“La noche más larga del año” (por Pablo Ayenao)

 

 

Porciones de verbena y geranio. Hojas marchitas, podridas.

Un mensaje en el wasap me anuncia que pronto comenzará el espectáculo. Dejo pasar unos minutos hasta que al fin decido conectarme. Este holograma circula adolorido, pero no tiene más opción que obedecer. Prendo cámara y micrófono. Soy jurado de un concurso literario de liceo y ahora corresponde la ceremonia de premiación. Por zoom, claro. Todos los cuadrados tan perfectos, ninguno más grande que el otro. Los profesores con corbatas brillantes y las profesoras con blusas plisadas. Un profundo sueño me persigue. Empieza la función. Primero habla la directora, largo y tendido. Luego es el turno del profesor de literatura que, al parecer, viene saliendo de una borrachera feroz. Finalmente, como representante del jurado, debo decir un par de cosas, o más de un par. Trato de parecer divertido y afable, pero nunca me resulta. Ser jurado en concursos escolares es siempre una andanza. Uno lee, divaga, copia. Tras la pantalla de mi computador se dibuja otra pantalla. La televisión está en silencio, así que adivino los diálogos de la telenovela. Me divierto después de todo. Ahora los muchachos premiados leen sus trabajos y por un momento me dejo llevar por los poemas. Es una ley: la magia siempre dura unos instantes. Cuando al fin todo concluye se escuchan los aplausos en sordina y nos quedamos conectados un rato más, hablando naderías. No se preocupen, esto no se está grabando, dice el profesor de literatura, mientras se suelta la corbata. Risas ensambladas, gestos que se congelan.

Al fin pulso el teléfono rojo.

Imágenes duplicadas, triplicadas, cuadruplicadas y así. La repetición de un simulacro que terminó formando volutas en el aire. Apagar el micrófono, no se vaya a filtrar un ruido indeseado. Prender el micrófono, se escucha interferencia. Ahora estás muteado y de nada sirve el silencio. El icono es muy pequeño, imposible que alguien te reconozca.

Todo sigue su curso a tropezones. Hoy es la noche más larga del año.

Necesito dejar la mente en blanco. Llega un mensaje de voz, también por wasap. Indicaciones de todo tipo: renueva tus energías. Wiñol Tripantu, compórtate como debes comportarte. Recuerda a tus antepasados. Tu mapudungun fluirá algún día. No te olvides quién eres y deja de escribir como si nada sucediera. Escribe de lo importante. Deja las elipsis y los laberintos. La realidad es muy dura para que te hagas el tonto. Te quiero, siempre te he querido. Eres talentoso a tu manera. Flojo, despreocupado, egoísta, pero talentoso. Conéctate en esta fecha, pero no solo al wasap, conéctate contigo y con los que ya no están.

Pasan otros formidables minutos. Dormir es una gesta. Miro nuevamente el celular. ¿Quién habrá inventado los mensajes de voz? Un ser detestable, supongo. Ahora es instagram el que habla: entiendo, entiendo, pero déjate de escribir de mí. Te lo he dicho muchas veces, no quiero ser personaje de tus cuentos, de verdad me incomoda. Si, mira, no me pongas chico centenial, ponme chico transparente, como la canción de Algora. Y ya basta de ridiculizarme. No soy un pendejo que se cree weichafe, aunque desde Santiago hago mucho más que tú que pasas horas tonteando frente al computador, o frente a la tele. Ya, me aburriste. Pewkallal, te hablo más rato.

El profesor que se suelta la corbata a veces es mi amigo y otras veces  es mi enemigo. Poco poesía, o mucha quizás. Amor divinizado que se va. Cuando niños pensamos que la vida se anclaba en algo sólido.

Nada nos ha de faltar, repetíamos.

Grotescas carcajadas rebotan en el cielo raso.

Mañana escribiré sobre un niño que odia el colegio. Aunque no es solo eso. Un niño que al despertar mira el humedal que se dibuja tras el vidrio. Un humedal poblado de bellísimas aves que trinan y baten sus alas. El canto de las taguas resonará siempre en su mente. Este niño amaba despertar y mirar el humedal. Este niño odiaba despertar y mirar el humedal. Maldito colegio, ya  pagarás por todo. El niño intenta defenderse de otros niños que lo escupen y lo golpean hasta dejarlo inconsciente, tirado en las baldosas. Así aprenderás, así te harás hombre y no nos dejarás en vergüenza, dice Quilaqueo, mientras lo mea. Entonces la orina cae suave y cálida en la carne malherida, un cauce dorado que expande sus hilos. Y este niño nunca sintió tanta repugnancia, aunque esa sensación fue desapareciendo más rápido de lo imaginado.

De todos los poemas que leí uno me pareció hermoso. Ser jurado es también una labor áspera. El poema hablaba de una madre y de su hijo. Dos desconocidos que una mañana, por casualidad, se encuentran en el pasillo de un mall. Cerremos los ojos, vamos a presuponer. La madre quiebra su voz y le exige dinero a su hijo. El muchacho le dice que al llegar a casa le hará una transferencia. Entonces, la madre lo abraza y lo besa en la boca. El hijo se suelta bruscamente y comienza a desordenar y ordenar la ropa, una y otra vez. Si, el muchacho trabaja en una tienda del mall. En las próximas hojas retomaré esta historia, o tal vez muera aquí, aún no lo decido.

Labios temblorosos. Es la noche más larga del año, es el día más corto del año. Adoradas marionetas, cuando niños jugamos a cazar dragones. Una vez, otra más y otra, la última. Ahora la función está a punto de arrancar. Creo que la vida no fue el único error. La noche más larga del año está aquí conmigo. Y la quiero vivir, porque aún queda algo por añorar.

Supongamos que el niño que veía el humedal creció y supongamos que una noche tropezó con Quilaqueo en un bar. Supongamos que el bar se llama Che Carlitos. Y allí, entre copas y humos, los dos recordaron ciertos hechos. Fue un encuentro sublime. Los hombres se rieron tanto que el amanecer los encontró enroscados en una cama estrecha. Uno orinando encima del otro y luego el otro orinando encima de su nuevo amigo y así. Porque con la cerveza una mea ríos y porque aún eran jóvenes y miraban el cielo con ojos de tigre. No quise ser cruel. Era miedo. Si te atacábamos a ti yo pasaba inadvertido. Además, tenía rabia, tú no te comportabas como debíamos comportarnos los hijos de Caupolicán. No te rías, es cierto. ¿Sabes una cosa? Me casaré la otra semana, en una de esas te puedo invitar.

Hojas de verbena y geranio en mi pecho.

Una mañana el niño no vio el humedal. En el minúsculo patio de su casa se arrumbaba la leña. Un conejo, su conejo, jugaba entre los troncos. El niño lo miraba extasiado, porque el conejo era blanco y su pelaje se confundía con la nieve. Ese invierno fue duro. El conejo saltaba de leño en leño, hasta que horrorizado se escondió dentro una bodega. La puerta se cerró de golpe. Segundos antes, un enorme galgo había entrado al patio y buscaba frenéticamente al conejo. A mi conejo. Yo miraba la escena espantado. Los minutos me aplastaban, aún lo hacen. El galgo olfateaba la bodega y sus patas furiosas rasguñaban la nieve. Al otro lado de la puerta, el conejo temblaba descontrolado y expulsaba un excremento circular.

Las aves tuvieron que arrancar despavoridas. El humedal se vació por completo. Ahora casas y más casas se alzaban tras del minúsculo patio. En la pantalla una imagen se desvanece. Debajo de este disfraz yace escondido otro disfraz. Es la noche más larga del año y me duele todo el cuerpo. Un parche amarillento es el único indicio de los exámenes que me realicé durante la mañana. Le tengo pavor a los resultados. Humedad que amplifica el peligro. Conductas riesgosas.

Pasado meridiano. Ahora vamos a perseguir dragones desde nuestra casa.

¿Un galgo abriendo las mandíbulas? ¿Un conejo horrorizado? ¿Un galgo persiguiendo conejos?

En mi ventana no se dibuja un humedal, nunca se dibujó. En mi ventana aparecía una cruz enorme, la más enorme de la ciudad. La última vez que vi a mi amiga no fue en esa horrible discusión antes de la cuarentena. No, las cosas no sucedieron así. La última vez que vi a mi amiga descansábamos tirados en el pasto, bajo la sombra de aquella colosal y oxidada cruz. Antes de irse ella me dijo que iba a cazar dragones. Luego, se puso a cantar en su inglés champurreado al tiempo que caminaba en línea recta.

Exámenes de conciencia, de rutina, de conductas riesgosas. Tiembla el resultado en mis manos y aguanto la respiración.  Un hermoso conejo blanco mastica lentamente las hojas del limonero. Sus ojos son aún más rojos que la sangre que me extrajeron en el hospital.    


Pablo Ayenao Lagos (Pitrufquén, 1983). Profesor de Castellano y Magíster en Ciencias de la Comunicación. Ha publicado los poemarios Fluor (2013), Antes que el Alba te Sacuda en el Pavimento (2015), y la novela Memoria de la Carne (2015).

Imagen de la cabecera: Aparición de la luna sobre el Glaciar Point, de Ansel Adams (1959)