Improbable regreso a casa (por Pablo Ayenao)

Era el tiempo del desvelo. Corría el tiempo de las cerezas. Era el tiempo del destiempo.

Arrojábamos piedras al vacío de los días e inventábamos juegos que se nos olvidaban durante el transcurso la tarde. Esos juegos nos parecían brillantes, pero no eran más que pálidas ficciones, fruta pudriéndose al sol. Justo antes de dormir, para aplacar el hastío y la pesadumbre, mordíamos nuestros labios hasta que perdían la suavidad del rouge.

Aquellos días atesorábamos sentencias, cada palabra era morder una perla. Nada para los gentiles, todo para nosotros. Afectaciones, heteronorma, biopolítica, pasiones, queer, binario, hibridez, potencia. Podría seguir con la cantinela, pero extravié ese ardor.

Yo usaba la expresión bioeconomía hétero-capitalista.

El discurso nos daba poder, o al menos eso creíamos. Y celebrábamos hasta el hartazgo las mismas proezas. No había mañana ni tampoco queríamos vivir ese mañana.  El neón era la única senda y las bruñidas palabras consumían nuestro delirio. ¿Lo recuerdan? Sé muy bien que lo recuerdan. Volábamos sobre la alfombra y después nos enroscábamos en ella, esperando la alborada, algo de calor.

Tampoco éramos tan románticos. El rumor cotidiano nos atraparía. Lo sabíamos, teníamos esa certeza y quizás por eso no le otorgábamos mucha importancia. Sutil y anhelado desarraigo. Nos abandonábamos en las sospechas, en el cardumen, en los perdones. Puros perdones.

Las resacas eran leves y siempre había un hilo desde donde asirse.

Dibuja un círculo en la ventana y marca tu dedo índice en medio. Verás que la noche se concentra en ese punto y entonces te irás a la cama susurrando la tonta canción que escuchaste al regresar a casa. Pero nunca se regresa a casa. Esa es una trampa  de celuloide, maquillaje reflejado en las vidrieras. Tu casa es todo lo que abandonaste una mañana. Nada permanece en el aire, nada.

Desayunábamos agua y lechuga.

Los escruto en silencio mientras ríen en la pantalla, cada uno convertido en un muy perfecto holograma y no puedo evitar recordarlos tirados en el pasto o arrellanados sobre la alfombra, recitando a Preciado, a Andalzúa, a Silvesrtri, a Vidarte, a Cisoux, a Spinoza, a Wittig.

Amábamos a Wittig más que a cualquiera, aunque la palabra amor nos daba un poquito de asco.

El invierno nunca fue problema.

Ensayábamos miles de coreografías en pistas recubiertas con aserrín, bebíamos cajas y cajas de vino parapetados tras los árboles afilados, nos sacábamos fotos tan tiernas y tan lúbricas. Todo era plural, todo era cuerpo. Odiábamos a los modernos. Sólo creíamos en nuestra derrota, en nuestro brinco, en nuestra improbable persistencia.

Al atardecer analizábamos las vocingleras teleseries como quien pule un extraño y hermoso diamante.

Apaga la luz. Es mejor la oscuridad, así los recuerdos perderán brillantez. Introduce tu dedo índice en el ombligo y juega con él. Abre la boca de par en par. Recorre tu cuerpo con los nudillos y aguanta la respiración. Eso, así, muy bien. No deshagas la cama, piensa que levitas y que tus manos no son tus manos, son dos prótesis que te reconfortan un poco cada día.

Leíamos mucho y escribíamos poco. O quizá era todo lo contrario. Lo cierto es que nunca hablábamos de literatura y nunca recitábamos nuestros textos: puras hipótesis, puras huellas. Nos parecía ridícula la ansiada respetabilidad de los poetas, esa búsqueda estéril, ese afán nada de loco. Y nos reíamos de sus ínfulas y de sus relamidas supersticiones.

Creo que sólo así logramos aguantar esta ciudad. Debíamos trenzar y soltar la cuerda, una y otra vez. Correr en el laberinto convexo hasta encontrar un fulgor que nos arropara y nos diera un motivo, un maldito motivo.

Hace algún tiempo dejamos de bailar sobre la alfombra. Ahora nos miramos al espejo y comprobamos que agotan los mismos ojos, las mismas orejas, los mismos gestos. Hablamos demasiado de literatura: somos monotemáticos y predecibles.  Pocas noches nos entregamos al bendito cariño, al sudor del bendito cariño. Aquellas noches son noches tropicales. Y duele pensar que antes nos reíamos justamente de eso, de las fugas de los fines de semana.

Ahora que estás dormido no te preocupes, mañana olvidarás todo. Has como que no sabes, como que no sientes. Sueña con auroras boreales y pájaros carroñeros. No temas. Renuncia, estira los huesos. Te lo repito: ya nada importa. Descansa, mañana no te vas acordar.

A ratos éramos tiernos en la borrachera. Un puñado de piedras que entrechocan y caen estrepitosas sobre el pavimento. Pero no se rompen, sólo se deterioran un poco cada día, como todos.

Los escucho atento mientras leen sus poemas. Las aborrecibles pantallas funcionan a la perfección. Después de leer discutiremos de cualquier cosa y nos dormiremos temprano. El neón es otro asunto. Ya nada cura la resaca, ni siquiera el corazón de una lechuga. Los hilos trenzados se convirtieron en aquella luz que se apaga de pronto, rotunda muralla que nadie quiere ni puede cruzar.

Nos perdimos en la corriente. Poca nieve queda en las venas.


Pablo Ayenao Lagos (Pitrufquén, 1983). Profesor de Castellano y Magíster en Ciencias de la Comunicación. Ha publicado los poemarios Fluor (2013), Antes que el Alba te Sacuda en el Pavimento (2015), y la novela Memoria de la Carne (2015).

Imagen de la cabecera: fotograma de la película Los Soñadores (2003) de Bernardo Bertolucci.