“Animal print” de Rolando Martínez Trabucco

Autor de cuatro libros, en su poesía Rolando Martínez aborda temas que van desde la pornografía hasta el arte de criar palomas mensajeras. Lo que une a Yeguas del Kilimanjaro (su primer libro) con Teoría del ojo (el último) es la construcción de una poética íntimamente ligada a su biografía personal. Entremedio, Cuaderno de croquis es un diario de vida cruzado por la muerte del padre, así como Ciudad bárbara, el recuento de su extranjería en provincia. Dispuesto siempre a proponer estructuras nuevas, la poesía de Martínez es geográficamente impersonal. El sol o el desierto han cedido su presencia al contraste entre el dato histórico y el suceso íntimo. En ese contrapeso su escritura acontece. Por ejemplo, en Yeguas del Kilimanjaro, la descripción de ciertas vidas de actrices está cruzada por el contexto de época (el libro mismo, como objeto, reproduce un cassette VHS). Martínez escribe un texto que es parte del inconsciente colectivo, no solo poético: su historia personal del deseo.

En estos poemas inéditos, Animal Print nos presenta la vida animal desidealizada, cosas que a pesar de su tristeza, o por ella, sobreviven para ser contadas: un nunca bien ponderado visón, un elefante muerto, un conejo, un águila, tejón o coyote, participan de un paisaje que no es salvaje para ser moda, ni causa animalista. Martínez ve desplegarse a la naturaleza como algo que no lo asombra, aunque tampoco le es indiferente, pero a la que va a diseccionar en contra de la idea de postal o viaje de placer.

Ricardo Herrera Alarcón.

VISÓN BUCEADOR EN ISLA NAVARINO

 

Qué hacen los visones
en Isla Navarino

mientras algunos pescadores
recogen
la mala racha
de las olas

y las estrellas caen
sobre el ripio
o los bosques infestos
de raulís y coihues.

Qué hacen aún
cuando el verano
es solo una porción
de oscuridad
en las almejas.

Pues un visón penetra
—así como quien penetra
con navaja
una sandía—
densas capas de huiros.

Penetra:

        cae punza mete
        su obstinado cuerpo en el mar

y así hasta llegar al congrio
como un rayo
que asolea
la palabra destreza.

Helo ahí
quitando de un mordisco
ojo agalla
percha

al cazador profundo.

Pero así es la soledad
que pinta
el Canal Beagle
esas tardes en que nada tiene
que ver
la miel con la miseria:

        ruido espuma color blanco
        y mamíferos que escriben

        bajo el agua
        fría.

TIME LAPSE DE LA MUERTE DE UN INMENSO PAQUIDERMO

 

A la imagen de un video aficionado
que encuentra moribundo a un elefante.

Imagino estos dibujos
de la vida que sucede
allá afuera la velocidad
repite frío.

Todo lo contrario
es partir
una noche
cansado de ser grande.

Muy cámara lenta
la grandeza se ahoga en espesura
mar de crema.

Años luz la imagen del pequeño
paquidermo
chupándose la trompa.

La vida dice quien es Dios
en sus paisajes:

        un elefante muere
        y alimenta
        –por varios días–
        a una serie de animales salvajes.

Primero vienen las hienas
que abren el cadáver.

Le siguen los buitres
que introducen
su largos cogotes
por el ano.

La poesía
es este momento
y todo lo que a él
está asociado:

ruido de zancudos
que deambulan
mientras alguien
se pregunta
por qué y para quiénes sobreviven
todas las cosas tristes.

ÁGUILA EN LAS TORRES DEL PAINE

 

Despiden
las horas
horizonte

viento
sobre la roca.

Memoria del arriero
en la pampa
diagrama lo que un imán
al hierro disperso en la hoja de papel.

Ahí el ganado es ripio
leve hormigueo sobre la corteza.

Juegos de infancia
pura inclemencia.

Todo valga si es por esas noches
en que la luna
hace sonar sus nudillos.

La pampa o el frío
donde el conejo pasta
en el metal
pequeños momentos
en que pierde la carne

formas
de milicia
niegan el silencio

y el águila observa
como un dios
que esconde
fibra de vidrio
en los huesos 

ahí donde la garra enfoca
la belleza acampa
los ojos:

        kilómetros arriba
        la vida expele
        sus relámpagos.

CÁMARA ESPÍA

 

Una secuencia de motores diésel acompaña
el minúsculo espasmo del coyote
la crocancia de la yesca o la canción de huesos
que retoña el entusiasmo.

El coyote salta sobre el tejón
como un gimnasta olímpico
irradiado de emoción frente al vacío
(mientras la noche inyecta clorofila
en esos ojos que son

zumbido de luciérnagas o antigua luz robada).

El tejón por cierto
arrastra la hidalguía
de un minero que se apronta a la faena
antes de hacer yunta y desaparecer junto al coyote
en las fauces del tubo de cemento Budnik.

Dos segundos bastan para que el túnel
bajo la autopista
los diluya en el petróleo
y convierta la escena de los dos carnívoros
en un simple destello de hermosura
absorbido luego
por la eternidad.

Rolando Martínez Trabucco (Arica-1979). Profesor de Educación Básica. Ha publicado los libros Y. del Kilimanjaro, Ciudad Bárbara, Cuadernos de croquis y Teoría del ojo.

Imagen de la cabecera: Peces en naturaleza muerta, de Isaac Van Duynen (siglo XVII).