Cinco poemas de Paulina Merino Salazar

Los siguientes poemas pertenecen al libro Bildung (2020, Santiago de Chile).

Una pequeña locura

 

El filo de seda está sucio y húmedo. 
¿Cuándo dejará esta niña de chupar la cobija? 
Ya tiene cinco años
y no se despega de su estropeada amiga.
Con la boca y las manos sostiene un lado,
sorbe su filo mientras camina,
luego sorbe el otro filo,
luego el otro, luego el otro…
Repite hasta el agotamiento. 

Cierra al fin los ojos. 

En la cocina blanca y vieja,
todo parece quieto.
Un cuchillo afilado en el mesón,
platos limpios, ollas sucias.
Es de día.

En la cocina blanca y vieja,
arde una rata y sus crías
en el cajón de manteles.
Me siento y miro y escucho.
No hace falta encender la luz.
El fuego alumbra la tarde.

Un viaje

 

Visité a la mujer fragmentada.
Su nombre es Coyolxauhqui.
Paga con su desmembramiento
un intento matricida.
Decapitada y rota,
habita una esfera.
Esa esfera es la luna.

¿La madre _ la esfera _ y su criatura o la criatura y la madre _la esfera_? ¿Puede lo femenino dentro de lo femenino detener su impulso disgregante, de apertura abismal? ¿Darle forma, obligar a lo femenino a verse a sí mismo, a reconocerse, de modo que pueda decir: “soy yo”? 

Perra

Confabulados por el miedo a lo Uno,
no debo verte a los ojos, me han dicho.
La mirada ha de ser siempre indirecta,
pues podrías interpretarme mal.

Te sientas junto a mí y me das calor.
Se enciende la pequeña hoguera de la vida.
Y la entiendo y la acepto como nunca:
la vida es una pequeña hoguera
encendida en una cabaña solitaria
en el invierno noruego.

Un viejo atiza con cuidado
este fuego modesto.
No quiere ráfagas fatales
ni carbones moribundos.
Ejerce su arte de moderación en la salita
mientras su esposa, tan vieja como él,
observa la nieve que rasga el aire
en trazos breves, ríspidos,
pero exactos y controlados
desde su tibia habitación.

Y aunque amo tu pelaje,
que es hogar indestructible,
memoria del abrigo y del crimen
inexorable y limpio,
fugo hacia los fríos inciertos
de mi cuerpo apalabrable
y me dejo observar por la muerte.
(¡Que no cierre los ojos,
si se duerme desaparecemos!)

Tú y la muerte se miran a los ojos
y no hay ningún malentendido.

La Cena

 

En medio de los cuerpos incandescentes
que un padre aparecido en la penumbra
y elevado sin sustento ni razón
–solo por pura desolación–
a la voz de mi voz,
arrojó sobre mi ciudad,
yo continué cortando una cebolla.

Él tenía un mandato:
“perecerás en la ciudad”.
Pero yo no lo entendí así,
yo creí escucharte decir:
“perecerá la ciudad”.
Así que lavé unas ollas,
metí en el horno un guiso
y me senté a esperar.

¿Por qué habría de perecer la ciudad?
A Él se le antojaba que no había justos.
Dijo: “Las aguas se mueven
y se contaminan. Las orillas de las
playas están deformes. Todos han
bebido, todos han nadado allí.”
Me mesé irremediablemente el cabello,
me sobé la frente para borrarme;
el guiso empezó a oler.

Sabía que todo era cierto
respecto del agua y el contagio.
¡Pero nadie había enfermado!
Sí quedó empero una pena
por la revelación brutal
de que hablar es un dolor
pues una palabra es siempre una caida.

En el rigor del asedio
escuché atenta el mandato,
él no me había nombrado.
Su propia palabra fue su caída.

Llamé a mi esposo:
“Ya-ve n a comer”.

Paulina Merino (Quito, 1976) cursó estudios de Literatura en la Pontifica Universidad Católica del Ecuador y en la Universidad de Bergen, Noruega. Aparte de su labor de más de quince años en la docencia, también ha ejercido la crítica literaria. Su traducción del poema Echoes de Laura Riding fue publicada en la revista literaria País Secreto. En el año 2007 fue miembro del jurado del Premio Nacional Aurelio Espinosa Pólit, edición poesía.  Participó en la selección de relatos para la antología del nuevo cuento ecuatoriano Los invisibles, proyecto patrocinado por el Ministerio de Cultura del Ecuador.