Pop japonés (por Pablo Ayenao)

El sol pega cada vez más fuerte y yo solo veo espesura. No quiero saber de laberintos ni de cuerdas. El sol siempre brilla en la ventana y yo nunca he abierto las cortinas.

La ventana: un aciago gesto de permanencia.

Ahora mi cabeza se convierte en un polvoriento cassette que murmura en cámara lenta, pero repentinamente la cinta se atasca y entonces hay que sintonizar la radio, cualquier radio.

Todo cansa, todo sigue su curso a tropezones.

He consumido tanta televisión que el tiempo se me ha escamoteado de las manos. Exagero, como siempre. Desde que tengo memoria proclamo que veo mucha televisión y supongo que eso ya no es original. ¿Alguna vez tuvo sentido? Anoche me desvelé con South Park: especial de pandemia. No pude reír. Cuando mi sobrino era pequeño, yo debía llevarlo al jardín. Y debido a mis miedos, lo abrigaba en exceso. Por la mañana, unos minutos antes de la partida, papá salía de su habitación y miraba largamente a su hijo y a su nieto. Sus ojos me traspasaban. Todavía lo hacen. Lo vistes como se visten los niños de South Park, decía mi padre con voz crispada. Luego, volvía a dormir; o por lo menos eso pretendía. Ahora mi sobrino tiene otra voz. Hace meses que no lo veo. Algunas noches lo escucho de refilón mientras hablo por teléfono con mi hermana. ¿Cuántas veces cambia la voz? No es una pregunta literaria, aunque al final todo se resume un poco a eso. Incluso, en la tradicional videollamada de los sábados, chico centenial puso música y estuvimos mucho rato escuchando a la acongojada Janet y su Corazón de poeta. Mientras la canción sonaba y sonaba, en mi mente aparecía el documental Lemebel que fui a ver con mi madre, ya no recuerdo donde. Mi memoria comienza su declive. Lo que sí recuerdo son los tres cigarros que fumó mamá apenas salimos de la función. Nada de eso le conté a chico centenial que, sin previo aviso, cambió el canal de youtube y entonces me vi obligado a escuchar Jei- pop, mejor conocido como pop japonés. Aún no decido si me gustó aquella música. Según chico centenial el Jei – pop es muy superior al Kei- pop. No pude ni quise contradecirlo.

Toda permanencia es ilusoria.

En estos días tórridos siempre termino escuchando canciones viejas y evocando escenas perdidas. Nunca he podido escribir cuando hace calor, solo puedo recordar. ¿Serán lo mismo? Esa pregunta es un lugar común, bórrenla, nunca la leyeron. Ahora se me aparece el hijo poeta de Katharine Hepburn, que escribía tan solo un poema por verano. Creo que su nombre era Sebastián. Bellísimo nombre, por cierto. La vida es el trabajo del poeta, decía la Hepburn mientras alimentaba a una planta carnívora con moscas muertas traídas desde del otro lado del mundo. Aunque, tal vez, no eran moscas muertas ni tampoco venían del otro lado del mundo.

El sol siempre brilla en la televisión y todas las malditas tardes divago frente a la pantalla. La programación acontece impasible y mi mente es pertinaz. No fecunda, solo pertinaz. Acabo de cumplir X años y descanso tirado en el pasto, a un costado de la plazoleta Juan Pablo Segundo. Allí, donde se alza la cruz. El cielo vibraba en lo alto, la brisa nos refrescaba la cara y olíamos el perfume de las hojas. Dejábamos pasar el tiempo, pero el tiempo nunca pasa, es siempre el mismo. Mi amiga de aquel entonces cantaba a voz en cuello una canción de T.L.C. Esa de la madre solitaria y las cataratas escondidas. Hace mil años que no la escucho. Me es imposible escribir y escuchar música, aunque uno siempre escribe, otro lugar común. Retomo la historia. Aquella tarde en la plazoleta las abejas bebían el suave néctar de las flores, los escolares se besaban apoyados en la cruz y las campanadas de la iglesia contigua eran una delicada caricia. Por esos años yo no pedía nada más. Aún no pido mucho más. Mi amiga seguía cantando en su inglés champurreado hasta que de pronto se levanta del pasto y comienza a caminar. Yo observé su silueta alta, espigada, su pelo a lo Jean Seberg y sus brazos bamboleándose en el aire. Ella caminaba y cantaba, aunque en realidad cantaba y caminaba. La miré como nunca antes la había mirado. Su voz ascendía en espiral. La miré y la miré sin saber que ella, esfinge de barro, salía desafiante a enfrentar los ocho días de vida que le quedaban.

Todo cansa, todo sigue su curso a tropezones.    

El sol siempre brilla en el pasto. Nunca incendia la pradera.


Pablo Ayenao Lagos (Pitrufquén, 1983). Profesor de Castellano y Magíster en Ciencias de la Comunicación. Ha publicado los poemarios Fluor (2013), Antes que el Alba te Sacuda en el Pavimento (2015), y la novela Memoria de la Carne (2015).

Imagen de la cabecera: Rojo y Amarillo de Mark Rothko (1954)