Apuntes sobre “Histórica relación del reyno de la noche” de Raúl Barrientos (por Martínez Leal)

Raúl Barrientos (1942-2012) sigue siendo un poeta desconocido para nosotros. Desde su exilio en Nueva York, se integra en esas poéticas que configuran un afuera de la tradición literaria chilena, una verdadera red de artistas dispersos por el mundo occidental, a ambos lados del muro de hierro. Barrientos, para la historia literaria, se forma en los 60. Nacido el 42 del siglo pasado, al otro lado del Bíobío, estudia en Concepción, vinculándose a esos poetas que crearán el colectivo Arúspice, cuya revista forma, junto con Tebaida en el norte y Trilce en sur, el trío de gestión editorial más significativo previo al golpe. En la universidad de Concepción, coincide con Gonzalo Millán, Quezada, Floridor, entre otros importantes autores, Gonzalo Rojas da clases ahí y es fundamental en la actividad cultural universitaria. La actividad teatral vive un gran momento, el ya legendario TUC renueva la práctica teatral, incorporando el lenguaje contemporáneo de las artes escénicas. Barrientos será director artístico del TUC. De esta experiencia, se deriva la matriz material de Pie del efímero, libro aparecido en enero del 85 en la colección Libros del Maitén. Entrañable editorial ochentera que en su catálogo anuncia a autores importantes como Díaz-Casanueva, Ramón Riquelme, Giaconi.

En la antología 30 años de poesía en Concepción, separata de una Atenea del 65, a cargo de Luis Antonio Faúndez y Jaime Giordano, aparecen los que, seguramente, deben ser los primeros poemas de Barrientos. Pero no hay libro hasta el inicio de su periplo y su destierro. En México, aparece Histórica Relación del reyno de la noche. Misterioso texto, de tiraje mínimo, hecho por un exiliado español en la colección Los libros del faquir. Esto, como he dicho, pasó en México en 1982. 50 ejemplares, que luego serían reeditados en Estados Unidos por el mismo Barrientos y luego en Chile por Omar Lara. Es misterioso el libro, un cuaderno en realidad, ilustrado por un dibujo de Mario Toral. Es misterioso por su idiolecto, esa lengua de ningún lugar que inventa Raúl Barrientos a medida que va bajando por los círculos de su exilio. Ese exilio es una larga noche de la historia, precedido por un ocaso monstruoso, un crepúsculo como un amontonamiento de sangre:

Y juntaron todas las alas y formaron bandadas de acero

anudaron por las patas a las palomas así llamadas

y ellas felices acomodaron sus aparejos

guadañas rastrillos y horquetas

Con estos versos inicia histórica relación… parodia de la crónica el título y en cierto modo los poemas, cifras de una catástrofe recogida de primera mano. Con este libro, el poeta testimonia el primer golpe, la salida, el duelo mismo y la denuncia. Si la crónica de conquista oculta siempre el exterminio, disimulándolo en la épica civilizante y pastoral, la poesía retoma esta trama seudofundante y la reorienta en función de la quiebra histórica, mostrando, mediante la parodia, el contenido trágico de la noche. Waldo Rojas, otro poeta que inicia su destierro en la misma época, había escrito, a partir de unas declaraciones militares, otro poema catastrófico: No entregaremos la noche. ¿Qué noche es ésta? La pérdida del espacio público, del espacio solar, transformado en zona de peligro. La modernidad supone una claridad que se da por exceso de luz, cuando el ojo solar cae en el horizonte las ciudades se iluminan, prolongación del día en la noche; pero también supone su noche, otra noche que vuelve sobre el día en un exceso oscuro, en el que persiguen y disparan, dirá Barrientos. Este segundo libro del poeta, en la boca de su exilio, todavía trasunta la violencia y el odio, la tortura y los asesinatos; por lo mismo oscila la palabra entre la perplejidad y la rabia, el raro luto del exiliado, que sabe que no está en dónde está… saber que violenta las formas y sostiene al desterrado, en su lengua a penas, a tientas por los laberintos del allá y el acá. La noche de la dictadura es la noche de los muertos y esos muertos son los muertos de la historia. Son muertos que entran en la noche del poema. Los poetas del exilio son constructores de ciudades, ya se sabe, Millán, Lara, Javier Campos. Se podrían cartografiar estas ciudades en llamas, envueltas en su noche. Afiebradas urbes holográficas echadas en un mapa intenso y no fijo.

Citábamos arriba ese poema de Histórica relación..Vieja historia de unas alas, se llama. El poema nos deja a la entrada de sus dominios. En el momento en el que el día se acaba, empieza esta vieja historia de aves que no volarán más o será que contra vuelan, que vuelan contra sí mismas. Lo cierto es que se despliega una violencia en ese momento auroral, el momento en que proceden contra los cuerpos, las primeras imágenes de la aniquilación que todavía vemos antes que la noche caiga con todo su pesado cuerpo cargado de muertos: chorreadura roja de muertos, dice el poema.

Este último ver del desastre abre un nuevo ver que crea sus imágenes en ese complejo oscuro en el que la memoria extiende sus dedos en la experiencia frenética de la noche. La noche presente, su presencia llena de vacíos, de fracturas por las que se cuela el mundo reconfigurado; otros paisajes, otros cuerpos de agua por las que vuelan otras aves que hablan otras lenguas. Es la memoria la que llena esos pozos:

Y volví con todo el tiempo

en la oreja de la memoria 

Allá y acá y entre esos espacios molares, la lengua afiebrada y afilada del exiliado. En Amor oscuro se invoca la voz del cronista. El poeta se redescubre en la figura del cronista de esas tierras, ya fundadas y ahora desfundadas por la violencia política. El testigo de la violencia fundante dona su voz al desterrado, quien la dispone entre los boquerones del desastre. Se invoca la voz narrativa para plegar en la lengua los dos extremos en los que se cifra el exterminio:

El narrador el coronista

que venga el narrador

Se lo conjura, entiendo, en la escritura. La violencia colonial inscrita en el origen se pliega en la pesadilla de un relato que falla. El reyno de Chile se pliega en la figura de la noche, el puro cielo de sus aguas que fue prometido a los ciudadanos deviene tumba: A todo animal en llamas y a toda ceniza. Velorio la ciudad, en la que cuequean tristemente los habitantes: La rabia, caramba, la sordera, guitarra del exilio, rajada y explosiva. Estos elementos de la identidad que se van comprometiendo, este empobrecimiento de los elementales constitutivos del arraigo, expresados en el simbolismo patrio sirven en una triple revelación. Son otros, los asesinos, los que medran en ellos. También, hay un nosotros que se aferra intensamente al simbolismo roto y finalmente está el lugar del poema, el interior de la noche, la más profunda noche a la que llega en vigilia el sujeto violentado para perderlo todo en el ejercicio de recordarlo todo. El exilio es ante todo memoria, fracturada memoria, implacable memoria que se hace su lengua con la ruina. A esa noche se baja. Se dice salir al exilio, irse al exilio, pero en Barrientos es más bien un descenso que lleva al lenguaje, a la literatura que piensa la historia a contrapelo:

Detrás del mar se levanta

la oreja gris de un candado

leo el periódico

la lluvia llena la ciudad de un humo azul

 

el general dice que hay paz en los corazones

el candado cierra las puertas de la noche

                                               leo la Divina Comedia

Descenso se llama este poema y constituye para mí la manifestación de la triple oscuridad que, en otro poema, se anuncia a campanazos para toda la ciudad. Otra vez el allá y el acá. El ahora mediado por la información vergonzante del dictador, lectura monstruosa que desemboca en la íntima oscuridad de los círculos del infierno.

En la lectura que voy haciendo de este segundo libro de Raúl Barrientos, observo dos zonas, tejidas la una a la otra como brazos extendidos en un gesto de apertura sacrificial. La primera serie de poemas articula la crónica de la perplejidad, como un cuerpo golpeado al que terminan de patear sobre el suelo. Es el cronista que hace relación de este descenso por esa triple oscuridad. En la segunda zona o espacio poético hay un enfrentamiento cruel con la violencia homicida, a partir del poema titulado Dies irae. El día de la ira se mira desde la profundidad de la noche. El descenso a esa última oscuridad conecta con la ira, la cólera: el amanecer del rencor que avanza sobre la noche. Este recurso apocalíptico traduce una caída, una debacle colectiva, al mismo tiempo una derrota íntima, que por momentos hace insoportable la sobrevida del exiliado.

Pero quiero dejar para una próxima columna esta segunda parte de Histórica Relación del Reyno de la noche. Quiero cerrar esta colaboración con un poema terrible. ¿Se puede decir esto? ¿Qué es un poema terrible? En la perspectiva de las poéticas del exilio, lo terrible es tanto lo insoportable como lo fatal y es por esto que, en estas poéticas, lo trágico se confunde con un sustrato épico. El epos… esto lo ha dicho Tomás Harris en uno de sus libros, Crónicas maravillosas: “El sentido de la Épica proviene del Epos, la Empresa. Pero no hay Empresa sin Agon, sin Agonía”. Esta pasión que moviliza al sujeto, que lo arrastra siempre al límite de lo impensado, que lo mantiene en el filo de la hoja no compromete sólo el complejo mental que soporta al cuerpo. La agonía se expresa en el cuerpo intentando sostenerse en la voluntad reflexiva, en el acto de crearse un lugar en medio de lo ajeno y averiguar en el pliegue del epos en qué medida lo que me constituye me es útil y necesario en lo radicalmente desconocido, el afuera impensado, en la noche que resplandece cruelmente en el interior de la noche. Esta Histórica relación se da en este sentido, en esta deriva: la relación de un afuera de la historia, que es el exilio todavía por pensar. En la obra que Barrientos cumplió, Histórica relación… es al mismo tiempo el relato, la relación, de un derrumbe, una chorreadura roja de muertos, y es también el inicio de una relación con lo impensado radical: la fatalidad del exilio.

El poema, dedicado a Gonzalo Millán, lleva por título Si recoges la lección en un río de sur. El poema se abre con una nota introductoria, una nota marginal que bien sirve de epígrafe. El texto supone un cuerpo muerto, la imagen censurada en la página de un periódico de un cuerpo muerto arrojado a las orillas del río Ralún. Un fusilado. ¿Cuál es la lección?

Dicen que lo encontraron varado en un río del sur

Muerto con un solo zapato en su lugar

Y el otro solitario aún desde la cordillera

Condenado al silencio de su viaje de cartero

La relación del hecho, recogida del diario, algo tiene que decir. Y lo que presenta como hecho radical, se deshace para seguir diciendo lo que no termina más de decir. Esta forma de comunicarlo, ese “dicen” que al mismo tiempo oculta y muestra su fuente, despliega lo que está por decirse. Lo que dicen del cuerpo muerto y lo que el cuerpo fusilado dice al desplegarse en la orilla, su aparición en la orilla del río del sur y en la imagen censurada. El horror está en el detalle o desde ese detalle se dispara el horror, le falta un zapato, lo ha perdido al ser arrastrado por el río del sur. La relación se aferra con insistencia el zapato ausente, que seguramente sigue su viaje hacia el mar u otra orilla portando en su muda condición de cosa inútil las noticias del horror, un zapato que supone un cuerpo que lo ha perdido. El poema configura la imagen de ese zapato perdido, que en su extravío porta la imagen de su dueño, perdido también en una orilla. Esta pérdida de lo perdido es quizás la lección:

Encontrémoslo según las señas

Abierto el zapato con una cuerda en su garganta –abierto

El corazón de tapas violetas

                                               Estilando agua

La parte supone, cruelmente, el todo abierto, el cuerpo que ha sido desplegado, la pertenencia que ya no pertenece, el zapato sin pie. Una boca abierta ya sin aire que desciende hacia la triple oscuridad: con la boca abierta de pura novedad, dice el poema. Quien debió llegar a destino sin novedades, se ha llenado de pura novedad, de pura muerte. Esta imagen traduce el horror inicial en la que se representa el exiliado, su lengua abierta al afuera, el cuerpo desarmado en esa nada que debe todavía pensar. María Zambrano ha dicho que al exiliado “la historia se le ha hecho como agua que no lo sostiene ciertamente. Por el contrario, por no sostenerse en la historia se le ha hecho agua nada amenazadora. No es ya piélago, ni menos océano que pide siempre ser surcado, es más bien agua a punto de ser tragada”. Es posible que ésta sea la lección, un conocimiento que deriva del horror moderno en el que el otro cae desguazado en la orilla interior de la historia. El semejante varado dona, ausente de sí, un íntimo saber que arrastra la memoria hacia el afuera. Este saber del exilio se manifiesta, primero, de esta forma terrible, o bien desde el horror encarnado en los que cayeron; se manifiesta en la impotencia del que sobrevive cargado de costras ante la pura novedad de la muerte:

sería un bote a remos bajo la lluvia

con la boca abierta de pura novedad

bajando todavía de lado a lado

con su mensaje de puerta en puerta

zapato de labios carcomidos

                                               y de lengua afuera

desguazado el cuerpo a la intemperie.


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