“No era yo esa persona” de Cristian Cruz: El estilo es la resistencia (por Ricardo Herrera)

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No era yo esa persona
Cristian Cruz
Ediciones Inubicalistas
Valparaíso, 2021
49 páginas.

La poesía de Cristian Cruz (San Felipe, 1973) reivindica, al menos en sus primeros libros, un mundo donde todavía es posible el arraigo: ni el vacío posmoderno ni la máscara antipoética le sirven a un hablante que se siente seguro del territorio que funda, de un país secreto donde las fronteras son los gestos de las personas, la rotación de las estaciones o el mundo cifrado de la literatura. Algo cambia a partir de Dónde iremos esta noche, su cuarto libro, publicado por Inubicalistas el 2015. El poeta sale a la intemperie y se encuentra con el frío de la noche, el  exilio de la ciudad. Su poesía acusa recibo y se vuelve minimalista, baja el tono, explora recursos como la elipsis al mismo tiempo que el discurso narrativo, incorpora la sospecha en el lenguaje y la muerte, ya no como tema sino como vivencia: lo cotidiano y sus fisuras antes que la fábula y la contemplación. Todo esto se acentúa en No era yo esa persona (Ediciones Inubicalistas 2021), suma de una desintegración vital donde nada es lo que parece ser ni se tatúa como una verdad. El protagonista de estos textos plantea desde el  inicio la duda si estamos frente a poemas o breves narraciones. Sujeto implacable consigo mismo, a ratos irónico, sabe extraviada su brújula y lo declara sin aspavientos: si antes la vida le sonreía, si antes podía escribir y ser amado, ahora los dioses del hogar y la fortuna le han abandonado. El texto se desenvuelve en esa lógica de narrar la pesadez de la existencia y la búsqueda constante por encontrar las palabras que le pertenecían antes del desorden. La certeza de que la literatura es un camino parece no abandonarle en medio de lo aciago, porque este personaje sabe que escudriñando entre los desechos de la realidad tiene que aparecer el milagro del lenguaje. Creo que la palabra es el gran tema de este libro, la palabra y sus posibilidades de redimirnos ante la desgracia. Palabra y Fe, son dos signos claves que se repiten de un texto a otro, como una religión sin dios en una capilla aldeana, sin velas y a oscuras.

Hay un poema de No era yo esa persona que me parece clave para comprender su poética. Dice Cruz en “Nada es más real que una cocina a leña”: “Por qué siempre Ítaca, Dante, Odiseas que no filtran la esquina o las ferias libres./ No podrías ser tú mismo escribiendo;/ pantuflas moviéndose al baño/ cocinar pulpa al jugo con arroz/ tener “un poeta preferido para cada estación”/ epopeya libresca, cuento académico;/ bájate del poni, del hawker hunter/ cómprate unos lentes en la cuneta/ y tómate la otra”. Cito este poema porque creo que aquí (y desde Dónde iremos esta noche) Cruz toma partido por una actitud más ligada a la vida que a los libros, una posición anti-intelectual que asumieron algunos escritores y artistas a partir de la década del 60: pienso en los beat en Norteamérica y en nuestro país los poetas ligados a los grupos América y Tribu No, donde se destacan las figuras de José Ángel Cuevas, en el primero, y de Cecilia Vicuña, Claudio Bertoni o Marcelo Charlín, en el segundo. El afán de anteponer a la escritura una ética vital, es común a todos ellos: literatura sí, pero antes la actitud del flaneur, parecen decir. Quizás cada generación tiene sus intelectuales que, aun paseando enfermos de literatura, celebren primero a la vida. Que Cruz comience su poema reclamando contra las citas a Homero o Dante, es un gesto para tomar distancia de aquellos autores que han construido todo un imaginario a partir de esas lecturas. O más que autores determinados, es el rechazo a cierta actitud intelectual. Porque inmediatamente se despacha para la galería una cita de “El poeta de este mundo”: “tenías un poeta preferido para cada estación”. Parece que ahí le interesa a Cristian ser situado, aunque su poesía se ha ido paulatinamente alejando del mundo cobijado al amparo del hogar presente en su primer libro Pequeño país. Los dardos no acaban: después de Guy Cadou, señala “epopeya libresca, cuento académico”, dirigiendo su crítica al poema breve como pony o el hawker hunter que remite al imaginario de la dictadura, los textos escritos en el cielo, los Harrier de Maquieira.

Lo extraño es que si bien No era yo esa persona parte de la vida, más que de la literatura, es hacia ella donde se vuelve constantemente. “Al (bello) alucinar de esta manera” es casi un contratexto del de Lihn, donde la figura femenina no importa tanto como tal, sino en la memoria desfigurada que evoca la aparición, en este caso, de un recuerdo que ha perdido a sus propios protagonistas. Texto de la primera parte del libro, que junto a “En concreto” (centrado en la persona del poeta Donald Davie y el padre del hablante), y “Proceso”, giran en torno a la literatura. Los otros poemas de esta primera sección delimitan el territorio de la fractura: del amor, de la vida, de las relaciones humanas. No hay dudas que es un poeta quien escribe: “me piden que escriba como el libro anterior”, o “mis manos huelen a Poet y el poema nace”, un sujeto que en busca de esas epifanías cotidianas no es capaz de separar su condición de escritor a la de un sujeto que hace aseo.

Parece ser que todo se reduce a un Asunto de fe, que es el título del segundo apartado. Se quiere alejar del tono libresco y se busca denodadamente el poema entre los restos de lo cotidiano. Cruz abandona o mira con distancia al tipo que fue, ese que por escribir era mirado en la calle y las cosas le resultaban. Asunto de fe, pero la fe no se inyecta ni se compra en el mercado, la tienes o no la tienes, la pierdes y se te va la vida en recuperarla. El Cruz de este libro es un sujeto consciente de ello, del poeta que celebraba la existencia y ahora la ve desintegrándose, de alguien que era protagonista de su historia -y de la historia- y ahora ve cómo se deshace entre sus manos. “Cuota de pesca”, es un claro indicio en esta línea, un poema con ecos carvereanos donde se insta a tomar prestado todo lo que nos sirva y flota alrededor nuestro: una estética de la resistencia, sin importar la forma, porque siempre importa más “el golpe, el sonido, la brisa húmeda en tu cara”. Los textos de esta segunda parte intentan responder algunas preguntas vitales, de las cuales al mismo tiempo se quiere tomar distancia: se puede escribir sobre lo que nos pasa y duele? No será mejor respirar y mandar todo al infierno? Existe acá un poeta que no se desespera frente a esa duda, que la echa a rodar y en medio de esa no respuesta instala su escritorio: la idea de una literatura que se moviliza hacia las cosas y se aleja al momento de tocarlas, de un poeta quemándose a lo bonzo, de un autor ultra consciente de que el edificio poético se derrumba y se retira sin estridencias por la puerta que dice Exit.

¿Cómo es posible que los poetas hayan dejado de hablar por sí  mismos?, le pregunta Parra a Lihn en un documental donde comienzan discutiendo sobre la posteridad. Cruz no quiere eso, quiere hablar por sí  mismo, por eso se niega a usar la máscara de otro. Pero si hilamos un poco más fino quizás el fracaso sea una máscara, quizás el ventrílocuo mismo es la palabra. He leído la poesía de Cruz desde sus inicios y creo que la cartografía del fracaso presente en Dónde iremos esta noche y ahora en No era yo esa persona, es un elemento más para revelarnos el brillo de lo cotidiano: la música de los vecinos, el bolso como salvoconducto para eventuales visitas a casa de los amigos, una lista de supermercado escrita entre los intersticios de un poema, las manos de un poeta que huelen a limpiador, o un tipo que se arroja en benji para recuperar la fe en la poesía. Yo me quedo con este poema de Cruz y de su libro, que es una apuesta por la vida y un resumen de lo que parte de este libro busca: contar para sanar, como lo hacían los antiguos sabios: “A tientas bajo las escaleras hacia la cocina/ y cruzo la profunda noche a beber un café./ “No he llevado una vida miserable”/ pienso cuando apago la luz de regreso al cuarto/ “No he llevado una vida miserable”/ Me hubiese gustado ser más amado sin cursilerías./ A tientas subo las escaleras y comienzo de nuevo”.

Labranza septiembre 2021.


Ricardo Herrera Alarcón (Temuco, 1969). Profesor de Castellano. Editor de revistaelipsis.cl y de Editorial Bogavantes de Valparaíso. Ha publicado Delirium Tremens (2001), Sendas Perdidas y Encontradas (2007), El Cielo Ideal (2013), Carahue es China (2015), Santa Victoria (2017) y la antología Todo lo que duerme en nuestro corazón desembocará un día en el mar (2020).