Reseña a «Sonetos fluviales» + Muestra poética

A su diverso corazón de río
por Javier Aguirre Ortiz

 

sonetos

Sonetos fluviales: Canto a los ríos de Chile
Hugo González Hernández
Ediciones Tácitas
Santiago, 2021
104 páginas.

Primero fueron los ríos, ríos arteriales. Cantar a un río no es cantar cualquier cosa, porque el río es el primer cantor. Por abajo canta el río, volante de cielo y hojas. Nuestras vidas son los ríos.

María Teresa Panchillo cuenta en un documental que el mapuche llamado a tener el don de la palabra debe aprenderla del río, de su lengua elocuente.

Corrientes aguas, puras, cristalinas, árboles que os estáis mirando en ellas. Hugo González canta como un río. Su corriente es un hilo desatado, es música que avanza entre las piedras, es voz del agua entre los arenales. Heredero del verbo de Neruda, artificiero de los estallidos, su voz es dinamita y es sosiego. De Norte a Sur de Chile va encontrando los ríos, y su canto es reflejo fiel del agua, como si de verdad corrieran por sus venas sus travesías.

La poesía chilena se endecasilabó, dijo Nicanor Parra con un burlón alejandrino. Pareciera que algún sordo entendió que había muerto ya el endecasílabo. Pero Hugo es una fuente, un surtidor: un río. De su guitarrón fluyen melodías con asombrosa naturalidad, brotan bronces de luz: como de un río. Quien quiera descubrir qué es la poesía que se acerque a la orilla de estos versos, a su serenidad y a su alboroto, a su diverso corazón de río.

Vecino de Quevedo (solamente lo fugitivo permanece y dura), desde el principio Hugo González nos recuerda que «el río es migración y es permanencia», para ir después desgranando las voces del coro fluvial. Escucharle es una forma de viajar, gracias a sus fotografías sonoras que nos traen, mágicamente, el aire del instante detenido, ya vivo para siempre. La palabra se hermana al territorio, en su vibrante intimidad, en los caudales únicos, cada cual con su historia y su paisaje, su dolor o su gozo.

Empieza así en el norte el río Lluta:

El Lluta, el resbaloso, el río liso,
desciende su dolor por la quebrada,
cortando el páramo de piel dorada
bajo las ráfagas de un sol macizo.

También la toponimia se hace música -los ejemplos son innúmeros-ahí la imbricación de territorio y canto, canto que es profundamente ecológico: el poeta siente en sí, con Vallejo, una inundación con propios líquidos, con propio barro y propia nube sólida, y el río Petorca es alegría «¡Qué jolgorio, Petorca, cuando llueve…», y «duelo campal con la sequía».

El dolor provocado a la naturaleza se expresa intensamente en el maltratado Mapocho:

Río Mapocho, te han rajado el pecho,
te han encogido y arrancado un ojo
y te han dejado al margen medio cojo
despellejado de tu propio lecho.

El contraste con la armoniosa sonoridad entusiasta del canto a los ríos caudales se hace aquí patente. Aquí las aliteraciones (el desgarro de las jotas y el chirrido de las ches) evocan sequedad, la triste figura de un río moribundo.

Pero pronto llegan ríos para maravillarse: «El Clarillo en su canto se desliza / como un guitarroneo en su cordaje».

Los pueblos de Chile y sus lenguas también vibran en estos sonetos, en maridaje sorpresivo, incluyendo palabras quechuas o mapuche entre las rimas, como en este cuarteto dedicado al Pilmaiquén (golondrina en mapuzugun):

Río eternal, sagrada golondrina,
que emerges vuelo en brazos del Puyehue
y en cada tramo un nido en ayllarehue
eriges hondo de virtud divina.

Así cantan estos sonetos de Hugo González Hernández, que nos llevan rumorosos y refrescan la vista y el oído, y nos conciencian, recordándonos que sin el agua preciosa también morimos, como en el cierre memorable del doliente soneto al Mapocho:

Y acarreas la hiel a los abismos
pero nos dejas sobre la corriente
algún reflejo de nosotros mismos.


 

ARRIBADA A LOS RÍOS 

Llegar a un río es descubrir un mundo
y unir el monte al mar y a la planicie,
saber que es máscara la superficie
y que la esencia fluye en lo profundo.

Llegar a un río calmo o furibundo
es hacer que el pasado te ajusticie,
es lograr que el futuro te acaricie
y asir la eternidad cada segundo.

Es el presente con su clara historia,
sus orillas, sus rápidos, su escoria,
su remanso de paz, su rabia oscura.

El río es migración y permanencia,
la voz del agua en su vital herencia,
ser-hondura, ser-tiempo, ser-altura.




RÍO LOA

la dignidad recorre las arenas
serpiente clara en surcos transversales
hebra de luz sobre los pedregales
hilo de cobre en lágrimas serenas

ni gorjeos ni sauces ni azucenas
sólo el silencio de los pajonales,
hojarasca de los tamarugales
viento férreo en la ruta de las penas

así va el Loa, el libre, el más extenso
peciolo azul en el más seco lienzo,
hálito vivo de la resistencia

con el humilde orgullo y la templanza
cristalina trinchera de esperanza
caprichoso bastión de la paciencia



RÍO MAPOCHO

Río Mapocho, te han rajado el pecho
te han encogido y arrancado un ojo
y te han dejado al margen medio cojo
despellejado de tu propio lecho.

Y tan felices con lo que hemos hecho
deponemos en ti y a nuestro antojo,
qué moderna es la impronta del despojo
en los altos umbrales del deshecho.

Y encajonado ya no puedes ver
la actualidad ni el brillo ni el placer
de esta ciudad tan chic, tan prominente.

Y acarreas la hiel a los abismos
pero nos dejas sobre la corriente
alguna imagen de nosotros mismos.



RÍO ÑUBLE

Llora el sur y tu vientre se dilata,
travieso Ñuble, sobre la llanura,
y en el vértigo embriagas de bravura
tus corceles y márgenes de plata.

Y otro potrillo soy que se desata
para correr a par de tu aventura
y galopo a tu desembocadura
y me abrazo contigo en el Itata.

Tú que me empujas en el paso lerdo,
tú que me guías si el camino pierdo,
eres la persistencia que me embarga.

Fortalecido de tu transparencia,
contigo voy hasta perder mi esencia
bajo el vacío de la mar amarga.



RÍO BIOBÍO

De la estirpe de Icalma y Galletué
naces claro y en alta lozanía
y azul desciendes de la Araucanía
solemne y sólido como la fe.

Y acérrimo en los cerros se te ve
precipitado envión de la energía
garañón vigoroso en rebeldía
grito de guerra que prosigue en pie.

Germinador tajante de la historia,
ensangrentada lengua divisoria,
verde zumo de amor originario.

Y ya coloso en paz, en la explanada,
abres el alma de la marejada
hasta abrazar tu sueño libertario.



RÍO CHOLCHOL

La historia viva hacia el Cautín galopa,
lleva leyendas de álgidas batallas,
de lanzas, de trabucos, de cuchillos
abriendo surcos a la madre tierra.

Eres, Cholchol, la muerte palpitante,
sangre que nunca resecó en la piedra
el letargo de un silbo de agonía,
las amputadas manos de la rabia.

La sangre que resiste en su designio,
en sus verdores primigenios. Hondas
palpitaciones de pellín y lluvia.

Y un silencio de guerra se despliega.
Es la savia que fluye inalterable.
La raíz que no cede en su transcurso.



RÍO CAUTÍN

Has visto tanto sueño desangrado
y, lanza en puño, ruges todavía,
como un kultrún de espíritu sagrado
cantas la historia de la rebeldía.

[Neftalí se educó en tu geometría,
Juvencio Valle se nutrió en tu lecho,
y en Lautaro tu clara epifanía
para Teillier fue arraigo, lar y techo.]

Ven tu fuerza y te quieren doblegar,
pero el dolor, weichafe medular,
lo portas como troncos en tu espalda.

Y no habrá mano ni poder terreno
que hunda el newén de tu linaje pleno,
tu alma azul de volcánica esmeralda.



RÍO IMPERIAL

Qué largo obsequio llega del Cautín,
qué gran ofrenda baja del Cholchol,
y tú, Imperial, los llevas al confín
donde el Pacífico se hermana al sol.

La historia ha navegado por tu hondura,
combates y tragedias ferroviarias,
sobre barcazas de corteza dura
eco de alerces, robles y araucarias.

Cuatro leones recios de virtudes
custodian hoy tus anchas latitudes
en Carahue, solemnes sobre el puente.

Y en Nehuentúe el mar, y allá en Moncul
fundiendo juntos un camino azul
hecho de sal y lluvia transparente.



RÍO PILMAIQUÉN

Río eternal, sagrada golondrina
que emerges vuelo en brazos del Puyehue
y en cada tramo un nido en ayllarehue
eriges hondo de virtud divina.

Tu vuelo va por la ancestral hondura
estableciendo ritos memoriales,
rogativas de bien, ceremoniales
de claridad contra la muerte oscura.

El conjuro vital del nguillatún
la sacra refulgencia del lepún
y el wetripantu que renueva el pecho.

Todo el canto en tu rumbo bendecido,
contra el dolor, el tiempo y el olvido.
Toda la fuerza cósmica en tu lecho.



RÍO PETROHUÉ

Río del vértigo rabioso y vivo
tú, Petrohué, cuchillo en la espesura,
comarca del zancudo y la bravura
bañando el aire del verdor nativo.

Río de siete saltos, río altivo,
donde se despedaza la blancura
en siete manantiales de hermosura,
tempestuoso galope sucesivo.

Salten, descomunales alegrías,
sobre la furia del cristal sonoro
rompan la espuma de sus platerías.

Resuelve en cólera tu amor de toro
y hunde a la muerte, frío meteoro,
bajo el martillo de tus energías.



RÍO BAKER

Quién te quiere domar, bronco salvaje,
y encarcelar tu galopar de trueno,
si no naciste para pial ni freno,
si no hay lazo terreno que te ataje.

Quién puede con tu fuerza y tu coraje
potro aguerrido, cimarrón sereno,
si corres libre y de energía lleno
como la estirpe de tu paisanaje.

Contra toda la maña del ultraje,
contra la oscura mano y su veneno
vas relinchando altivo en el paisaje.

Y sin obedecer látigo ajeno,
sólo el llamado azul del oleaje,
fluye tu viaje libertario y pleno.


Javier Aguirre Ortiz (Bilbao, País Vasco,1973) es licenciado en Filología Hispánica e Inglesa y doctor en Estudios Interculturales por la Universidad Católica de Temuco con una tesis que se pregunta por el rol del mapuzugun en la poesía mapuche. Reside en Temuco desde 2009. Ha publicado El mar a veces (México, Caletita, 2019), La primavera vez (Nagauros, 2021), A mares (Afótico, 2021), y en colaboración con José Blanco Calle Blas de Otero (Lupi, 2020) y Sonetos de confinamiento (Tortuga Samurái, 2021). Reside en Temuco desde 2009.

Hugo González Hernández (San Carlos, Ñuble, 1973) payador y cultor del guitarrón chileno. Vive en Santiago desde 1991. Estudió Automatización Industrial en la Universidad de Santiago. Ha publicado 50 sonetos (Ed. Cuece, 2008), Cántaros (Ed.Ventana Abierta, 2015) y Sonetos Fluviales. Canto a los Ríos de Chile (Ed. Tácitas, 2021). Ha sido incluido en antologías y registros musicales colectivos, y ha participado en encuentros de escritores y payadores en Chile y el extranjero.

Imagen de la cabecera: Paisaje de río con cigüeñas de Charles-François Daubigny (1864).