Bibliotecas escolares (por Cristian Rodríguez)

 

He trabajado en una decena de liceos en varias comunas, y en esos viajes, he gastado no poco tiempo en sus bibliotecas. Me han servido para refugiarme, pasar el rato, o alejarme del ruido de la televisión que suena en las salas de profesores. Esas bibliotecas se han vuelto un escondite contra la sociabilidad estridente de mis colegas. A veces leo y a veces no. A veces voy a buscar una novela y a veces sólo quiero sentarme y pensar. Pero siempre las recorro. Algunas de ellas ni siquiera son bibliotecas propiamente tales, sino pequeñas salas con enciclopedias antiguas y manuales obsoletos, aunque también con curiosidades, joyas, y autores que transitan rápidamente hacia el olvido; testimonios de lo que era importante hasta hace pocas décadas atrás y de las tendencias que fueron pasando por el otrora respetable lugar de las lecturas complementarias.

He tenido acceso a varios de estos catálogos (de hecho, alguna vez tuve que hacer uno) y me llama poderosamente la atención la cantidad de literatura española que aún se puede encontrar allí: Azorín, Baroja, Unamuno, Machado, Jimenez: autores que hasta los años setenta y ochenta seguían teniendo peso en las escuelas; cuando lo español respondía a un ideal lingüístico –y cultural– que aún se notaba en las lecturas y hasta en los discursos públicos mediante manierismos difíciles de sostener en el presente, tal como el «vosotros» o el sufijo «isteis»: tan comunes en el lenguaje formal. Lo español tendía a estar envuelto por ese halo melodramático que no dejaba ver su carácter socarrón y hasta bizarro. Y es increíble que novelas tan extrañas como El Quijote, Niebla o Camino de perfección hayan sido leídas con tal grado de solemnidad.

En general, predomina un zigzagueo entre lo culto y lo simple que no logra dar en el clavo

Y si las grandes bibliotecas poseen colecciones variadas y coherentes, con renovaciones sucesivas que responden a los gustos de sus lectores, las bibliotecas de liceos, en cambio, son universos pequeños e incoherentes donde coexisten tesoros junto con mucha grasa producto de políticas fiscales dudosas. En general, predomina un zigzagueo entre lo culto y lo simple que no logra dar en el clavo: filosofía continental y libros infantiles, poesía menor y cuentos ilustrados. Se echan de menos las “drogas de entrada”: esos libros que nos sacaron de la cotidianeidad y que nos elevaron desde las lecturas casuales hacia un verdadero trayecto lector. Lo cual no es tan raro. La desaparición del «espectro medio» de la literatura, la especialización del escritor, y el retroceso de géneros como el «best seller de calidad» (Auster, Murakami) van mucho más allá de cualquier política bienintencionada sobre el libro.

Otro fenómeno típico de estas bibliotecas son los escritores fondodependientes que colocan sus investigaciones infumables sobre temas como género y cultura entre libritos infantiles y diccionarios de bolsillo; poniendo textos especializadísimos en lugares donde los niños apenas logran entender un afiche. Esta desconexión con el público lector es un error constante, mezcla de centralismo y favores editoriales, y donde resulta más cómodo recibir lo que se entrega antes de cuestionarse para quién.

Por otro lado, uno creería que, luego de tantas portadas en los suplementos de cultura, y de su idoneidad para los adolescentes, los escritores norteamericanos podrían haber tenido un gran espacio en estas bibliotecas. Pero no. No hay mucho de Roth, Updike, Auster ni Franzen en las estanterías. Ni qué decir de Bukowski. La novela norteamericana llegó a los lectores, pero no al canon escolar. Lo cual es una pena. Entre leer historias “para jóvenes” o un Kennedy Toole…no hay donde perderse. 

Más allá de la pertinencia para su público objetivo, las bibliotecas escolares guardan grandes descubrimientos para el lector foráneo. Recuerdo con cariño una biblioteca de Loncoche donde encontré libros de André Kertész, Luis Oyarzún y Ezra Pound más una edición hermosísima de La Eneida. Mis ganas de robármelos fueron reprimidas por la ilusión de que alguien, algún día, tuviera esa misma alegría que yo en un pueblo tan triste y aburrido como ese. También recuerdo un liceo de Traiguén con una vasta colección de ciencias sociales: ensayo, historia, filosofía. Y donde figuraban libros de Byung Chul Han años antes de que lo conociera. Cuando le pregunté al bibliotecario cómo los había obtenido, me respondió que no tenía idea: se los mandaba el gobierno. Ese es otro gran error: la ignorancia supina de quienes manejan esos libros. No creo que sea tan difícil encontrar a un poeta ocioso hasta en el pueblo más lejano. 

También recuerdo un liceo técnico muy conservador que escondía una copia de Lolita entre biblias y manuales de electricidad: como si su director lo hubiera comprado esperando un libro pornográfico y se hubiera decepcionado por sus sutilezas lingüísticas para luego devolverlo a los estantes. O un colegio privado donde, para mi asombro, estaban casi todos los poemarios de Enrique Lihn y las novelas de Cormac McCarthy en inglés. Cuando le pregunté a la bibliotecaria (una cuarentona hermosísima) quién los había elegido, me respondió que los traía una empresa externa. La idea de que alguien gane plata eligiendo libros me parece fascinante. Sea cual sea esa empresa: estoy disponible.

Pero más que sus colecciones, el error típico de estas bibliotecas es esconder sus libros detrás de un mesón. Es una muralla infranqueable contra la lectura volitiva. Hojear libros con libertad es un requisito mínimo para que una biblioteca tenga sentido. Es mejor tener un lugar donde se roben diez libros al año a otro donde sencillamente no se lean. Su acceso, además, podría ser una respuesta inesperada para un problema clave: la biblioteca como el último lugar donde los jóvenes todavía se confrontan con nuevas ideas, lejos de sus propias cámaras de eco y de la tiranía del algoritmo.

 


Cristian Rodriguez Büchner (Valdivia, 1985). Poeta y narrador. Profesor de lenguaje y Mg. en Literatura Hispanoamericana. Editor y columnista de revistaelipsis.cl. Ha publicado Lluvia de Barro (cuentos, 2012), Caligrafía del Insomnio (poesía, 2017) y 19 poemas (2020). 

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