Palabras sobre “Oficio de Muerte” de Isidora Vicencio (por Natalí Aranda)

 

Caminando de noche sabemos
la frecuencia en que vibra la hoja que cae.
I.V.

 

Oficio de muerte es un libro sobre un proceso de transformación en el cual la muerte nos acerca a una experiencia de contacto con la vida, con el cuerpo, con la frecuencia en que vibra la hoja que cae. Un libro en el que caminar de noche se vuelve un ejercicio de desaparición y de encuentro.

La poeta declara: “Regresaré por el sendero del abismo”. Su caminar la llevará de regreso a ese espacio nocturno, al bosque, al infierno y a la muerte.

Cito del libro:

                                                  “El día
                                                  nace de la noche”.

Estas palabras de la poeta contienen una profunda intuición sobre la creación. Un proceso que nos aproxima a la noche que habita en el centro de la luz. Un caminar a ese centro oscuro y vacío en el que encontramos la posibilidad de ser.

La muerte es un regreso a ese vacío fulgurante, repleto de potencialidad que en el cuerpo se manifiesta como el temblor de la creación.

En el epígrafe del libro se leen las siguientes palabras de Rilke: “Pues nosotros somos sólo la corteza y la hoja. / La muerte que cada uno lleva en sí / es la fruta en torno de la cual todo gira”.  ¿Qué ocurre cuando se intenta atravesar el umbral e ir hacia ese centro?

El libro nos traslada a una experiencia de transformación alquímica. Cada poema, dibujo, símbolo construye el relato de un proceso interior que tiene como uno de sus momentos el encuentro con la propia muerte. 

La muerte es una imagen arquetípica dentro de los símbolos de transformación. Poderoso símbolo que nos habla de la necesaria culminación de un ciclo para el nacimiento de otro.

Cito del libro: “Quiero dejar que mi nombre se disuelva / solo así podré habitar la casa / que es toda silencio”. Disolver el nombre es parte del proceso alquímico. Hay un poema que lleva por título Solve et coagula, dos momentos del proceso en el que se disuelve lo que se desea transformar para posteriormente dar lugar a una nueva integración de los elementos.

El nombre al disolverse da paso a lo que estaba en su centro y también lo circundaba: el silencio. Habitar una casa que es toda silencio es un regreso al hogar y al cuerpo, es volver a una identidad que ya no está condicionada por el nombre.

Cito del libro: “Un cuerpo necesita poco, no responde a un solo nombre”. La acción de dar un nombre marca una direccionalidad o destino. El verbo emergiendo desde la pasiva oscuridad otorga un cauce o modo de ser a lo que nombra. Disolver el nombre es volver a la pasividad de la noche, anterior a su quiebre por la acción de la palabra, es volver al cuerpo que no necesita de un nombre, porque su ser es múltiple, no tiene un solo designio.

El cuerpo también es lugar del acontecimiento. Es en su materialidad donde se van expresando los diferentes instantes de la transformación. Esto se evidencia a lo largo del libro de Isidora Vicencio. Los cambios en la materia, el comportamiento del agua y del aire, el hacer del fuego y de la sangre, son expresiones de un cambio radical a nivel interior.

Recuerdo un texto de Lucy Oporto[1] en el que al reflexionar sobre la poesía de Ximena Rivera llega a la idea de que la poeta se encuentra en el umbral de lo que Jung llama el proceso de individuación. Camino por el cual la persona logra el encuentro con su sí mismo, centro gravitatorio de la psique. La individuación nos lleva a momentos de muerte y resurrección, también de sacrificio.

Disolver el nombre es un sacrificio, una ofrenda necesaria para alcanzar el silencio y desde él ese instante de origen que hay en la creación.

El libro de Isidora me recuerda la reflexión de Lucy. Veo en él el comienzo de algo semejante. Un transitar hacia el bosque interno para ir a las sombras que causan temor, pero también anhelo. “La soledad de una locura hambrienta / que tirita en el centro del bosque”, señala la poeta. Nuevamente el símbolo del centro, un llamado del sí mismo para comenzar el movimiento hacia la individuación.

Cito las siguientes palabras de Mircea Eliade: “Allí en donde por medio de una hierofanía se efectúa la ruptura de niveles se opera al mismo tiempo una “abertura” por lo alto (el mundo divino) o por lo bajo (las regiones infernales, el mundo de los muertos).” Eliade, a partir del estudio de las cosmogonías de los pueblos, se percata de esta especie de arquetipo denominado el Centro del mundo. Un espacio sagrado que conecta los tres niveles de la realidad: tierra, cielo y las regiones del inframundo. Es un lugar en el que se rompe la homogeneidad del espacio, nos dice el autor. Pienso que el libro de Isidora busca y nace como un llamado de este centro. Es una poesía vertical que conecta los tres espacios, actualizando el arquetipo del Axis Mundi o eje del mundo.

Cito del libro: “El infierno espera la mordida venenosa, / el olor de la belleza en las heridas, / el alivio de lo que hay entre lo uno y lo otro / o el cielo / que es lo mismo”. Veo en estas palabras la manifestación de estos tres niveles de los que habla Eliade y veo también en ellas un quiebre con el espacio cotidiano para entrar a su raíz: al espacio del inframundo.

Cito del libro: “¿Dónde está ese bosque nuestro lleno de criaturas indomables?”. Ese bosque es también el infierno. Ir a él es parte fundamental en el proceso de transformación. Es importante reconocer ese espacio como algo que nos constituye y que forma parte de lo que llamamos lo real. Reconocer y trascender hasta cierto punto el miedo por los peligros que allí se encuentran son acciones que forman parte del camino de descubrimiento de lo que somos, aspecto fundamental de la individuación.

Ir a esos espacios es aproximarse a lo indiferenciado e inconsciente, a lo que no tiene nombre ni es dominado por la razón. Es aproximarse a la multiplicidad y al caos para posteriormente acercarnos al vacío desde el cual todo nace. “El diablo en su sabiduría es el amor / que espera la llegada del vacío”. Es en este vacío, que es muerte y vida a la vez, donde culmina y empieza el camino. El diablo es quien, aceptando su oscuridad, transforma su saber en amor, en espera y en entrega. Pienso en el mito de Dionysos a partir de estos versos de Isidora, figura que para Nietzsche representa lo sagrado del caos primigenio. Dios de lo naciente y de lo informe, imagen de lo indiferenciado, de lo que todavía no adquiere una forma determinada. Es la representación de la energía en estado informe que se actualiza en la creación. Por eso espera la llegada del vacío, se entrega al ciclo de vida y muerte, no aferrándose a una sola forma. Cuando una vida aparece es esa energía y ese mito el que vuelve a surgir. 

Dionysos, dios que rechaza un nombre, lo disuelve para dar paso a la creación, por eso su energía es potencia creadora. Es quien emite el primer gemido.

Cito del libro: “Gemir para expulsar la sombra”. Un gemir rompe la oscuridad, la expulsa. Es la tensión culmine de una consciencia que se entrega en lo animal y en el desgarro. En ese gemir nace un nuevo mundo. En esta expresión que es cuerpo viene a confluir y a nacer todo un universo, ya que abre al vacío, lo fisura. 

Para ir cerrando esta breve reflexión, que espero sea el comienzo de una más extensa y profunda sobre la obra que está construyendo Isidora Vicencio, decir que Oficio de muerte es una mirada al universo arquetípico, siendo desde este universo donde surge el lenguaje simbólico de su escritura. Agregar también que este libro nos hace contactar con la muerte, pero desde su desapego, en otras palabras, nos hace observarla como una celebración de la vida. Nos ayuda a entenderla desde esa impronta que nos entrega Dionysos, o en palabras de Isidora, nos ayuda a comprender que “Encima del cadáver también crece la yerba”.


[1] El abrazo del alma y el arte de las analogías, ensayo aparecido en Los perros andan sueltos. Imágenes del postfascismo. Editorial USACH, 2015.

Natalí Aranda Andrades (1987, Santiago). Ha publicado Lo uno, lo otro (poesía, 2016, Ediciones Inubicalistas, Valparaìso) y el ensayo El poema como huella en Ximena Rivera (2019, Ediciones Inubicalistas).

Imagen de la cabecera: Mesa china del siglo XIX (fuente: https://www.pamono.eu)