Cinco poemas de Ricardo Olave

 

 

A modo de introducción

 

He vuelto a la ciudad que abandoné
pensando que solo sería un suspiro
Pasan las horas
        y sin darme cuenta
he regresado
                al mismo día que ví por última vez
Las huellas de una capital en desgracia

Comienzo mi propio enclaustro
Solo seré libre en mi mente
porque mi cuerpo es prisionero en una habitación de hotel
Consumiré recuerdos como la droga más adictiva
esperando volver a sentir tan cerca
ese mundo que alguna vez habité

Mutel
Apellido negado
A 3 pequeños
Condenados a ser huachos

A Juana Olave, tu sirvienta
La dejaste con sus niños
Y negaste tal encuentro
Ya no era asunto tuyo

Tiempo más tarde, no sé cuando
Les dejaste un par de tierras
Creyendo solucionar el vacío
Que en esos años no se hablaba

Hoy no importa que no porte
Ese origen germano
Olave vengo, Olave voy
Una raíz conectada
Con el futuro incierto

Temuco

 

Un territorio
Reducido a la palma de mi mano
Que entre sus líneas y cicatrices
Dan forma a calles oscuras
Con el asfalto destruido por el paso del tiempo

En el centro del palmar
Una machi mira al noreste
Y los habitantes, pequeños seres
Se mueven sin mirarse los rostros
Ahí transitan entre lo que alguna vez estuvo
Y que los días se cansaron de buscar

El árbol que sobrevive al incendio
El niño que duerme con los perros en un paradero
La olleta gigante que el campesino distingue a lo lejos
El hotel destruido sin su balcón que quizás nunca vuelva a verse

A lo lejos
El mirador a medio construir
Como postal de un pueblo soviético en desgracia
Desde su azotea distingo el barandal oxidado
donde ella y yo nos besamos hasta que oscureció
y los autos cruzaban bajo de nosotros de lado a lado

Todos esos trazos
Que aparecen difusos entre tardes rutinarias
Quedan reducidos a la palma de mi mano

Nostalgia contenida en un viejo celular

 

Buscando las huellas de un pasado no muy lejano
Despierto la conciencia de un viejo celular
Lo primero que reviso al ingresar a este recuerdo
Son los mensajes de texto que tu y yo nos enviábamos
Poco comunes y tan sutiles
Fragmentan un momento
Que ya no recuerdo

¿Todo bien?

Ya de vuelta del cementerio

Llegué y está todo bien. Once familiar con ambos tíos y la Choni. Te amo también.

¿Estás bien?

Final 3-3 Portugal Empata

¿Te veo hoy o mañana?

Espero que hayas llegado bien. Gracias por venir estos días, te amo.

¿Amor, estás bien? Me tienes muy preocupada

Puerto de pinos (o breve historia observando por mi ventana)

 

Hay árboles que no están preparados para sobrevivir a temporales. Les da vergüenza admitirlo, aunque dentro de sus corazas sepan la verdad.

Los pinos al borde del mar, jamás reconocerán ante sus pares que, frente a un período de mal clima, sus raíces no tendrían la fuerza suficiente como para sostenerse en la tierra. Hace años, luego que la isla fuera embestida por un maremoto, fueron plantados en fila en la tierra en la que alguna vez se erigió un puerto fluvial. Ellos están ahí por una sola razón: detener el paso de las olas del Pacifico cuando pierda el control, impidiendo que su fuerza llegue hasta la orilla. Los pinos, desde que son una pequeña planta escondida en un almácigo, cuando recién asumen su posición de árbol, están conscientes que fueron a parar ahí para velar por el cuidado de una ciudad que nunca han podido ver a sus espaldas. Las esporas de las acículas murmuran que a lo lejos hay un par de luces, y que de noche aparecen muchas más, como las luciérnagas, generando una sensación inexplicable para un árbol.

Los pocos leños que ceden ante las ráfagas de viento, siendo zamarreados hasta caer, logran ver durante un par de segundos el pueblo que se esconde detrás de ellos. Logran ver las luces que se contraponen al azul del mar y el tiempo se paraliza. Pese a la belleza del momento, el pino que no logra cumplir su propósito por el que creció, sabe que sufrirá una condena sin retorno: ser reducidos a pedazos por los mismos que alguna vez vinieron a enterrarlos frente a las olas. Por eso los árboles nunca comentan sus inseguridades. Prefieren cumplir en silencio la tarea. Los pinos vigilan el mar que promete alguna vez reaccionar. Una espera por la cual el sacrificio del tronco será resistir.


Ricardo Olave Montecinos. Nació en Temuco en 1997. Periodista de la Universidad de La Frontera. Ha participado en áreas culturales de diversos medios nacionales como El Austral de La Araucanía, LaRata.cl o Culto. Actualmente escribe en La Tercera y es parte del podcast dedicado a temas mapuche “Recado Confidencial Operación Wallmapu”, disponible en Spotify