Dos crónicas de “Matute”, de Rodrigo Ramos Bañados

LA CANCHA

 

Un brujo le sesea cosas al oído a un señor, sus ojos pequeños revelan cierto aturdimiento. Ambos hombres están agachados justo debajo de un local donde se expenden fetos de llama. A ese pasillo le denominan el de los brujos. Hay ranas, pezuñas y huesos. Una pata de llama puede ser el control remoto para encender algún espíritu. Hay cartas. El tarot, como siempre, se vende bien. En ese mundillo colorinche de santerías, donde los rincones huelen a orín, la hoja de coca manda. La hoja de coca habla. La coca puede predecir lo que usted hará a futuro.

La Cancha, en Cochabamba, es una de las más vertiginosas ferias de Sudamérica. Juan Malebrán es chileno y lleva siete años viviendo en la ciudad donde se filmó la película «Caracortada». Malebrán cuenta que le costó tomarle el pulso a la ciudad. Los bolivianos son cerrados. No les gustan los extranjeros, dice. Tampoco les gustan las barbas. Malebrán luce como el Che Guevara y tiene de novia a una chica española descendiente de japoneses.

En Cochabamba hay muchos gringos de paso. Algunos van a creerse «Caracortada». Los bolivianos desprecian la cocaína. En cambio, el brillo del polvo deslumbra a los gringos. Por la cocaína muchos de ellos son engañados y asaltados. «Otros se pierden y otros se quedan», cuenta Malebrán. Abundan historias como la de un serbio que peleó en la guerra de los Balcanes y luego la mafia lo envió a Cochabamba. Los sueños del serbio se quedaron adheridos en el control de narcóticos en el aeropuerto de El Alto. Pasó cuatro años en una cárcel de Bolivia. Hoy mantiene un pub que es frecuentado por extranjeros. El serbio, medio en broma, dice que tiene una buena idea para que Bolivia recupere el mar: lanzar un bombardero de cocaína a Chile.

Unas cholas de trenzas hasta la cintura se ríen de un gringo al que se le cayó la cámara fotográfica. Los gringos son blanco de burlas en medio de los estrechos pasajes de La Cancha. Es fácil perderse en el mercadillo más grande de Bolivia, sobre todo cuando se anda en busca de cocaína. Cerca del gringo unas mujeres ciegas rezan. Podrían estar haciéndolo todo el día. Es una música monótona, molesta.

En La Cancha uno no para de descubrir rarezas.

«Pueden hallarse hasta órganos humanos, es asunto de consultar», dice Malebrán. Cuenta que hay mafias brasileñas que compran órganos. En los sectores rurales hasta se llega a matar para vender los interiores. Cada cierto tiempo desaparecen niños. Las imágenes de chicos desaparecidos están adheridas en el terminal de buses y en otros sectores. A la gente se la traga la selva. Cochabamba está al lado de Chapare, una zona selvática boliviana famosa por la producción de hojas de coca.

El hombre dice que el descontrol es grande en cuanto a la salud. Hace poco la morgue colapsó y los cuerpos estaban a vista y paciencia de todos en el hospital. Nos atrevemos a preguntarle a una chola dónde venden coca. La chola apunta un sector. Malebrán dice que vayamos.

En el trayecto nos detenemos frente a Rosauro, un brujo de ojos pequeños como pasas y pies plomizos por la tierra. El oficio de don Rosauro es lanzar las hojas de coca para predecir la fortuna. Junto a él, hay varios a la redonda que trabajan leyendo las hojas de coca o lanzando cartas. Todos pueden ser catalogados como brujos. Sus principales clientes son las cholitas, sin embargo, esta vez Rosauro hace una excepción. Quienes trabajan en La Cancha son reacios a las fotografías y a los extranjeros. En ocasiones son agresivos. Cuentan que las cholitas son capaces de lanzarle un zapato al intruso que moleste. En consecuencia, debemos estrujar a Rosauro. Nada de visita de doctor. Una sesión de tú a tú con este brujo boliviano. Rosauro nos pide un billete de diez bolivianos para empezar. Nos invita a agacharnos y con un balbuceo pregunta mi nombre. Luego de la presentación, mirando fijamente las hojas de coca, pregunta qué es lo que realmente quiero de él. Le explico el asunto. El hombre levanta la pera y queda en pose de estatua. Antes de que desarrolle su trabajo, me da permiso para fotografiarlo. A las cholas vecinas no les gusta la idea de las fotos. Una se va y la otra le dice una palabra en dialecto andino al brujo. Acto seguido, el hombre me extiende su palma en señal de que pare con las fotos. La chola se cruza de brazos y observa la escena. Luego contesta el celular. Un minuto y el asunto vuelve a la calma.

Rosauro me pide que lance las hojas. La primera vez lo hago mal. Me hace una pequeña corrección. Intento dos veces más y a la tercera resulta. La cuarta va en serio, así que lanzo. La chola sigue atenta a lo que hacemos.

«Señores, las hojas de coca son complacientes». Sin embargo, los dibujos que habían formado se deshacen cuando le hacemos una segunda pregunta. «No», dice. Lee las hojas. Tajante afirma que habrá quiebre. La presión de las cholas es grande. Le damos otros diez bolivianos y salimos por esos pasillos repletos de cabezas de animales muertos. Nunca sabremos si nos lanzaron un zapato o no.

Llegamos a un pasillo donde hay peces raros, ranas y tarántulas. Venden gatos y perros. Un animalista terminaría con dolor de cabeza. Cruzamos un sector donde expenden carne sin refrigerar. Malebrán cuenta que una vez en el sector de los animales había una jaula con un león de circo. No tiene claro el destino del león.

«Tal vez se lo terminaron comiendo ¿quién sabe?» dice con sonrisa maliciosa.

El lugar donde supuestamente venden órganos es aledaño al sector de carnicerías. Preguntamos dos veces por corneas, pero nadie nos responde. Un cholo nos ofrece frascos con grasa humana. Dice que a veces es posible encontrar más cosas. Hay cremas de aceite humano para la piel y otros menjunjes. Insistimos con las corneas. El cholo dice: «no es época».

32 MUERTOS ENTRE CUSCO Y AREQUIPA

 

El bus avanza despacio. Por la ventana veo aparecer los cadáveres tapados con mantas a un costado de la carretera. Al otro lado del asfalto se ve un camión volcado. Cerca de él, un bus, también volcado, tiene la parte delantera destruida. Los asientos están repartidos a varios metros de distancia. Nuestro bus se detiene. A los minutos entiendo que la detención es por solidaridad. La tripulación baja para ayudar.

Percibo la dimensión de la tragedia a través de los rostros que avanzan tristes por el pasillo del bus. Algunas personas tienen heridas leves. Otras están manchadas con sangre. Me fijo en una madre indígena que carga a su hijo en brazos. La mujer se sienta en el pasillo, en la parte delantera. El chico no debe tener más de cinco años y parece quieto, demasiado quieto. Un gringo le ofrece un tarro con papas fritas. El chico agarra el tarro.

Queda la sensación de que pudimos ser nosotros los desafortunados. Levanto la palanca del asiento y este se endereza junto a mi espalda. Por mi columna pasan shocks eléctricos que me llegan a la cabeza en forma de flashes: imágenes de lo que pudo ser, estar del otro lado tapado con mantas. Me fijo en Elena, sentada a mi lado. Está abrigada, tiende a encogerse y a adoptar formas enroscadas, como si estuviera en el estómago materno.

Recuerdo la última comunicación con mi hija, al otro lado de la frontera: «Te amo papá, regresa pronto, cuídate y tráeme la muñeca que llora». Le llevo una muñeca de lana que elegimos con Elena.

Son las seis de la madrugada. Por la ventana embadurnada de humedad percibo Los Andes. La cordillera es el marco de la tragedia. La tierra del altiplano es dentuda, amarillenta, dura y hostil. Unos turistas españoles comentan lo terrible de morir en un lugar tan lejano e inhóspito. Se habla de que algunos de los muertos eran europeos.

La azafata avanza hacia el fondo del bus con el chico que comía papas fritas. Lo lleva en brazos, envuelto en mantas, tieso y mudo como una momia. Detrás va la madre, que avanza lento. Llegan a la última butaca del bus. La azafata le indica a la mujer que se siente. La madre se sienta al lado de una sorprendida gringa que no atina a nada. El chico llora como quejándose. Deducimos que algo le duele, que con algo se golpeó en el accidente. La gringa le explica en espanglish a la azafata que no tiene problemas en seguir el viaje de pie y cede su asiento al niño. El llanto marca el fin de la noche para los que aún dormían.

Con el Elena abordamos el bus en el terminal de Cruz del Sur en Cusco. Habíamos estado bebiendo en un bar frente a la plaza y se nos pasó la hora entre chilcanitos. Para ahorrarnos el hotel pasaríamos la noche en el bus, como habíamos estado haciéndolo durante el resto del viaje.

Queríamos estar al otro día en Arequipa y luego seguir a Tacna. Una vez arriba, discutimos sobre nuestro frustrado

–por razones de presupuesto– viaje a Macchu Picchú. Bebimos pisco peruano con bebida blanca y nos quedamos dormidos, atolondrados. El bus comenzó a dar vueltas, a redondear cerros, frenar, bajar y subir. Avanzábamos por las curvas que irremediablemente conducían al accidente. El bus que chocó partió media hora antes que el nuestro. Nosotros nos habíamos retrasado por un chilcanito extra. Poco antes de la seis de la madrugada nuestro bus se detuvo. Se escuchó la voz de un hombre reclamando. Avanzamos lento hasta que nos despabiló la tragedia. Tras un par de segundos de contemplación ahogada, pensé en sacar la cámara fotográfica. Una simple foto del accidente con los cuerpos destrozados a medio tapar, incrustados con fierros o achicharrados, como al otro día publicó la prensa peruana en sus diarios sensacionalistas.

«Casi un centenar de personas resultaron heridas en un accidente de ruta ocurrido al sur de Perú», informó la Policía de Carreteras. Perdieron la vida 32 personas, entre ellos dos extranjeros. Se trató de un triple choque entre dos buses interprovinciales y un camión, ocurrido de madrugada en el departamento de Arequipa. Tras culminar las operaciones de rescate de las víctimas, fuentes médicas dieron cuenta de veinte decesos, seis más de lo reportado inicialmente. La tragedia se produjo a la altura del kilómetro 127 de la vía Arequipa-Puno-Cusco, unos 1.100 kilómetros al sur de Lima. «La cifra de heridos asciende a 59», indicó la radio peruana RPP. Algunos pasajeros fallecieron cuando eran trasladados a un hospital de la zona. Entre los muertos figuran un menor de edad y dos turistas europeas.

A las once de la mañana llegamos a Arequipa con doce heridos en el bus, sobrevivientes de una de las peores tragedias carreteras de los últimos años en Perú.

Nos salvamos por un chilcanito.


Rodrigo Ramos Bañados (Antofagasta, 1974). Ha publicado las novelas Alto Hospicio (Quimantú 2008 y reedición Emergencia Narrativa 2016), Pop (Cinosargo 2009), Namazu (Narrativa Punto Aparte 2013), Pinochet Boy (Narrativa Punto Aparte 2016 y reedición El sur es América 2020) y Ciudad Berraca (Alfaguara, 2018). A estos se suman los libros de crónicas Tropitambo (Quimantú 2018) y Matute (Aparte 2020) y el libro de cuentos Palo Blanco (Zuramerica 2020). Reside en Antofagasta y está dedicado a la docencia y el ejercicio libre del periodismo.