese ángel es belleza y nostalgia. Una belleza que es presente, cierto, pero que solo puede ser comprendida volando hacia el futuro y desde ese territorio apócrifo, observando hacia atrás. Yo creía que el color de la nostalgia era el sepia, pero el color de la nostalgia es el rosado de la carne. Adoramos algo porque sabemos que se pudrirá tarde o temprano.

3.     Hablo con el poeta Guillermo Riedemann por teléfono. La nostalgia es la poesía en sí, me dice; la nostalgia es la esencia de la poesía, le digo. Estoy hablando como los poetas mapuches, pero el poeta Ayenao ya no dice me dijo o le dijo. En un poema, menciona que su abuelo es un viejo cirrótico y no el antepasado que le cuenta historias a orillas del fogón. Y en un cuento habla de la pornografía y de la homosexualidad. Ese camino de desidealización del blues étnico lo anduvieron otros antes que él, por cierto: Huenún, Aniñir, Cabello, Huinao. Pero Pablo va un paso más allá. Corre la cerca del lenguaje de noche, se roba el territorio de las palabras. Creo que en algunos años más, no sé cuántos, serán varios los que volverán a cobrarle cuentas, a reclamar lo perdido, lo que ha conquistado y ha hecho suyo.

Leo La oscuridad intacta, la antología poética de Dana Gioia. En un poema habla de un tren. En otro, de su madre muerta. Por esos dos poemas acá lo habrían tildado de lárico y nostálgico.

4.     Leo La oscuridad intacta, la antología poética de Dana Gioia. En un poema habla de un tren. En otro, de su madre muerta. Por esos dos poemas acá lo habrían tildado de lárico y nostálgico. En el norte pertenece al nuevo formalismo, que es la manera despectiva con que la crítica y algunos poetas mayores lo marcaron por alejarse de la lírica narrativa y confesional y por escribir parte de su obra con métrica. Pienso en cómo algunos asocian leer a castigar: no a expandir la experiencia. Pienso también en que estoy envejeciendo. Si aún tomo distancia del discreto encanto de la burguesía, debo aceptar que algunos poetas jóvenes vean en mí a un objeto de desdén o de aprecio. No saben que desprecio la mayoría de lo que escribo, y que hago de ese desprecio el motor que me impulsa a no claudicar y a seguir machacando la bolsa con locos contra la realidad. Me tranquiliza saber que yo mismo me reiría de mí si fuera joven y me observara.

5.     He vuelto a escribir de noche. Me acuesto con mi mujer y luego, una vez que se duerme, me levanto. Cuando me canso (las dos horas de Larkin), veo películas tontas que me hacen llorar. Siento nostalgia del tiempo en que no tenía dudas frente a la hoja en blanco o las tenía pero sentía la fuerza a mi lado. He perdido fuerza pero he ganado coraje. Estoy encerrado días y semanas y practico la inmovilidad. Si fuera un hueso estaría lleno de hormigas. Pero mis huesos están todavía llenos de piel y sangre y carne. Salgo en bicicleta por las tardes, después de almuerzo. Veo todo reluciente bajo el sol. Mientras pedaleo, veo todo pudriéndose de una manera espléndida. Pedaleo y pienso que cierta crítica desdeña la nostalgia porque eligió esa manera de mirar hacia atrás: ese molde, esa entrada al bosque. Un poeta podría usar las mismas palabras de otro y no ser el otro. La cercanía de la influencia es el daño, no la nostalgia, pienso. Mientras todo desaparece de manera absurda, apenas paso y lo dejo que se arrastre hacia atrás. No tienes para que desaparecer, le digo al perro que me ladra, a la bruja que saca a pasear sus ardillas azules.

6.     Me niego a aceptar que estamos condenados a leernos entre pares, la poesía debe ir más allá, tender un puente más acá de la secta secreta. Por eso el ensayo ¿Importa la poesía? de Gioia me llegó tanto, a pesar de haber sido escrito en 1991. La universidad y la academia, con su sensibilidad de escritorio, no puede ser el destino de lo que escribimos. Existe un mundo allá afuera: ojos, bocas, manos, y la piel sobre la cual nuestras palabras deberían deslizarse. No disputarle el megáfono a los evangélicos el domingo en la mañana, pero ecualizar otra frecuencia. No morir en una pieza, solos.

7.     Para no caer en la melancolía de la pandemia realizo un trabajo de relojería con la realidad. Para ello imito a Luis Riffo, a Chiri Moyano, a Felipe Moncada. Es un asunto de sobrevivencia, no me basta con copiar de manera subrepticia. Ahora me levanto convertido en cada uno de ellos, y en mis mejores momentos, soy uno de ellos todo un día o varios días. Una mezcla de todos es lo que intento hace algunas semanas, no solo salir de la pieza como Riffo y llegar a la cocina convertido en Moncada, o salir al patio a colgar las tollas como Moyano. Ser todos juntos, ese mix que incluye altas dosis de paciencia y bisturí sobre la realidad (Riffo), de aspirar y respirar calle y fuentes de soda (Moncada), de no perder la mirada y el grito primigenio (Moyano). Bebo como los tres juntos y saco tres horneadas en un día.

8.     Algunos oficios funcionan en la tentación del pontificado y la religión. Pienso en el rock, en la poesía, en los sepultureros. Todos ellos cercanos al aforismo y la muerte. Todos ellos cercanos a la nostalgia. Una actriz muere rodeada de todas sus fotografías. Miro esas fotos de ella jovencísima y veo su piel arrugada. Sobre los surcos de su piel hago correr un río donde, el niño que fui, hunde los pies sin pensar en el futuro. Nostalgia del ahora, trávelin sobre los gusanos blancos, primerísimo primer plano sobre las ojeras de un pez martillo.

9.     Cuando el poeta Rodrigo Massi señala que en Teodoro Schmidt la vida sucede en los bares y afuera habitan los zombis, está actualizando una cita de Raúl Ruiz (en Chile se piensa o se hace filosofía en los bares). Creo que tiene razón. Yo también viví en Teodoro Schmidt y allí toda la gente estaba muerta, por eso pasábamos las tardes en esos cuartos oscuros de antiguas casas habilitadas como chincheles de barrio, rodeados de botellas, atendidos por mujeres a quienes leíamos poemas de Hurón Magma. En Teodoro los poetas del futuro ya no tendrán el gesto lárico de admirar a Rick Blaine, sino a Rick Grimes. Y será  Michonne quién aparecerá después de las 12 entre la niebla y no Ilsa Lund quien se acerque a preguntarles “¿Otra cerveza profesor? ¿Pipeño o filtrado, joven”?

Es difícil ser un borracho decente y llevar una vida medianamente estable, que no se abandone a las cunetas, que roce la muerte y la locura y se aleje silbando.

10.  ¿Qué significa vivir como poeta hoy en día? No lo sé, pero creo que hemos claudicado con una manera de estar en el mundo que a muchos nos hizo intentar ser escritores. Admiraba esas vidas desquiciadas colindantes con la locura, lo inmoral, la muerte. Escribir es rayarse, si no pregúntenle a Maquieira, buen poeta y buen burgués que se podía beber una botella de vodka al día, según cuenta el mito. O varias de vino blanco, que lo habrían dejado al borde de la ceguera. El resto no podemos llevar esa vida, aunque queramos: hay que trabajar y escribir, leer. El día es muy corto, la vida breve. En Carahue la gente se muere a los 30 o a los 40 de cirrosis, y no necesariamente poetas. Es fácil ser un alcohólico en este país. Es difícil ser un borracho decente y llevar una vida medianamente estable, que no se abandone a las cunetas, que roce la muerte y la locura y se aleje silbando. No quiero maestros en nada, soy mi propio mito degradado,  mi antileyenda, mi bar portátil.

11.  Es cierto que la poesía mapuche está llena de nostalgia, pero la nostalgia no es un valor en sí. Es un valor cuando está bien usada, como cuando se utiliza bien la parodia, el humor, o ciertas figuras retóricas o el encabalgamiento, la analogía, la imagen. En general se dice que la nostalgia es teillieriana, como se dice que el lenguaje de la calle es parriano. La poesía de Ayenao no es nostálgica, pero ese es un dato de la causa, no se me ocurre que sea un valor de su habitar el lenguaje, es la constatación de un estado de cosas, dentro de muchos otros que le ocurren. Alguien interesado en destruir la nostalgia escribiría un largo ensayo sobre La ausencia de nostalgia en la poesía joven mapuche.

12.  El perfume del pan, el olor de los primeros cigarros aspirados a escondidas, en los asientos traseros de los microbuses, o en el patio del liceo. Si el olor del pan es el olor de mi infancia, el olor de los cigarros es el de mi adolescencia. El perfume del pelo mojado, el de mi vida adulta; el de los remedios y los gatos, el de mi vejez.

13.  Me interesan esos poemas que se diluyen, que no aspiran a la concentración verbal, notas al margen, como los últimos poemas que leí de Volpi y los de Creeley. Eso le dije a Jorge Volpi, que se parecían a los de Creeley. Lo estoy leyendo, me dijo. Algo como el libro ekeko, donde el afán de totalidad es el fragmento, del que le  hablaba Lihn a Lastra. Un libro donde todo confluya, hace rato se hace eso, creo, o se intenta. Todo existe, todo lo que escribimos ya está dicho, de la misma forma, pero insistimos en pensar lo contrario. Nostalgia de una práctica que es pura teoría que nunca alcanzaremos pero creemos posible.

14.  El pensamiento de un hombre es ante todo su nostalgia, dice Camus en El Mito de Sísifo. Esa capacidad de no olvidar, de hacer crecer hacia dentro de uno las raíces de lo que ama, cada instante que te constituyó, cada rostro grabado en tu memoria, volver a andar ese espacio, volver a encender las luces de la casa cada noche y hacer que se despierten los hermanos nuevamente. “La casa de la infancia se abre cuando llueve”, dice Barquero, en un poema de Enjambre.

Elicura Chihuailaf obtuvo el Premio Nacional de Literatura y ronda al premio un silencio glacial y pandémico.

15.  Elicura Chihuailaf obtuvo el Premio Nacional de Literatura y ronda al premio un silencio glacial y pandémico. He leído a pocos poetas (Roxana Miranda y alguno otro más) celebrar o saludar siquiera al poeta. Todos sabemos de las disputas internas que vive la lírica mapuche, que no son mayores ni menores a las que se vive en la poesía chilena en general. Creo que este premio es un reconocimiento absolutamente merecido. Admiro desde adolescente la poesía de Elicura, que recrea un mundo que él no considera idílico (hablo de la memoria de mi niñez y no de una sociedad idílica, dice en “Sueño azul”) pero que uno tiende a observar como un espacio, por lo menos, de ensueño. Su poesía esconde y muestra un universo que se nutre del silencio tanto como del diálogo, roza la antropología y puede ser leída en parte desde la historia, entre muchas otras puertas que abre y que también cierra. Porque Elicura tiene la virtud, que tienen siempre los grandes poetas, de señalar los caminos que se recorrerán, pero también de cancelar esos mismos derroteros o, por lo menos, hacerlos tan suyos que otros tropezarán al intentar adentrarse. Alrededor de él orbitan los nombres que vienen, ya sea para continuar sus preocupaciones, su ritmo vital, su voz particular, o bien para cuestionar ese mundo, expandir la mirada, contaminarla. Y está bien que así sea: nadie podría creer que la poesía es una realidad inamovible. Elicura y su poética llena de una nostalgia creadora, sutil, que se nutre de la melancolía de los bosques, de la humedad de los recuerdos, los colores y olores de su entorno, entrega la llave que nadie ha perdido para que otros la recojan y abran su propia casa en el lenguaje. Es ante todo un poeta de los sentidos despiertos, los de él, los de sus lectores que le agradecemos su permanente porfía por levantar la vox tatuada de su pueblo (para usar la expresión de Díaz Casanueva), el orgullo de la morenidad compartida, la rebeldía como sueño.

16.  Está bien: el color de la nostalgia es el azul, el sepia, el rosado de la carne. Madre yo sé que no es retórica tu llanto tras las ovejas perdidas, me dice Elicura desde un lejano poema que aprendí hace ya muchos años. Esos versos me hacen recordar a Millán cuando aspira a “llegar a escribir/ algún día/ con la simple/ sencillez del gato/ que limpia su pelaje/ con un poco de saliva”. La retórica es la niña a la que ningún poeta quiere sacar a bailar, pero con la que todos despiertan en la mañana luego de una borrachera de aquellas.  A mí que me producen sueño las profecías, profetizo que volveremos a la mejor retórica, arrastrados, con el hipo de cien perros botados a morir, llenos de espanto, como un huaso que pergeña sus versos en medio del temporal y que relincha en el potrero creyendo alcanzar las estrellas con papel reciclado y lápiz bic.

17.  Tengo grabado a fuego “Si pudiera regresar”, de Teillier. Así como también tengo grabado a fuego “La despedida”, de Lihn. La manera de ponerte un cintillo en el pelo, dice Teillier. Trataré de pensar que habrás envejecido, repite Lihn en mí memoria. Son dos poetas recordando, pero cada uno a su manera. En ambos una nostalgia gozosa y dolorosa reclama lo perdido. Parece que cuando la nostalgia se inclina solo por el sufrimiento nos comienza a molestar. La nostalgia es un poco aprender el arte de perder. Supongo que hay poetas que no lo aprenden, nunca.

18.  La nostalgia, el alcohol, los submarinos/ la nostalgia, la infancia, los viajes espaciales/ la nostalgia, los gatos, los trenes/ la nostalgia, el box, la tortura/ la nostalgia, las putas, los duendes/ la nostalgia, los robots, el clona/ la nostalgia, Carahue, el soma/ la nostalgia, mi chomba de lana, los gansos/ la nostalgia, candelillas embalsamadas, escarabajos de terciopelo/ la nostalgia, cerezo cortado, manzano podado a hachazos/ la nostalgia, mi pelo blanco, mi perro lamiendo conmigo la ceniza/ la nostalgia, fogón cubista, charqui de soya, lápiz labial de maqui/ una perfomance de la nostalgia: el ejército rojo entrando a Gorbea, poeta de goma dentro de una chuica de 15 litros, algunos crucificados con la boca cocida por hilos de oro improvisando una lectura o charla magistral en una loma donde se ha detenido el viento.

19.  Seguramente el gran poeta de la nostalgia sea Cavafys. Recuerdo nítidamente la llegada de su libro 100 poemas, publicado por Monte Ávila, en Venezuela, y el impacto que provocó su lectura a principios de los noventa, en Valdivia. Éramos jóvenes que amábamos caer de golpe en la tristeza y el poeta griego era el médium perfecto. ¿Quién llegó con ese libro? No lo recuerdo, pero sí recuerdo los poemas que aprendimos de memoria, porque en ese tiempo se valoraba recitar de memoria: Septiembre de 1903, Diciembre de 1903,  Desde las nueve, Recuerda cuerpo, en general sus poemas eróticos –más que los históricos– estaban traspasados con la fragilidad de ese libro ajado, lleno de marcas de guerra: subrayados, vino, huellas digitales, arena de las playas de Niebla, Los Molinos. Éramos inmensamente felices en esa tristeza, la buscábamos desesperadamente. Pero, ¿fue Paulo Henríquez, que ahora vive en Oregon, quien lo trajo? ¿El Negro Arturo, que ahora hace clases en un liceo de San José, quien apareció una tarde con ese libro? ¿Fue la poeta Susana Sánchez? No lo recuerdo, pero recuerdo ese libro y recuerdo a Susana.  En ese tiempo que compartimos en Valdivia no había Internet ni celulares. Para hablar con alguien lejano se enviaban cartas. Con Susana, sin ir más lejos, en vacaciones de invierno y verano, nos enviábamos largas cartas de amor, con dibujos y collages en sobres que nosotros mismos diseñábamos: un sobre era como nuestros corazones que el otro abría. Estar conectados era pensarnos y pensarnos días y noches. Y escribir, abrazando una lámpara. Ahora Susana no responde los emails. Vive en una cabaña entre Puerto Montt y Pelluco. Y para hablar con ella hay que viajar, tocar su puerta y esperar.

 

Labranza diciembre de 2020

Ricardo Herrera Alarcón (Temuco, 1969). Profesor de Castellano. Editor de Editorial Bogavantes de Valparaíso. Ha publicado Delirium Tremens (2001), Sendas Perdidas y Encontradas (2007), El Cielo Ideal (2013), Carahue es China (2015), Santa Victoria (2017) y la antología Todo lo que duerme en nuestro corazón desembocará un día en el mar (2020).

Imagen de la cabecera: fotograma de Nostalgia de Andréi Tarkovski (1983).