“LA RE LA RE LA REALIDAD”, por Felipe Moncada

LA RE LA RE LA REALIDAD

El cerebro simula la realidad.
Tiene que hacerlo porque el tamaño de la cabeza y del cuerpo
es pequeño comparado con el tamaño de la realidad.
Allí sólo caben descripciones.

Carlos Cociña

Las primeras conversaciones sobre lo real con los amigos raros del curso, la filosofía barrial, las primeras cajas de vino mirando las estrellas de los griegos, los primeros pitos que dejaron pelando cables al sofista de la cuadra, transmitiendo a la orillas del río: ¿la realidad se enciende cuando abro los ojos, el oído, el tacto? ¿Estaba antes, sigue después? Luego las noticias del diario, la radio, los libros, los filósofos de toga, los de anteojos, la sicología y sus pantanos arquetípicos, la interpretación de los sueños mediante el humo de leña verde, el Liceo y la sobrevivencia a patadas, el arte y su realidad a la chuña, el surrealismo mandragórico de la metrópoli huasa, las pinturas de René Poblete, los collages de Zeller, los libros con reproducciones del cubismo, la dictadura. Un bombazo en una torre de alta tensión es, por ejemplo, la realidad, la transición a la democracia el surrealismo, la superación del romanticismo. Luego Borges, el ajedrez, Bradbury, la serie Cosmos, la poesía china, los números, las leyes de Newton, el Tao, los dísticos de Silesius, el piano pajarero de Messiaen, John Cage y la medida de su silencio, la Incertidumbre de la luz. El cálculo de topologías imaginarias es la realidad, la economía de mercado es el neorrealismo italiano, el neoliberalismo es el realismo sucio, el realismo socialista es la nube donde Maiakovski se estrella montado en el Sputnik con Altazor y su carrocería de plumas. La hiperconexión al ojo universaliza el ruido y anula el relato. Los hijos son la realidad, el día en que se van al mundo es el comienzo del hiperrealismo.

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Mi colección de epígrafes. Mi almanaque 1973 con chistes crueles y efemérides. Citar como muleta o muletilla. Mencionar fantasmas como argumento de que no se está haciendo el loco. Algunos epígrafes: El espectáculo (…) no es un suplemento al mundo real, su decoración añadida. Es el corazón del irrealismo de la sociedad real (GuyDebord). Demasiado perezoso para mirar colinas y arroyos porque hay una pintura dentro del portal de mi corazón (Po Yüchien). Finge ser dolor, el dolor que en verdad siente (Fernando Pessoa). ¿Qué te hace sufrir? Lo irreal intacto en lo real devastado (René Char). No sé si fui un hombre que soñaba ser una mariposa o una mariposa que sueña ser un hombre (ChuangTsé). Es el alma un extraño sobre la Tierra (Georg Trakl). ¿Cuándo despertaré de estar despierto? (Pessoa). Quien vive en la ciudad debe considerar las pinturas como su panorama, los escenarios en miniatura y una maceta como su jardín (Chang Ch`ao). La muerte es esa pequeña jarra, con flores pintadas a mano (Eliseo Diego). Las palabras de otro como texto paralelo, quizás el que se pretendía. El metaepígrafe de Serey a su poema “Influencias”: Todos los epígrafes. La fábula de JL Martínez en la solapa de La nueva novela: Érase una vez la realidad / con sus ovejas de lana real / la hija del rey pasaba por allá / y las ovejas balan Dios qué bella está / la re la re la realidad. Mi colección de palabras que dudan de su representación, animitas.

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La imagen en la pantalla de fósforo vía cañón de rayos catódicos, el televisor cuando finalizan las transmisiones con mensaje religioso, la hora en que suceden guerras en el lejano oriente, misiles intercontinentales, hombres armados con turbante. El vidrio curvo y su río de pixeles en blanco y negro en el territorio de la pantalla, rápidos, torrentes, aluvión puntillista que notifica que no hay nada más que decir, tormenta de electrones en lo insomne. Ruido de saturación que a modo de música abstracta acompañó al borracho odioso en su sillón. Esa neoforma de soledad. Ahora (toda comparación es una alegoría) siempre hay una noticia sorprendente que supera a la última, la actualización es la vida en sí, la información no da tregua, el decir no tiene pausa, hasta el ruido se ha vuelto programable.

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Para dudar de la representación me impongo tareas autodidactas de traducción: explicar poemas visuales a un tipógrafo ciego, describiendo las columnas y curvas de las serifas, el vacío que las contiene. Relatar mediante silbidos a un ciego lo que una pintura busca transmitir (el ritmo, la vibración de un color junto a otro, mezclas químicas a punto de explotar). Esa pieza de música conceptual con intervenciones de ruidos de la calle y alusiones al zen y la tecnología; explicarla mediante señas a un sordomudo. Dudar de un arte para especialistas, de una música para compositores, de una poesía para teóricos, evitar poner panes en el horno para quien no tiene hambre.

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Irreal es como le puse al primer libro que publiqué, han pasado casi veinte años y todavía dudo del nombre. Tenía casi treinta años. Ese libro, así como el pos-posterior Río Babel, tratan completamente de episodios que se podrían narrar en su versión anecdótica y que son pasados por el filtro de la síntesis y la imaginación. Octavio Paz comenta sobre Mallarmé: “Anula lo visible por un procedimiento que él llama transposición y que consiste en volver imaginario todo objeto real: la imaginación reduce la realidad a idea”. En ese tiempo no lo podría haber redactado en términos teóricos, pero lo practicaba como ceremonia personal para digerir el paso de los días.

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Humo. Se queman los bosques de la región, pastizales y potreros con su único espino sobreviviente, y yo estoy frente al televisor tomando una bebida de fantasía. Hay inmigrantes que se mueren cruzando la frontera en este momento, alguien pisa una mina antipersonal y yo estoy leyendo postulados estéticos de poetas gringos. Se están muriendo los animales por la sequía, hay gente que caga en bolsas plásticas porque no tiene agua, y yo, me estoy quejando de lo que dijeron y no dijeron en el muro del frente. Están pegándole a la gente en las marchas, están disparando a la cara y yo lo reitero en facebook por unos likes. Soy el humo que se filtra por las tablas y necesito salir, y también soy las palabras que no querías decir y que ahora lamentas.

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En el plasma gigante de la oficina de espera del Servicio de Impuestos Internos se exhibe un video de cámara oculta. En él se le pide a un transeúnte que afirme una escalera. Mientras la sube un falso obrero, el actor, la representación, la escalera es empujada y el trabajador cae, pero salva milagrosamente al aterrizar en un camión lleno de colchones. La cámara enfoca a la persona que cae en la trampa. El miedo durante la caída en el rostro del sujeto es el espectáculo. El acercamiento a su cara de miedo es el zoom al instante y también lo es la risa de quienes esperan que avance el número en el marcador electrónico para su trámite. El engaño como show, la broma como teatro pánico. ¿Quién goza con nuestro desconcierto en la oficina de multas?, una cadena panóptica en que cada cual cae a su manera de la escalera.

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Hay una pintura de la dinastía Sung, en la que tres trazos de tinta representan un grupo de peces. A primera vista parecen líneas hechas por descuido, casuales, no se ven los peces, pero en algún momento surge la chispa —como en esas imágenes ocultas de 3D— y aparecen con nitidez las truchas, vivísimas, captadas en pleno movimiento con los más mínimos elementos. ¿Qué ocurre en el instante en que se relacionan aquellos trazos, hechos como por descuido, con los peces que chapotean en la memoria? Representación y modelo coinciden en un acto de nacimiento; eso indeterminado, ritual, mágico, de que hablan los libros de arte primitivo, leídos una tarde de lluvia. Momentos en que la representación coincide y parece descuidada, algo visto de reojo y de precariedad exacta.

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Permiso, soy el humo que se filtra por las tablas, pero también soy los pensamientos que vas a tener esta mañana según el insecto que elijas. Guardo varios fragmentos de noticias en un frasco, a veces lo agito y zumban y son tábanos. Si necesito una seguridad científica, con calidad de imagen y trama Netflix, elijo un moscardón CNN y lo pongo bajo mi lengua. Si necesito nostalgia de dictadura y máquinas de escribir, libero la vieja polilla Cooperativa para que se ahogue en la borra del vino. Si amanezco descompensado, con una insuficiencia de trama deportiva, clikeo el espinazo de ADN radio y oigo el toc, el tac, de las pelotas de tenis marcando un punto glorioso, una chilenidad triunfante o nefastamente derrotada que siento bajar por el esófago como si hubiera tragado hormigas. Si tengo ansiedad de orden o de patria, voy y abro las antenas de EMOL, para junto a los vecinos comentar el peligro de la avispa africana y del escarabajo del trópico, y para coincidir en la necesidad de una fumigación de camuflaje que enderece el eje. Si me lamento por las maquinarias quemadas voy y me conecto a Biobío y su cadena de innumerables termitas que carcomen el financiamiento regional. Se alimentan de mi cabeza y como son alacranes además, su cola es un signo de interrogación que termina en una aguja.

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Ese electrón que no sabe bien por cual rendija del experimento cruzar —y que de pronto se ve ondulado y encerrado en franjas de difracción, expuesto a los alumnos—, es un ala de la realidad, pero más real es el crimen, y la noticia del crimen, la redacción que la periodista envía al editor, información que abrevia la correctora y comenta el taxista con el pasajero recién llegado al país. La sangre en el arma es la realidad, el dedo en el gatillo, la mugre en la uña del dedo que podría apretar el gatillo si la víctima supiera que su nombre correrá por la fibra óptica hacia la agencia, para que el pasajero comente con la camarera el peligro de andar por las calles a cierta hora. Ese electrón era el proyectil que atravesó el corazón de la víctima para que la sangre sea una red de difracción en la noticia.

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Grasa hidrolizada en maquinarias en que también se procesa soya y sangre de vacuno. El spot muestra una familia vestida de blanco, pareja y niños esbeltos untando la espuma de saturada grasa en panes delgados e integrales como ellos. La familia Martínez —representativa del consumidor promedio— luego del desayuno corre sonriente por un prado que parece un cementerio parque, donde sus camisas blancas ondulan frente a un viento de ventiladores. La pantalla encendida en una mediagua y otros Martínez que se acusan de haber dejado que se mosqueara la mantequilla, que quién chucha se la comió toda, los niños sin vestir, espérate que llegue tu papá, el portazo que espanta la mosca que se para en la pantalla y que también es la realidad. El lenguaje triturado por la puerta, las palabras que indican en el envase la composición química del alimento, los números que componen la fecha de vencimiento, la cifra del valor de la cuenta de luz que enciende la tele, la pequeña tipografía de los ingredientes en el tarro de la basura, el zoom de cierre.

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Mundos que caben en la superficie del agua, ondas de pequeñas cascadas, la imagen quebrada de los árboles bocabajo, los insectos que caminan sobre la transparencia, puntos de luz que cortan el agua, ritmo, dibujos en las ondas que se suman, las piedras del fondo, los guarisapos sobre el limo, entonces parece que la atención no fuese capaz de captar todo, lo múltiple que es la realidad en un una sola mirada, va por partes, desde el matemático que calculará que la suma de todas culminará en una onda plana, hasta el artista que imagina una lluvia de fronda en el reflejo parcelado, la conciencia se abre a múltiples posibilidades. ¿Escoger una?

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Cuando se llama realista a un modo literario, generalmente se la asocia a noticias, ausencia de eufemismos, una pausa de la imaginación. O se relaciona a la crudeza, a la violencia de episodios en que algo estalla, ¿pero no son reales también la imaginación y el tedio?, ¿no es real una tarde sin historias, sin clímax? Pienso en las señales que escoge Jaime Pinos en su poesía civil, poesía escrita de frente a los sucesos, precisa, pulcra, que denuncia vínculos torcidos sin necesidad de emitir juicios. La exactitud como atributo, el poema como flecha. Una idea se puede contradecir, pero ¿se puede contradecir un suceso? Podría parecer que en la recopilación de hechos noticiosos hay un recurso accesible para construir una poética, pero es la selección y la composición de momentos lo que puede diferenciar el ojo de un poeta a un recolector de tragedias, aventuro. En una entrevista, Pinos aclara: “La poesía ha sido siempre una vía de acceso, un camino de entrada a la realidad. Wallace Stevens decía que la poesía aumentaba la sensación de realidad. Creo en eso. Me considero un escritor realista si por realismo se entiende esa intensificación, a través de la escritura, del sentido de la realidad”. En su poema Música ambiental una chica se corta las venas en el baño de un mall mientras la música envasada simula un happyland para quienes compran. No es el hecho en sí, es el contraste. Pound dice: La literatura es noticia que permanece noticia. El realismo como ausencia de imaginación, sin trasposición mallarmeana, sin contraste, ¿permanecerá noticia por técnica y shock?

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Si se narrara la realidad tal cual, sin miedo a estropear esa autobiografía que se acomoda para el buen curso del relato, para el estereotipo periodístico que indaga en la vida íntima de Fulane. Sin estadísticas ni predicciones numéricas de popularidad, sin ratings evaluados por técnicos en el chisme cuántico que filtra las rendijas de la cabeza. Una realidad sin adornos grabada por la distopía del control. Aparatos que te registran. Hace poco cuanto deseabas placer en la oscuridad, esa cosa que nunca termina, había cámaras infrarrojas mirando desde los átomos de las paredes, transmitiendo directamente hacia el ojo de la galaxia, esa torre de control de los malos pensamientos que antaño traficaba Dios, y que ahora están en los archivos de la empresa, ella sabe lo que vas a querer, esa droga, el rostro por el que se paga. Una nostalgia de Agencia nacional de seguridad donde todos los caminos conducen al crimen y la pornografía. Si lo dijiste por teléfono o lo confesaste en tu mensaje, el servicio de inteligencia te lo agradece. Ella es la madre que se preocupa por nuestra cabeza.

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La tiranía de la conexión. La pandemia agiganta lo virtual como instrucción de los pasos que la realidad debe seguir. A quienes habitan la desconexión se les mira con desconfianza, portadores del virus de la culpa, conspiranoicos, antivacunas, terraplanistas, el no alineado se va al basurero de adjetivos aprendidos en la web —no tienes idea de la realidad, no sabes lo que está pasando en la pescadería cuatrocientos quince del mercado de Wuhan— En el verano un guardaparques se me acercó enfurecido en plena montaña —no sabes que estamos en estado de emergencia  militar— Con caminar lejos de cualquier humano se transgrede una orden de la virtualidad. En lo laboral todo horario es útil a la teleproducción, la emergencia sanitaria todo lo justifica —te he tratado de ubicar hace días, no has visto los messenger, debieras tener wsp— La policía se multiplica, el locutor de la radio ladra en el colectivo —por culpa de esa gente que salió a comprar ahora no podemos salir trabajar— la misma voz que el día antes anunciaba las ofertas de una tienda. Por el hecho de permanecer alejado de los aparatos electrónicos te vuelves una persona poco afectuosa o irresponsable —cuando te vas a conectar, debieras estar al tanto de la vacuna, irresponsable, quieres contagiar a mediomundo— Será obligatorio consumir algunas horas diarias de noticiarios y notificaciones, quien no consuma la trama quedará fuera de algo, de la re la re la realidad, pienso, mientras leo poetas del siglo pasado y clavo las tablas sueltas de mi cabaña.

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El último humano sin colocarse la dosis reglamentaria de realidad corre por un barrio industrial seguido de perros mecánicos y drones, de matarlo depende el fin del estado de excepción y la derrota de la peste, de su porfía depende que la maquinaria industrial vuelva a girar, pero no quiere, nunca ha tenido nada y ahora puede al menos tener el odio, salta una pandereta, atraviesa autopistas colosales y se lanza hacia lugares pantanosos, escombros, entra en un bosque negro con desechos de procesadoras, lo sigue de cerca la cámara insecto del mundo interconectado, en directo, ha sido sucesivamente ninguneado, sermoneado, obligado, borrado, bloqueado, suturado, tachado, desnacido, cancelado, obviado, han sido desdigitalizadas sus fotografías, su sombra ha sido evaporada y salta unos cercos electrificados hacia los peladeros donde será blanco fácil para los consumidores de noticieros y matinales.

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Me había propuesto escribir sobre la realidad y tal vez el tema era el ruido. John Cage quería experimentar el silencio absoluto y entró en una cámara anecoica para oír el propio cuerpo como la más escandalosa de las ciudades: las corrientes de sangre serían una canaleta en día de lluvia, los latidos del corazón un bombo en medio de la consciencia, los jugos gástricos una fiesta clandestina, la respiración una serie de truenos. Si el ruido exterior disminuye se agiganta el interior, de ahí quizás hay quienes se desesperan en el silencio. Tratamos de experimentar con mi compañera una percepción lúcida y sin prejuicio de los sonidos de la montaña, discernir el ruido con el oído de bastón: entramos al bosque antes del alba para oír despertar a los pájaros: van apareciendo capa a capa, superponiéndose como veladuras: ritmos, pulsos, cacareos, silbos, trinos, series, trances, cifras, frecuencias, nada de información, nada de contenido, puro presente sonoro, el oído como un vertedero donde llegan rastros de esos que sí deshabitan lo real.

El filósofo Pablo Oyarzún, en su artículo Crítica y narración, publicado en la revista Mapocho, nos regala un posible pos epígrafe: La cosa de la literatura, si puedo hablar así, es lo real. Después de una inveterada herencia que habla de mimesis, imitación y representación y, por lo tanto, siempre, de duplicaciones y fantasmas de aquello que sería lo real, tangible, sustantivo, presencial e irrebatible  (…) Si la cosa de la literatura es lo real, no es nunca lo real dado, nunca la mera facticidad clausurada en sí misma, sino precisamente aquello que en lo dado está pendiente, aquello que lo mina secretamente y lo socava, a la vez.


Felipe Moncada Mijic: Nació en Quellón, en 1973. Profesor de Física y Matemáticas (USACH). Editor de Ediciones Inubicalistas de Valparaíso. Ha publicado los libros de poesía: Irreal (2003), Carta de Navegación (2006), Río Babel (2007), Músico de la Corte (2008), Salones (2009), Mimus (2012), Silvestre (2015, Premio Municipal de Santiago 2016), Migratorio (2018, Premio Mejor Obra Literaria Inédita CNCA en Poesía, 2017). En el género ensayo ha publicado: Territorios Invisibles. Imaginarios de la Poesía en Provincia (2016, Premio Mejor Obra Literaria Inédita en Ensayo, 2015).

Imagen de la cabecera: El ángel del hogar, de Max Ernst (1937).