Falco v/s López: dos novelas fragmentarias (por Cristian Rodríguez)

Poco tiempo atrás, las novelas fragmentarias parecían vivir su auge, con autores como  Bolaño, Fresán, Foster Wallace y otros. El siglo veinte fue el siglo de la novela fragmentaria, junto a Cortázar, Delillo, Nabokov, Perec y Queneau. Y aquí en Chile, Matías Celedón publicó una de las mejores y más recientes muestras del género: La Filial, una historia hecha con timbres de oficina que recrean un infierno totalitario mediante páginas de  tres o cuatro líneas de extensión. Y a veces, mediante una sola palabra.

Pero no es fácil definir el formato. Hay libros fragmentarios que cuentan historias tradicionales (Seda, Tiempo sin lluvia) y también libros unitarios que reúnen momentos distantes entre sí (Matadero cinco, Las horas). Asimismo, podríamos considerar a los libros inacabados, a los borradores, a los escritos íntimos y a los pensamientos al azar. Y también a los libros “fragmentados” por sus pérdidas y reescrituras, como El asno de oro (siglo II d.C): libro perdido y reconstruido durante el siglo XVI, y que, cuatrocientos años después, terminó en el equipaje del mismo T. H. Lawrence durante su larga travesía por el desierto.

Si entendemos a la narración fragmentaria como técnica disponible (heredera de la modernidad y las vanguardias) podría decirse que su naturaleza es visual: como piezas en un lienzo para ser completadas, o vínculos latentes en búsqueda de plenitud. Pero la novela fragmentaria es, ante todo, la constatación del debilitamiento del sentido, la pérdida de la unidad, y la necesidad de su reconstrucción a partir de asociaciones libres. De hay que varios de estos libros traten sobre experiencias personales desestabilizadoras: como la guerra, la enfermedad o la muerte. Y en el caso de estas dos novelas: el desamor y la locura.

los-llanos.jpegLos llanos
Federico Falco
Anagrama
Barcelona, 2021
240 páginas

Los llanos es una breve épica naturalista en clave contemporánea: una novela hecha de notas, donde su protagonista se muda al campo tras el quiebre con su novio. Allí cultiva la tierra y recuerda su infancia, imágenes importantes de su vida, y un sinfín de disquisiciones sobre arte y cultura. Se trata de una novela-ensayo, de un ensayo-novelado, o como dice su narrador: “El ensayo general de una huerta. Un lugar donde pasar el tiempo y empezar de nuevo”. Mezcla de observaciones, citas y aforismos, pensamientos y sensaciones en torno al pueblito de Zapiola: un lugar con sus “calles despejadas, anchas, como indefensas ante la grandeza del paisaje”.

A lo largo de sus capítulos (divididos en meses) se desarrollan cuatro grandes temas: la pérdida de la escritura (el bloqueo creativo), el día a día en el huerto, el paisaje como catalizador de los destellos de la memoria, y el desamor como motivo para una nueva vida (“A veces siento que nunca voy a entender qué nos pasó. Y que si lo entendiera, se acabaría la pena y todo esto quedaría atrás”). Aunque en su transcurso, termina siendo, más bien, un cuaderno de apuntes heterogéneos sobre cine, historia, poesía y literatura bajo el horizonte gigantesco de la provincia argentina.

Los llanos es un libro maravillosamente bien escrito. Cualquiera que haya huido del mundanal ruido se verá reflejado en esta empresa del huerto, en la lucha contra el ambiente (el calor, los bichos, la sequía) y en la tozudez de la naturaleza por ser domeñada. No obstante, Los llanos también posee un ruido de fondo, y es que la pérdida amorosa y el paisaje avanzan por carriles distintos. Los párrafos sobre el quiebre sentimental se sienten como añadidos, como apartes. Funcionan como un recordatorio del porqué de la historia, pero no aportan mucho al desarrollo. Si las novelas fragmentarias persiguen su sentido, Los llanos peca de imponerse ese sentido con demasiada voluntad: como si en realidad no lo necesitara. Lo bueno es que sus descripciones son tan sobrias, tan logradas, que al final uno se lo perdona todo.

recinto
Recinto psiquiátrico
Marco López Aballay
Ediciones Casa de Barro
San Felipe, 2021
110 páginas.

Recinto psiquiátrico, de Marco López, está en las antípodas de Los llanos. Es un libro sangriento y demencial, lírico y desmedido. La primera parte tiene cuarenta sesiones psiquiátricas en las que su protagonista, Peruco Moya, describe su locura a la doctora Zinaída Kovalenka. Sólo en la primera página uno ya se encuentra con sangre, escupitajos, demencia, sexo oral, pesadillas y suicidio. El resto, ya se puede intuir.

Abordar un personaje esquizoide con taras sexuales e instintos asesinos no parece una buena idea: es de esos argumentos que un escritor veterano habría desalentado rápidamente en un tallerista. Sobre todo cuando la mitad del libro está monopolizada por su vida interior. Digámoslo: lo lógico es que un libro así no haya funcionado. Se trata de una premisa podría haber terminado muy mal. Y sin embargo…funciona. 

De haber sido un libro continuo o monotemático, Recinto psiquiátrico habría resultado agotador. Pero la estructura en partes ayuda a leerlo sin tropiezos: como una secuencia de vistazos a un mundo trastornado, o un viaje a los soliloquios del desvarío, y no como una marea de acumulaciones irrealistas bajo la excusa de la demencia. 

En los capítulos posteriores, hay historias polifónicas que se conectan con la historia de fondo, añadiendo elementos de intriga en torno a un militar retirado y a una mujer, y ayudando a mantener el interés más allá del experimento inicial. Es difícil no asociar esta alternancia con las novelas de Bolaño, donde las enumeraciones de fechas, personajes y crímenes funcionaban como un acelerador de situaciones, y donde la serialidad pasaba a ser un motivo en sí mismo.

Recinto psiquiátrico es un conjunto de historias y digresiones bajo el prisma de la locura: iluminaciones, citas y poemas con símbolos exactos para su anarquía (“las neuronas sartenes arman una fiesta gigante, a la que se suman ollas pélvicas, licuadoras intestinales, costillas sillas (…)”. Moya es un Lautréamont de posdictadura o un Vila Matas en ácido. Desconozco si su autor habrá estudiado a la esquizofrenia o si habrá usado su imaginación, pero buscando casos similares, su voz resulta muy lograda: aterida por la paranoia, por sus vivencias, y por la persecución abstracta de símbolos y letras. 

En una época en que la literatura debería preguntarse más por su lugar entre las pantallas, ambas novelas plantean preguntas interesantes –aunque para nada nuevas– sobre la relación entre imagen y palabra, entre ideas y ficciones, y acerca del sentido que tiene (o no) el seguir escribiendo cierto tipo de historias en un mundo en el que todos los textos se han vuelto discontinuos.


Cristian Rodriguez Büchner (Valdivia, 1985). Poeta y narrador. Profesor de lenguaje y Mg. en Literatura Hispanoamericana. Editor y columnista de revistaelipsis.cl. Ha publicado Lluvia de Barro (cuentos, 2012), Caligrafía del Insomnio (poesía, 2017) y 19 poemas (2020). 

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