Ñüküf. Algunas reflexiones a raíz de un encuentro de filosofía intercultural (por Javier Aguirre)

Si no ando muy perdido, el gran problema tanto de la filosofía intercultural como de la teología intercultural es el problema del otro; acaso no deberíamos hablar de problema, sino de tema, de centro de interés. Cómo no recordar la reflexión de Raúl Fornet Betancour, mientras la luz filtrada por las persianas dibujaba sobre él una cruz  –debida acaso al seguro azar, que habría dicho Pedro Salinas-: no se trata de ver la luz, nos decía el filósofo -recordando la vieja caverna platónica- sino de dejarnos tocar por ella. La humildad es pues, el signo primero del sabio: no posee la verdad, sino que se deja tocar, ganar por ella. Anteriormente, en verano, tuve la oportunidad de acompañar a Cristian Cayupan, poeta mapuche, que presentaba su libro “Apología del barro – Fotra ñi llellipun” en Villarrica, en el marco de un curso de verano de la LASI (Latin American Studies Association); una estudiante brasileña, muy interesada por la cultura mapuche, le preguntó por qué había tantos símbolos cristianos –la cruz, el pan- en su poética siendo él mapuche. La respuesta fue, sin duda, iluminadora. Haciéndonos ver que en el logo de la Pontificia Universidad Católica de Villarrica se podía ver un kultrun –es circular con una cruz dividiéndola en cuatro cuartos iguales-, el poeta invirtió los términos. La cruz dejaba de ser, a los ojos de todos, un símbolo meramente cristiano, sino un símbolo vivo ya en la forma de entender el territorio desde la cosmovisión mapuche. Aquí la cruz tomaba otro sentido. Cómo no recordar, también, la experiencia comunicada por los religiosos que, habiendo convivido estrechamente con la otredad en territorio mapuche, expresaban que a partir de un momento dado aquella otredad les había ido cambiando, que el otro territorio se había encarnado en ellos y que finalmente ellos también eran otros; que la misión del misionero era también viajar al encuentro de sí mismo, como aquella isla desconocida de que habló Saramago y que no era sino un barco, y que el bosque, sin palabras, con un pensamiento otro, podía hablarle allá donde su teología debía callar (“para hablar aprender a callar”, escribió Octavio Paz). Tenemos que desprendernos de nuestras verdades para que la verdad pueda encontrarnos. La filosofía intercultural, la teología intercultural, pues, no arma grandes edificios filosóficos, grandes catedrales del pensamiento, filosofías argumentativas o defensivas; más bien se dedica a desarmarlos, a dejar paso a la luz, a que las certezas se deshagan ante la presencia del otro, que con sólo aparecer comunica un mundo distinto. Este fue el mérito, también, de la ponencia de Carlos María Pagano, que nos hizo ver cómo un autor de raigambre filosófica germánica, Rodolfo Kusch, renegaba de la comodidad en la que habría podido instalarse, como epígono de la filosofía europea, para retirarse a Salta, y desde allí, desde el margen, acercarse al otro centro, escuchar las otras voces, las voces de la Abya Yala profunda, que proponen otros planteamientos desde su imborrable diferencia. Estas son las lecciones, este es el camino, la senda por la que se aventuran la filosofía, la teología interculturales. Tal vez lo que planteó el Teólogo Jesuíta con residencia en Tirúa, Carlos Bresciani, tal vez podría ponerse el acento, más que en la Cristología, en la Neumatología, en el diálogo de espiritualidades, más que en la confrontación de religiones. Frente a las certezas, que el propio Raúl Fornet veía como escollos para el encuentro de la verdad, la apertura, la escucha, el silencio. Ahí se señala el camino, el umbral. Sin embargo, no es fácil determinar cuándo las palabras dejan de ser puentes para empezar a ser muros. Y la filosofía, la teología, también se hacen con palabras. Cuando se avanza en las discusiones, y se escucha la palabra silencio, ¿qué escuchamos? Ñüküf. Es necesario pasar del silencio a las otras voces. Y esto, en un territorio bilingüe, implica otra lengua, y más concretamente el mapuzungun, antes que ninguna otra, si hablamos desde la Frontera de Chile. Cuando el profesor Carlos María Pagano hablando de Kusch nos refería la negativa de la chola en el mercado, nos señalaba el umbral del otro: la presencia irrefutable de la otredad, de su voluntad otra; pero, ¿es esto suficiente? Cuando la nombra como chola, ¿está acercándose a su realidad, a su identidad, a quién es? ¿Es lo mismo el cholo Vallejo que el cholo Simeone o que la chola del mercado que se niega a venderle sopa al profesor Kusch? Las palabras también son etiquetas que el otro puede desprender rebelándose: revelándose. Los indios ya no son indios, ahora son mapuche, aymaras, guaranís, navajos. Quizá la chola tiene otro nombre bajo esa palabra tan vaga que el castellano usa en Perú como en Argentina u otros lugares. El castellano es limitado para aprehender una realidad mucho más rica. Los estudiosos de principios del siglo XX, de hace no tanto tiempo, hablaban del mapuzungun como de una lengua que habría de extinguirse en breve y de la que sería útil recoger testimonios para poder estudiarla y conservarla en un museo, embalsamada de ciencia, como dijo Unamuno de la lengua vasca. Pero si se pierde ese tesoro vivo –fuente de todos los tesoros humanos vivos que empiezan a escasear como piedras raras- la filosofía intercultural se quedará sin las voces que la alimentan en Abya Yala. Hemos de cuidar las palabras, y la mejor manera en este caso, como insistieron los filósofos, es callar: ceder la palabra a quienes no tienen voz, o la han tenido sólo en los márgenes, a escondidas, para que suban al estrado, puedan hablar en alta voz en la plaza, en la universidad, en los medios de comunicación. El umbral está señalado, pero no es suficiente. Cuando viene un profesor de lengua inglesa, de lengua francesa, las voces tienen tribuna y requieren de intérpretes que puedan tender puentes con las audiencias. ¿Acaso no merecen el mismo trato las personas que trabajan en distintos ámbitos culturales, políticos o laborales, que puede expresarse en mapuzungun? Sucede que el mapuche ya ha recorrido el camino que le distanciaba de la cultura chilena, ya puede expresarse en términos comprensibles para la audiencia mayoritaria y la cortesía exige que ese conocimiento sirva como puente en todos los casos. Y sin embargo, de esta manera la lengua mapuche ve negados los espacios que nunca debieron de escatimársele. Cada palabra dicha en castellano es espacio perdido para el rebrotar de la lengua mapuche. Esto nos hacía ver, entre tantas y tantos kimelfes, Alberto Huenchumilla, experto en revitalización lingüística de lenguas minorizadas, en un internado lingüístico de mapuzungun el pasado mes de febrero.  Y este rebrotar es urgente, es justo y necesario. Si la universidad tiene la interculturalidad como bandera debe ponerla en práctica; pero esta práctica debe cuestionar todas las estructuras que le impiden ejercitarla: debe dar lugar al otro, flexibilizar sus rigideces para que el saber otro tenga valor de por sí y no desde los parámetros de la institucionalidad misma. Sería esencial, como comentaban muchos de los filósofos llegados al encuentro de Teología y Filosofía cargados de humanidad, que la universidad fuera un ámbito de intercambio auténtico, no de competitividad, un lugar para la curiosidad, para el interés por el otro, para el encuentro, también para el disenso y la crítica. Un lugar más preocupado del ser que del tener, de lo común que de lo propio. Una universidad otra. Y en Wallmapu, la filosofía intercultural debería abrir la puerta a la filosofía mapuche. Salvo excepciones, y por el momento, la filosofía intercultural señala el camino, apunta al umbral, y acaso su función, en ese sentido, es transitoria; legítima, necesaria también en un lugar de quiebres y desencuentros, debe propiciar que se escuchen las voces que han sido acalladas, y sin embargo siguen ahí, pero más aún, debería tomar partido activamente –partido hasta mancharse, que diría Gabriel Celaya, aunque en los tiempos que corren eso suena bastante mal- precisamente porque esas voces puedan escucharse. Seguramente es ingenuo pensar, en cualquier caso, que los conflictos van a dejar de existir y que la filosofía intercultural va a dejar de ser necesaria; acaso podrá, podría formularse en otros términos; quizá la función del pensamiento intercultural podría ser, en ese sentido, proporcionarnos las herramientas necesarias para poder convivir asumiendo que lo conflictual es parte de nuestra naturaleza y que como tal ha de llevarse con naturalidad; la ausencia de conflictos sólo puede ser expresión de un soterrado conflicto mayor.

En conclusión, habiendo escuchado con atención los testimonios de los filósofos, teólogos, y kimches, sabios que acudieron al Seminario Internacional de Filosofía y Teología Intercultural,  considero que en este momento la principal función de la filosofía intercultural es callar y prestar oídos, y de dar la palabra, hoy en Wallmapu, a las voces de la cultura mapuche.


Javier Aguirre Ortiz (Bilbao, País Vasco, 1973) es licenciado en Filología Hispánica e Inglesa y doctor en Estudios Interculturales por la Universidad Católica de Temuco con una tesis que se pregunta por el rol del mapuzugun en la poesía mapuche. Reside en Temuco desde 2009. Ha publicado El mar a veces (México, Caletita, 2019), La primavera vez (Nagauros, 2021), A mares (Afótico, 2021), y en colaboración con José Blanco Calle Blas de Otero (Lupi, 2020) y Sonetos de confinamiento (Tortuga Samurái, 2021). Reside en Temuco desde 2009.