“Millán expuesto” (por Martín Cinzano)

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Sobre El viajero sin vuelta: Antología personal de Gonzalo Millán. Concepción, Editorial UDEC, 2020. Selección, prólogo y notas de Carlos Decap. 219 páginas.

A modo de contraseña, cada sección de El viajero sin vuelta se abre con un fragmento en cursiva de un poema de Gonzalo Millán; dicho poema pertenecerá a la sección correspondiente (por ejemplo, a Relación personal), pero no aparecerá en ella sino bajo ese atisbo insinuante. ¿Sería exagerado afirmar que Carlos Decap, además de seleccionar, prologar y anotar, presenta de esta manera una antología intervenida, en la que el editor propone la dirección (o las direcciones) de una lectura, a partir de las posibles combinaciones ofrecidas, en este caso, por una gran obra? Una obra que, leída así, permite observar tanto las variaciones como las insistencias en la modulación de Millán, desde su primer poema publicado en el Lastarrino (1965) hasta Gabinete de papel (2008), incluyendo inéditos sonsacados (y también intervenidos) de Veneno de escorpión azul (2007).

“No soy especialista en la poesía de Millán”, advierte de entrada Decap en su prólogo, suerte de ceñida biografía del poeta y al mismo tiempo un documento de amistad, ya atestiguado tanto desde la portada del libro (una postal intervenida, regalo de Millán al editor) como en el epígrafe de Flaubert, al callo: “Cuando escribas sobre un amigo, hazlo como si lo estuvieras vengando”. Estamos entonces avisados y de alguna manera liberados, luego de temer que, dado el sello universitario de la publicación, nos debamos tragar un largo estudio introductorio que lo único que haría sería impacientar. Pero no. El trabajo de Decap transita con soltura entre el anecdotario, declaraciones del autor en entrevistas y el apunte conciso acerca de los atributos característicos de la obra poética de Millán.

Luego de eso, abandonados a nuestra suerte, quedamos a expensas de un animal cuyo estertor se hace sentir desde su primera gran aparición: Relación personal. Ahí estamos (y estaremos) ante esos poemas, la mayoría breves (atendiendo quizá a una máxima posterior del autor: “La poesía es una laguna lacónica junto al mar de la lengua”), en los que hallamos esquirlas de ese espejo deformante donde sujetos y objetos extraen reflejos contradictorios de sí mismos. La feliz relación absolutamente productiva de Millán con la tradición pictórica sería materia, ahora sí, para un detallado estudio de fuentes y tal vez para una selección aparte (en la que, fantaseando, el poeta funja como desengañado curador), pero en esta antología queda bien representada en sus rasgos más definitorios, especialmente con algunos de los poemas extraídos de Claroscuro.

Los apenas siete fragmentos seleccionados de La ciudad hacen pensar en una decisión deliberada por ubicar dicho libro en un lugar, si no menor, bastante menos preponderante del que hasta ahora habría gozado. En tales términos, el grueso de la antología corresponde a los libros de los ochenta, inmediatamente posteriores: Vida, Seudónimos de la muerte y Virus, puestos ahora bajo la luz de una intención declarada por el propio editor: “yo quería centrarme principalmente en los poemas más biográficos”, vale decir, en esos textos referidos a infancias, desmesuras, exilios y retornos que esbozan el retrato de Millán como un niño de bigote entrecano y su reverso exacto, un sujeto terminal entretenido en coleccionar, armar y desarmar juguetes a placer, además de subrayar: “Dibujar es para mí otra forma de escribir”.

De modo que la inclusión de diez de los veinte poemas de Autorretrato de memoria marcarían un matizado quiebre en la trayectoria del poeta: por un lado, una escritura que según Decap “le abrió el mate materno a su obra e incorporó sus temas más dolorosos, a los que le había hecho el quite gran parte de su vida, por lo menos a nivel escritural ‘público’”; por otro, una continuidad otorgada por el mismo criterio de la edición, fundamentada desde luego gracias a un aspecto en todo momento presente en Millán: objetos y aparatos que ciertamente forman parte de su autorretrato y en ocasiones hasta lo determinan. Porque lo inanimado, ese sistema de aparatos y naturalezas aparentemente muertas, siempre tiene posibilidades de palpitar en esta poesía.

Por último, al disponer Gabinete de papel antes de Veneno de escorpión azul (cuya apresurada publicación respondió, según señala Decap en las notas finales del libro, a “cuestiones de márketing y morbo editoriales”) se restituye una cronología y, con ella, se proyectan los textos de “Estudios ultramarinos”, fase perteneciente, como escribe Millán, a “una propuesta de escritura poética de carácter investigativo”, proyecto acariciado por el poeta en plan póstumo y necesariamente incompleto, “debido a los límites inherentes a su condición mortal”: “La Enciclopedia Poética de los Sentidos”.

Con semejante tentativa a la vista, seguro todavía hay bastante por hacer en torno al material inédito de “Zonaglo”, compuesto no únicamente de poemas; por mientras, con El viajero sin vuelta tenemos material suficiente para adentrarnos en una selección representativa de un recorrido poético que abarca más de cuatro décadas, junto a la posibilidad de trazar por lo menos el croquis de cierto retrato esquivo, expuesto sobre un plano anacrónico que no por ello deja de reincidir, moverse y difuminarse en lecturas y escrituras venideras. Si en tal retrato no hay ya tiempo, con esta antología acaso habríamos de poner en práctica uno de los ejercicios de complementariedad de Gonzalo Millán: leerla hasta sacarle pátina*.


Martín Cinzano (Guayaquil, 1977) escribió el libro de crónicas Perdido (Ciudad de México, UACM), los poemarios Peatonal (Cuernavaca, La Ratona Cartonera) y Yo ya (Santiago, G0 Ediciones), además de la novela En pana (Santiago, Libros del Laurel) y el desplegable Cuando vienen poetas (La Plata, Gatos Negros Ediciones). Coedita la revista cartonera PUF! en la colonia Obrera de la Ciudad de México.

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