El presente (por Cristian Rodríguez)

Luego de pasar varios años leyendo críticas y recomendaciones, e incluso yendo a festivales de cine, ahora puedo pasar mucho tiempo sin mirar un sólo estreno. Leo las listas de películas premiadas y ya no las busco. Las dejo como tareas que olvido al poco andar. Mis amigos se quedaron con los directores de los años setenta, y en algunos casos, mirando telepelículas por streaming. Está bien. De algo hay que vivir. Yo le pongo play, digamos, a una cinta histórica de Netflix, y me encuentro con catedrales, primeros planos, pasillos largos, y conversaciones muy pero muy importantes. Y no logro enganchar. Comparar esas producciones con el humor y la perfección de Barry Lyndon sería cruel. Las coloco, por ejemplo, al lado de las películas de Milos Forman, y esa aura juguetona de sus cintas de época, y no hay por dónde. La distancia es abismante. 

Uno podría seguir caracterizando el tipo de películas que predominan en la actualidad, pero sería innecesario. Lo que me interesa no es tanto ese cine como las repercusiones personales de vivir el declive –quizás breve, quizás definitivo– de una forma de hacer arte; la muerte subjetiva de una manifestación potente y seductora de representar el mundo. ¿Qué sucede cuando perdemos la afinidad con un ámbito tan grande de la cultura? ¿Cómo afecta ese desvinculamiento a la forma en que habitamos el presente? ¿Qué debería hacer uno al respecto?

Nuestra relación con el arte puede ser tan voluble como cualquier otra relación humana. Puede ser activa o pasiva. Breve o duradera. Su inicio y final pueden ser evidentes o imperceptibles. La mayoría de las personas entran a esos universos de a poco, sin darse cuenta. Otras escuchan el canto de sirenas en un lugar y tiempo determinados. Y otras, como yo, van encontrando pistas extrañas, luego legibles, por un sendero que termina transformándose en horizonte. El romance es el mismo, la necesidad: compartida. Otro tema es el el desencanto, el crepúsculo o la indiferencia. Ahí, los modos cambian.

El fin de nuestro interés por el presente del arte es algo natural. Tarde o temprano llegará. Las marcas generacionales que nos atrajeron en una primera instancia terminarán por mutarse o por desaparecer con el tiempo. El presente nos abandonará y nosotros lo abandonaremos a él, en un gesto mutuo. Para la mayor parte de las personas, se trata de un proceso indoloro. El desprendimiento de un mundo irreconocible y cada vez más ajeno. Una señal de autosuficiencia y de madurez. O el inicio de la consolidación de la pereza: un signo, en apariencia inofensivo, del fin de nuestras emociones o de la propia curiosidad. 

Ahora, ¿qué pasa cuando uno trabaja en ese medio? ¿Puede, por ejemplo, un escritor, hacer su oficio sin saber nada sobre los autores actuales? ¿Es legítimo cerrar la puerta y quedarse con lo aprendido? En el caso de la literatura, se puede escribir perfectamente sin profundizar en su actualidad. De hecho, se puede escribir muy bien. “En general” decía Borges “lo contemporáneo no me interesa”. Y no son pocos los que piensan así. Conozco a un narrador que a principios del dos mil tuvo un conflicto muy agrio con los autores de su tiempo, tras lo cual decidió salirse para siempre del medio. Cortó casi todos sus lazos con la actualidad y ahora vive de sus relecturas, escribe sin apuros, y pasa sus días en una casa pequeña y acogedora. Vive de sus novelas del siglo anterior (radicales e irrepetibles). Es feliz y hace felices a las personas. Su dilema está resuelto. ¿Cuál podría ser el inconveniente? ¿Qué daño podría sufrir con esa clausura? En apariencia, ninguno. Y así y todo, hay algo demasiado activo en su negación. Algo latente e inorgánico. Como si liberarse de esa carga terminara siendo, al final del día, un trabajo.

Querámoslo o no, vivimos en un exceso de presente, en una superabundancia de actualidad. Las noticias se viralizan, multiplican y desvirtúan. Los libros se acumulan por miles sin dejar huellas. Los videos y películas se suman por millones, sin distinguir unos de otros. El ahora es tan insoslayable, tan fragmentario, tan saturado de sí mismo, que llega un punto en el que su consumo ya no informa. Su acumulación no apunta hacia ninguna parte, pierde todo su valor nutritivo. En ese escenario, buscar brotes verdes, en cualquier género artístico, se vuelve cada vez más difícil. Uno termina tentado por quedarse en la propia inercia productiva. O en el mejor de los casos, por cualquier obra que ofrezca un espacio sincero, para recrear el viejo rito de sentarse y conversar.


Cristian Rodriguez Büchner (Valdivia, 1985). Poeta y narrador. Profesor de lenguaje y Mg. en Literatura Hispanoamericana. Editor y columnista de revistaelipsis.cl. Ha publicado Lluvia de Barro (cuentos, 2012), Caligrafía del Insomnio (poesía, 2017) y 19 poemas (2020). 

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