Sobre eso quiero hablar (por Ricardo Herrera Alarcón)

Todo lo que escribo me pertenece. Sobre eso quiero hablar. Se acabó la paráfrasis, los fragmentos intercalados, los guiños. Un texto sin filia que se deslice hacia el olvido. El sueño de un animal que duerme en un andamio. ¿Pero qué hace un animal durmiendo en el andamio de una construcción? Vigila que nadie recuerde, que a nadie se le ocurra citar a alguien mientras pide un martillo, mientras taladra la cabeza de un compañero recitando histérico algún soneto de la muerte. Es una obra en construcción y no una obra de arte: eso es lo que piensa el animal literario sobre el andamio, con un ojo abierto y otro cerrado, observando el movimiento de la maquinaria.

Esta, por ejemplo, es una idea absolutamente mía, no podrán rastrearla en otra parte: el texto es basura que un lector, que va a desaparecer, debe reciclar. Se dio a esa tarea porque lo desprecian y no puede acercarse a una fogata. Mientras tanto, husmea buscando oro, pero solo encuentra palabras. En lugar de cáscaras de frutas o papas: palabras. Lenguas muertas en lugar de comida exquisita. Piensa eso y duda en si colocar como título a su próximo libro Alcohólicas Anónimas o este otro nombre que suena mejor: Basura y otros poemas.

“He vivido mirando distintas murallas. No podría concebir mi escritura sin ellas, todo lo que imaginaba sucedía tras esas moles”

Es sobre la originalidad de lo que estoy hablando? Sobre el gran pecado de la poesía chilena? Una idea y otra y otra idea puedo seguir hasta el infinito. Esta por ejemplo: me gusta cortarme la cara cuando me afeito. Me gusta escribir poemas panfletarios. Me gusta comer tapado con tierra cerca del muro, bajo la ventana, mirando hacia arriba como si, el que yo siga vivo, dependiera de no ser visto. Las ventanas de las casas donde he vivido siempre dan hacia muros, nunca a espacios abiertos. He vivido mirando distintas murallas. No podría concebir mi escritura sin ellas, todo lo que imaginaba sucedía tras esas moles. Sobre eso quiero hablar, sobre mi rol de predicador del cemento, del ripio y el agua.

Esta idea me la copiaron en Los Molles, luego en agosto: son solo palabras, no les hago caso, me tiendo en la cama y las escribo, las leo al rato, al otro día y no me gustan, y no las deseo. Fracaso, aborto, ala mocha, globos desinflados, pus, óxido, cañerías, destilado, drenaje. Palabras, son solo palabras, no hago caso.  No hay originalidad. Cuando es precoz, la originalidad es un traje y tiene a la insolencia y la locura como escenario, el megáfono como instrumento preferido. Tamizada por los años –el ocultamiento de la influencia, su lado B– es un lugar donde todas las paredes están llenas de citas borroneadas, ideogramas que de nada sirven porque tu palabra está cansada de usar máscaras. Todos reclaman una zona para trabajar. La mía está situada entre el bosque y el fuego. Es cierto que el sexo nos hace olvidar la patria, pero la resaca en la mañana nos hace volver a tomar las armas y esperar a los que vienen desde el frente: palabras que asoman por dentro de mi cabeza y no me dejan dormir. Así paso las horas: mirando una alondra que choca contra un ataúd.

“Sobre eso quiero hablar: de mi afán por lavarme las manos todos los días y a cada hora, como un mendigo que espera encontrar oro bajo la piel, una cascada o un plato de comida”

Esto es lo que quería hablar? No puedo vivir sin las Alcohólicas Anónimas. Y ellas no pueden vivir sin mí. Nuestra dependencia no tiene que ver con drogas porque cada uno bebe a solas, cada una realiza sus transfusiones de sangre en silencio. Yo estuve conectado, como el ruiseñor a la rosa, a una planta carnívora que se abría y se cerraba mientras mi sangre la iba llenado. Y ella me poseía de vuelta en una reciprocidad digna de la mendicidad y el oro. Sobre eso quiero hablar: de mi afán por lavarme las manos todos los días y a cada hora, como un mendigo que espera encontrar oro bajo la piel, una cascada o un plato de comida.

Esta idea fue mía durante algunas semanas, pero la perdí enredándola con teoría, sarcasmo y prepotencia: los textos son sometidos al juicio del señor ciempiés, que camina y mancha todo y nunca se detiene salvo para oler el aire, los textos son sometidos al juicio de las aves agoreras, que picotean exigiendo más dolor, más infancia, más proyección, más litros y litros de verano, de sol, de moscardones secos bajo la cama. Pero yo sólo pongo atención al juicio de las manzanas pasadas que caen sobre la hoja. La parte de ellas que humedece primero una porción de palabras: eso debo borrar y dejar que se deslice hacia el olvido y el vidrio.

Del vidrio quiero hablar. Por qué elijo el vidrio? Porque soy el dueño de este circo de cristal lleno de elefantes que ya no recuerdan, de leones que no necesitan a nadie en las graderías para salir a actuar. Todo está hecho para que alcancemos la gloria esta noche. Pero no debe llover; pero no debe, la mujer de goma, estar triste, ni el hombre-bala sacar brillo a su revólver. Elijo el vidrio y la risa, y elijo también el agua podrida donde me sumerjo a hacer el amor con la trapecista. Que por qué elijo deslizarme sobre su piel como sobre una pista de aterrizaje? No elijo deslizarme, existen demasiadas cosas puestas al fuego. Apaga la luz. Llega ya el gentío. Enciéndela.

Esto quiero escribir, no otra cosa: me llevan a un lugar, siempre dopado. No es perplejidad lo que encuentro, no es un destino, no es un estado de cosas, no es una incomodidad o la búsqueda de una forma, no es la elección de un precipicio o una mujer, no es la construcción de una cabaña o una cumbre nevada, no es un koan ni una aporía, no es un cuerpo que viene de un bosque quemado y te abraza junto al fuego.  La perversión es el precio de la originalidad, piensas. Ir a contracorriente del telescopio (mi alma), del microscopio (mi razón).

Una última cosa, absolutamente mía, sobre la basura y la originalidad: el personaje que se llama Carol en realidad se titula Francisca. Y adora la basura como obra. Y detesta la farsa como arte. Asegura que desnuda es un soneto (afirmo que vestida de rojo es TODO). Es mi amiga, la quiero, pero casi no nos vemos. No veo a nadie, ni yo me veo. Soy el anti espejo. El trabajo con la anáfora está perdido y he encauzado mi esfuerzo en la intriga de las verjas y candados. El trabajo con el óxido también está perdido. Guardo vino en el tubo de oxígeno. Agua bendita en la jeringa. La persona cuyo nombre es Anabelle se llama en realidad Marta y le gusta pasar por debajo de las escaleras para atraer el mal y es pálida como un vaso de leche. Afuera hay un cerezo, Anabelle. Espero estar vivo para cuando caigan a tierra las cerezas. Y llevarlas, si me dejas, a tu boca.


Ricardo Herrera Alarcón (Temuco, 1969). Profesor de Castellano. Editor de revistaelipsis.cl y de Editorial Bogavantes de Valparaíso. Ha publicado Delirium Tremens (2001), Sendas Perdidas y Encontradas (2007), El Cielo Ideal (2013), Carahue es China (2015), Santa Victoria (2017) y la antología Todo lo que duerme en nuestro corazón desembocará un día en el mar (2020).

Imagen de la cabecera: Ballet acuático de Philippe Halsman (1953).