«Los Indios Juncos» de Melissa Castillo (por Carlos Henrickson)

Los Indios Juncos, de Melissa Castillo: una rebeldía en letra

 

9789566054320Los Indios Juncos
Melissa Castillo Villarroel
Editorial Aparte
Arica, 2021
48 páginas

Aparte se ha señalado ya como una editorial que toma riesgos, y resulta alentador verle acometer uno de proporciones con Los Indios Juncos (Santiago: 2021), primer libro de Melissa Castillo Villarroel (Maullín, 1994), un volumen que apuesta, en su brevedad, presentar una búsqueda de construcción de sí misma por parte de la autora. Apostar, que no es conseguir, en plena conciencia de lo imposible de la tarea.

Lo que he dicho, por cierto, no es evidente ante el intenso anclaje del poemario en un escenario geográfico y social que salta al primer plano: la península Amortajado, donde se encuentra Maullín. Se nos muestra desde el principio como una especie de tierra sin ley, como el Oeste al que se refiere el fragmento de un poema de Robert Duncan del epígrafe, y varios de los poemas van a insistir en el tema, desde el primero del libro, Metemvoc o Amortajado, que parafrasea una descripción anónima de 1769, que empieza significativamente con el verso: Rebeldes al Rey a Dios.

No obstante, el poema elegido para el epígrafe –A poem beginning with a line from Pindar– entrega claves temáticas y formales importantes para esclarecer el intento tras Los indios juncos. Dentro de su mismo texto, el poeta norteamericano señala una característica esencial de la obra de Píndaro que se proyecta sobre su propio poema: se trata de una forma no clásica, sino arcaica, que ya no es estatua, sino mosaico, una acumulación de metáforas. A partir de esta sugerencia de composición, Duncan crea una trama compleja en que su formación como escritor y su pertenencia a ese Oeste norteamericano se inscriben dentro de una exposición en mosaico de las raíces míticas arcaicas que sostuvieron -y que parecen haber vuelto a sostener tras Whitman y Pound- la escritura poética. El permanente tanteo no resuelto en la construcción de imagen da como rendimiento la vívida exposición de una imagen del mundo y de sí mismo, que solo es posible desde la experiencia de escritura y de una comprensión experimentada a partir de un flujo comunicativo no racional entre autor y lector.

Me atrevo a afirmar que la escritura de Castillo se reconoce en esta voluntad duncaniana, para asumir este tanteo como procedimiento operativo fundamental de su libro. El espacio geográfico sin ley –rebelde al rey y a Dios– dicta la asociación libre de recuerdos y fantasías personales, de registros históricos, de relatos tradicionales del lugar y de observaciones de la naturaleza. El campo textual resulta como invadido por imágenes que se yuxtaponen sin desear continuidad, lo que es subrayado por la ausencia de signos de puntuación. El procedimiento no se detiene ante la presentación de auténticos enigmas, en que no se presenta referencia específica. Atlas escolar es probablemente donde esto se ve de manera clara:

El pulso persiste
a oscuras
por encima de todo
ya estás en edad
para contradicciones
tu vanidad se la debes a tu madre
reina de Misquihue el 97 

me llevó a la rastra
me pensé
en el sindicato Nº 2
de El Amortajado 

la voluntad es cuestión de tomar la palabra

¿qué hace ese hombre de pie
con una revelación callado?

lo llevó a la rastra por todo el pueblo
y vio rostros familiares al pasar
contorsiones del Sol
sepultados en el patio
de la capilla de Metemvoc

no estás sola
un fugitivo tiembla sentado al frente

todo ese pedazo de mar que rodea la isla
me pertenece

ahora mismo obreros pavimentan desde Yatees
vieron al león en el camino
desciende desde la montaña
causa pavor
entre gallinas
patos
gansos
otros

terminar el atlas.

Se puede ver aquí cómo a través de un hilo sutil las referencias de cada párrafo abren la vía para una cadena de asociaciones que no desean restaurar sentido:

llevar a la rastra / el sindicato Nº 2 / la voluntad de tomar la palabra (como una reunión de sindicato) / un hombre de pie callado / alguien que es llevado a la rastra / la hablante acompañada por un fugitivo (¿que fue llevado a la rastra?) / una voz en cursiva que parece sugerir un tema de propiedad (motivo de persecución judicial tradicional en el Wallmapu) / obreros que pavimentan (señal de progreso moderno que se liga históricamente al tema de los conflictos de propiedad entre colonos y mapuche); la bajada del león / terminar el atlas.

La ausencia de sentido unitario parece ser confirmada ante la imagen sugerida de los mapas del atlas: superficies que se instalan en un plano, y que si bien refieren a una realidad existente, no poseen una razón superior para su instalación que no sea la historia geológica y/o política que ha determinado los trazos de esos mapas. La escritura asume este carácter al ser presentación y yuxtaposición -y no descripción– de momentos que han constituido la historia y el imaginario personal de la autora.

Resulta interesante cómo Castillo ha asumido una destreza en la disposición del corte entre las imágenes yuxtapuestas. Más allá de una violencia expresiva evidente, parecen irrumpir en primer plano representaciones de la vida cotidiana que saben desafiar de manera profunda el carácter poético (sintético, de deslumbre visual o impacto emocional directo). Así, los fragmentos en prosa El animal y el hombrecito, distribuidos a lo largo del libro, resultan sumamente interesantes en el continuo desvío de las expectativas del lector, así las historias aparentemente lineales que parecen narrar saben incluir detalles que particularizan decididamente la experiencia lectora, sin ofrecer la percepción de un relato terminado. Así, acaban siendo un punto de cruce entre voluntad narrativa y voluntad poética, al obligar a contemplar los hechos, sin llegar bajo ninguna forma a hacerse análogas a forma alguna de prosa poética. Que estos fragmentos se refieran en general a la relación entre habitantes humanos y animales, en que subyace la idea de su carácter doméstico o su posible consumo como carne, parece apuntar a ese límite en que la misma escritura (salvaje, rebelde) desea adaptarse a condiciones ideales de traspaso de ideas e imágenes (domesticarse, consumirse). Así, desde el primero en que la hablante se enamora del Peuco que después queda libre y se va, hasta la busca en Internet por parte de un personaje para preparar carne de castor (especie convertida en plaga incontrolable), se pueden ver como especiales analogías de una disputa en el corazón de la misma voluntad textual, entre rebeldía y domesticación.

En un segundo plano de escritura, cabe señalar los interesantes ejercicios de contemplación de la naturaleza, que muestran la posible resolución de la disputa entre un modo salvaje y un modo domesticado a la que me refería antes. La yuxtaposición de imágenes y los índices subjetivos (apelaciones, declaraciones de estado de ánimo) generan un modo de dar cuenta de la contemplación que, si bien no parece lo suficientemente desarrollada en este libro, parecen indicar una dirección en el trabajo de Castillo que puede tener excepcionales rendimientos futuros.

El cierre sabe dar una conclusión sabiamente dispuesta al libro:

PULLMAN

Viajo en un Pullman
inspecciono el mapa
compro el mismo asiento para volver
en caso de girar la Tierra en su sentido inverso
la lluvia cae sobre las cosas del comerciante
fascinada haría lo que fuese
por estar aquí

(…) 

los pasajeros duermen
lo creas o no
los veo caer livianos
soñando unos sobre los otros.

La presencia del mapa en este viaje (¿de ida o de vuelta? ¿real o imaginado?) parece cerrar el arco que mostraba el atlas hacia el principio del libro, señalando que la conformación de este campo interior de percepciones llega a una cierta resolución (sea esta íntima, vertiginosa o puro anhelo).

Este libro de Melissa Castillo, si bien debe pagar su osadía con una relativa falla de organicidad como conjunto, presenta en general un camino de autorreconocimiento personal que sabe expresarse en una lengua poética que pasa por análogo camino de autorreconocimiento de la lengua poética con respecto a sí misma. Esto hace saltar la posible percepción de Los Indios Juncos como mera representación subjetiva, para revelarse como empresa textual, y en este sentido, pasa a formar parte de lo mejor de la sensibilidad más actual de nuestra poesía joven -pienso en Isla Riesco, de Mariana Camelio, en que hay una análoga voluntad de (des)situar, o por mejor decir, hacer vacilar la experiencia personal sobre una geografía otra-, una generación que ya se ha decidido en abandonar las recetas hechas y recrear los modos de habitar poética(y vital-, y política-)mente los espacios geográficos y mentales de un país que al fin desea redescubrirse.           


Carlos Henrickson nació en Santiago el 31 de mayo de 1974. Escritor, traductor y ensayista. Ha publicado En tiempos como estos (cuentos; Valparaíso: Gobierno Regional de Valparaíso, 2002), An Old Blues Songbook (poemas; Santiago: Ed. del Temple, 2006), Despoblados (poemas; Santiago, Ed, Fuga, 2010), Esplendor (cuentos; Valparaíso: Narrativa Punto Aparte, 2011), 44 canciones realistas (poemas; Santiago: Pez Espiral, 2015), Lumbre y portazos. Ejercicios de estilo (plaquette de poemas; Valparaíso: Inubicalistas, 2018), Siete pagos (cuentos; Valparaíso: Narrativa Punto Aparte, 2019), La Conquista. Sección I del Libro de La Fundación (poemas; Lyon: Grand Trou, 2020); y como traductor: Historias del tiempo pasado, de Charles Perrault (Santiago: Das Kapital, 2013), Siete poemas, de Marina Tzvetáyeva (Santiago: Das Kapital, 2016), A la producción (traducción de textos de constructivismo ruso, Viña del Mar: Ed. Catálogo, 2018) y Acerca de esto, de Vladímir Mayakovsky (Viña del Mar: Ed. Mundana, 2020).

Imagen de la cabecera: Rompeolas, de Richard Diebenkorn (1957).