Entrevista a Santiago Espel + Poemas Inéditos

 

¿Por qué dedicarse a la literatura en el presente? ¿Por qué ese medio y no otro?

Yo creo casi con superstición en lo inevitable, y me parece que, en este caso, se cumple esa creencia o conjetura: nos dedicamos a la literatura por la fatalidad de la vocación, antes que por una elección consciente. Si hay algo voluntario, una vez hecha la elección, tendrá que ver con que la literatura, sobre todo la poesía, sigue respirando en los márgenes del sistema, quiero decir que aún consigue subsistir con cierta autonomía por fuera del mercado. Hablo concretamente de la poesía. Y eso tiene ventajas y desventajas. Una de las ventajas es que no está altamente contaminada por intereses ni expresiones masivas ni comerciales, y eso le otorga libertad expresiva plena; ahora, paradójicamente, esa misma ventaja aleja el fenómeno de una mayor difusión y de la autonomía, o subsistencia como profesión, si se la puede llamar así.

 

¿Qué libros le regalarías a un escritor de veinte años?

Es una pregunta que entraña y oculta una cara difusa, porque si pienso en qué libros regalaría a un joven interesado en la literatura. Pienso irremediablemente en mí, en mi juventud. Entonces me veo regalándome a mí mismo libros que yo considero importantes hoy, a otra edad y a mucha distancia de mis veinte años. Para contestar con sinceridad tendría que hacer el esfuerzo, el ejercicio, de hacer un relevamiento de libros actuales y pensar en jóvenes que no son yo, y de acuerdo a ese criterio ficticio elegir libros que entran hoy en mi consideración y que pueden ser de utildad para un joven escritor. No puedo hacer en este caso una lista; además, sería muy numerosa para este espacio, y de alguna manera, irrelevante.

 

¿Qué errores, o lugares comunes, te provocan dejar la lectura de un libro?

No dejo libros sin leer. Soy un lector compulsivo y en extremo selectivo. Leo los libros casi de manera predeterminada, es decir, sé muy bien qué voy a leer. Tengo un plan de lectura previo, armado, y expansivo en el tiempo. Trato de evitar tener huecos en mis lecturas a futuro, porque me genera angustia, y un gran malestar. Ahora, en caso de equivocarme y abandonar un libro, me queda algo de remordimiento, siento algo de injusticia hacia el autor, porque ha sido, dentro de mis libertades, una decisión unilateral y en algún modo cobarde. Es como irse de la cancha cuando faltan diez minutos y tu equipo está perdiendo 2 a 0, y al rato te enterás, ya fuera del estadio, que tu equipo remontó y terminó empatando 2 a 2, en un arrebato heroico. ¿Cómo te sentirías?

 

¿Cuáles son los dos últimos libros que has leído?

Cómo fue que todo salió bien, del inglés Al Alvarez, y un ensayo de Mario Nosotti sobre nuestro extraordinario poeta Juan L. Ortiz. El libro se llama La casa de los pájaros, título  de un poema de Ortiz.

 

¿Qué te gusta y qué te repele de los escritores de tu época?

Valoro mucho la amistad, la camaradería que se puede dar entre poetas. Varios de mis grandes amigos son poetas. Hemos cultivado una amistad de años compartiendo esta misma pasión. Y me molesta profundamente esa actitud distante, de linaje o tribu, esa ínfula autopropagandísitca que asumen algunos poetas sobre sí mismos. No me llevo nada bien con la solemnidad, con lo ceremonioso, cuando roza el grotesco, lo patético.

 

¿Qué autores de nuestro país han sido importantes en tu formación literaria?

Muchos, y en un grado de importancia formativa relevante. Acá sí es necesario dar algunos nombres, aunque no sean todos, porque la poesía chilena ha estado desde siempre entre mis favoritas, entre las que más he leído y leo de América. Entonces: Neruda, Huidobro, Parra, la Violeta, Enrique Lihn, Teillier, Gonzalo Rojas, Millan, Zurita, Elvira Hernández, Lira, De Rokha. Y como decía Borges, “de las listas, lo único que se nota son las omisiones”. La poesía chilena ocupa un lugar destacado en mis preferencias de lector.

Poemas inéditos

El vendedor ambulante de biblias

Lleva la palabra de Dios de casa en casa.
Sabe unos versículos de memoria que recita 
proféticamente cuando le abren la puerta.
Ego sum qui sum  y alza los globos oculares.
Por su eficacia infalible en las ventas
para el dueño de la empresa es el mesías.
De casa en casa lleva la palabra de Dios.
Frente a los compradores ensaya 
una exégesis deliberadamente críptica.
Si no fuera por la circunstancia de criar
ovejas negras en la terraza de un piso 20
sería un hombre perfectamente normal
además de un imbatible vendedor de biblias.

Etiología de una pasión

Amontonados y timoratos al fondo del camión,
rechinan la esperanza por la patria y por el bife.
Ilusos los otros, los que juntan monedas en el peaje
y se asimilan a los agregados culturales,
antes siniestros que diestros, simios eximios,
dan de los otros con bonhomía todo, hasta las heces,
sin pestañear ni chistar a la hora del puchero y del sueño.

En alabanza de los pecadores 

Con la pérdida del Reino
la iconografía reemplazó
al racionalismo

y los Tribunos se hicieron
fuertes, al punto del
onanismo. 

La culpa la tiene el Bosco
por su descarado realismo
en la pintura.

El fin de las ideologías


Luego de tropezar
con maniobras de probada eficacia
y al borde indubitable del ridículo

el gesto más irreverente
seguirá siendo el mismo:
sacar la lengua.

Arte de fotografiar


El inconfundible sonido
del diafragma al cerrarse
y absorber la luz.

Rebanada de tiempo e imagen
del instante a la eternidad.

Eco mudo y parálisis
luz de la aurora y guillotina
de una mirada absorta

en ese mecanismo de captura
más letal que la misma luz.

La fiebre en el espejo

 
Solo en la noche
mordido de aparecidos
borde de negrura azul
solo y sin estrellas:

toro, hombre emasculado.

Un golpe de dados jamás abolirá el azar


El órgano en el pan
El orégano en la cama
El orgasmo en la iglesia

¿Y a esto llaman caos
los criteriosos programadores
de sentido?

Los oficios serviles

 
De tales esgrimas tales heridas:
el ronroneo pomposo del aplauso
el gramo de más
la lengua del caniche.

De tales premisas tales mentiras:
Los bífidos, los mudos, los bienaventurados.

Babieca


Tratando de entender las propiedades
abstrusas de los carbones y los aldehídos
en plena clase, en la noche cerrada,
tu cuerpo abierto de ciervo rojo bajo la luna.

Nada de lirismo, me dijiste, haciéndome
                                             lugar en la cama.

Genealogía del arrepentido


Besar el cielo
o besar el suelo.

El acto impúdico
del genuflexo.

Esperma de ballena


Ahab lideró una épica
con la escritura de sus arpones.

Lejos de igualar esa mitología
la industria de la cosmética
se ocupa de la belleza
de atildadas señoras
que jamás leerán Moby Dick.

El hacha de silex


Rebajada a vitualla arqueológica
el mango rústico abraza los cantos de la piedra
y se pierde en vaguedades de estilo, la forma
en que caía sobre el lomo del animal
                        o sobre la espalda del adversario.

Una tipificación celosamente estudiada
hace de la bravura de antaño un visaje,
una elegía para el asombro del museo.

Ríos de sangre intactos aún corren
por su filo irregular, y van a secarse
                                    en el liquen de los muros.

De esa doctrina abrevan los hombres,
sin enjuagarse las manos, ni mirarse a la cara.

La esponja con vinagre


Forzó al límite la vanguardia
y se perdió de noche en el contraste de la salina.

Se impuso la penitencia del soneto
y la extravagancia del verso yámbico.

Lo encontraron disecado y con los ojos en el cielo.

Obituario en un pueblo de provincia

 
Ahí fueron a dar huesos y palabras
del poeta enamorado, su lentitud proverbial,
sus botas para caminar el monte, su sombrero.

Donde hubo savia hay una flor.
Donde hubo espinas hay un cántaro de vino.

El epitafio sobre la piedra
recuerda el galope de un centauro cimarrón.

Crónica de la muerte del autor


Podría ser un primerísimo y magistral plano de Chabrol,
porque llueve en París, y el viento golpea con fuerza
en los toldos de los cafés, mientras un hombre con
sobretodo cruza la calle con un diario bajo el sobaco
y un cigarrillo en los labios, pegado a la comisura.
Sigue otro plano en perspectiva plana y casi velada:
Una camioneta de lavandería dobla una esquina
y embiste al hombre que no ha terminado de cruzar
ni de llegar a la Sorbona, donde al parecer, se dirige.
El cuerpo acusa el impacto y queda laxo en la calle.
Estamos en la Rue des Écoles, es 25 de febrero de 1980.
Un travelling recorre de pies a cabeza al viejo canoso
que ha perdido sus zapatos y el diario del día.
De alguna extraña manera, el cigarrillo sigue pegado
a su boca, y el fino papel se empieza a teñir de rojo.
Después de amagar algo que parece una disculpa
o un gesto impávido de asombro e indignación,
el hombre que maneja la camioneta con ropa limpia,
planchada y perfumada, se aleja del círculo de curiosos
y dobla con vehemencia la esquina, dejando el rastro
de los neumáticos borrándose en la película de agua.
El hombre que maneja la camioneta es una silueta
que no sabe que acaba de atropellar a un viejo canoso
nacido Roland Barthes que habló de la muerte del autor.
El viejo canoso morirá un mes más tarde en un hospital.
Predijo la desaparición y la muerte metafórica del autor.
Encontró una mañana de frío y de manera involuntaria
el signo más concreto de su semántica y su fatalidad.
Los dos inciden en el pensamiento contemporáneo:
Uno por haberlo gestado. Otro por haberlo interrumpido.

Dos escualos bailando en un balde con música de Astor


Ligeros y circulares, rozándose los lomos
y cortando el agua con el filo de las aletas
se compadrean y estiran el ojo hacia atrás,
hacia las colas, en cada ronda corta y veloz.

Chatos y al compás percusivo, salpicando
el agua afuera de la boca ancha del balde,
se miran ahora de frente y renuevan
el arabesco y el ocho infinito.
Se frotan la viruta escamada y abren
las branquias en signo de galantería.

Dos escualos en un balde y el fuelle de Astor.
Pequeñas miniaturas de un acuario y estreno.

Pesca

 

La carne presiente, sabe del tarascón
plateado que tira el anzuelo en su voleo;
conoce los mínimos detalles
del aguijón hundiéndose en su hambre.
Por eso en la sangre remueve hasta
las vísceras, sin soltar ni aflojar la tanza.
Vemos venir el chicotazo, la avanzada.
El aire bajo el filo se quiebra como
un telar atravesado por el mango de hielo.
Sin reacción, abrimos la boca, escupimos,
y respiramos entre rezos, con el puño
en alto, en furibundo alarde de exorcismo.

Mi Padre nuestro

Cielo sea tu reino en el cielo
y a nosotros venga tu voluntad.
Hágase nuestro Padre
y santificado estés en tu reino
en el nombre de la tierra.

Cada día perdona nuestro pan
y danos nuestras ofensas:
también nosotros perdonamos
cada pan de cada día.
Danos la tentación
y no nos dejes caer.

Amén del mal líbranos más hoy.

Bosón de Higgs

O (h) la partícula de Dios
capaz de destruir el universo:

descalabro de la materia
y arreo en la gramática del tiempo.

O (h) el impulso arrepentido
luego de siete fatigosos días.

El acorde místico de Scriabin
 

La vibración rebota en los gruesos
paños de la sala: aros perforando
las paredes de agua del sonido.

Es la meditación del instante
hecha coágulo en la eternidad.

A miles de kilómetros de distancia
entre serpientes y carnavalitos
canta el arroyo y rezonga el carancho.

Autopsia

Un médano de arena en la palma
de la mano para pesar la historia.

Un camello por el ojo de la aguja.

La palabra enlazada en la lengua.

El crimen es un espejo
                que falsifica el desierto.

La semilla negra

Esa pequeña gloria que sucede
en los latidos de la tierra
y empuja en su tallo
la certidumbre del nuevo día
o el molino asmático de la noche.

El agua hace nudos
en los filamentos del riego.
La araña teje rizomas de discordia.

El largo día del poncho de hilo amarillo

Eso que algunos poetas llaman jornada y otros día,
no es más que una débil tregua o cese imaginario
del fuego en la batalla, la pausa descarada de la vigilia.
Abrirá la puerta de la casa, traspasará el límite oscuro
como quien sale del sofoco del agua o del lejano
e inenarrable útero, y dejará inerte sobre la silla el saco
gastado por el rayo del sol o por la caricia de la lluvia.
Se dirá que los aspectos frívolos de su vida han alcanzado
ya un punto intolerable, un punto sin retorno, y cerrará
y abrirá instintivamente la mano como un corazón abierto
y anhelante de sacarse un peso de encima.
En el patio cuadrado y de reflejos presentirá el perfume
dulzón y esperanzado de los brotes nuevos, y cuando
el pájaro cante en la antena, como es costumbre,
el perro del vecino ladrará su encierro de todo el día.
Pensará en el paso del tiempo, y lo verá en los lunares
de los brazos, y en la humedad que sube decidida
por la pared del sur, la más angosta del patio cerrado.
Se sentará finalmente a la mesa y dejará caer unos pocos
y balbuceantes versos que reprobará con una mueca.
En ese momento, como un gesto indeclinable
del destino, sonará el timbre: una, dos y tres veces.
Abrirá y verá que está empezando a llover, y que la gente
corre a sus casas con las últimas y perentorias compras,
como quien busca refugio y sosiego, después de un
largo y tedioso día, apenas antes de la indolencia fatal
y socarrona del próximo, disciplinado, e inminente minuto.

 


Santiago Espel, nació en la Ciudad de Buenos Aires, Argentina, en 1960. Egresado de la Escuela de Periodistas del Círculo de la Prensa. Publicó en poesía rapé, 1988 (Faja de Honor de la S.A.D.E); Pavesas & Muelles, 1990; Misas en Harlem, 1993 (1er Premio de Poesía Nacional Ramón Plaza); Cantos Bizarros, 1998; La clari­dad meridiana, 2001; La víspera sí, 2002; Isoca, 2004; Vulgata, 2006; 100 haikus, 2008, Cuaderno acústico, 2010; La penitencia, 2012; Notas sobre poesía, 2013 (Ensayo); Mesa de entradas, 2015; Breviario exótico de accidentes poéticos, 2016, Photo Carné 2018, y El Pan de la rabia & El Vals, 2019, Su señoría, 2020, y Nuevas notas sobre poesía, 2021. En 1995 publicó la novela La Santa Mugre o El País de Cucaña, en Grupo Editor Latinoamericano. Es editor del sello de poesía, narrativa y ensayoLa Carta de Oliver” desde 1990, en el que lleva editados, de manera independiente, alrededor de 100 títulos. Y además, coordina talleres de escritura en Vicente López, lugar donde reside.

Su poesía ha sido traducida al inglés, alemán y portugués. Tradujo a Philip Larkin, Paul Blackburn, Kenneth Patchen, Patrick Kavanagh, Alice Oswald, Robert Graves, John Ashbery, Patti Smith, Don Parterson, Peter Hammill, Gary Snyder, Mario Quintana, Wilson Bueno y Mario de Sà Carneiro, entre otros.