Hoy, mi deber melancólico (por Pablo Ayenao)

 

Un muchacho soberbio aguarda bajo un tupido castaño. En los perentorios mensajes de voz, me trata de usted. Hace un par de años, cuando nos conocimos, eran otros sus acentos, sus inflexiones. Se nota que ha aprendido lenguas extranjeras, presiento que ha recuperado lenguas propias. Asimilar y recobrar vendrían siendo lo mismo, la misma ilusión o el mismo desenfado. Chico centennial agita la cabeza apenas advierte mi presencia. Nos saludamos sin fulgores ni cortesías, sin nada que perder. Abreviando el tiempo, caminamos mansamente entre hojas secas, hasta que decidimos irrumpir en un bar futbolero. Por fin estamos a gusto, o casi. Todo se arregla con un par de tragos, todo se arregla con un poco de cariño. Reímos tímidamente, charlamos abstraídos, observamos de refilón el juego. Universidad de Chile versus Deportes Temuco. El tiempo acontece más rápido de lo que hubiera prefigurado en un primer momento. Un par de fotos, vana ambición de porvenir. A las nueve de la noche, lo beso tierno en cada una de sus doradas mejillas. Las cosas salieron bien. Muchacho centennial regresa raudo al terminal de buses rurales. Es hora de esperar un último recorrido, un último pasaje hacia la estepa.

Amo la cerveza barata, odio la cerveza artesanal.

Nunca son fáciles los retornos. Menos aún los retornos de una osada intimidad virtual. Cuesta saltar la valla y afrontar el viciado horizonte, cuesta conciliar el sueño después de aquella incesante lluvia de fantasmas y  decepciones.

¿Dónde duermes, Carolina? ¿Recuerdas el primer beso en la pista de baile? ¿Estás arrebujada en un cuarto de hotel esperando piadosas municiones? ¿Aún te maquillas los pómulos en el montacargas?

Una leyenda, una pequeña y sojuzgada leyenda.

El paisaje se parece a Liquiñe. Sí, podría jurar que es Liquiñe. En ese perímetro deambulé un par de temporadas, hace ya más de treinta años. Pero ahora la aventura se descalabra, porque es invierno y no precisamente en mi corazón. Pura nieve, puro hielo, pura tristeza. Voy en un moderno sedán con asientos de cuero y a mi lado una mujer de ojos negros con el pelo a lo Barbra Streisand, a lo Pam Grier, a lo Grace Jones  lo conduce con implacable maestría. ¿Cómo sé que viajo en un sedán? Todo se refleja en los inmaculados murallones de roca. El auto cruza un deteriorado puente, el mismo puente que me horrorizaba cuando niño. Al fondo del despeñadero, el furioso río arremolina piedras volcánicas. Toda majestuosa la cordillera, todo peligro es la corriente. Ruedas encadenadas, cazadores en hibernación. Conozco tan bien estas acuarelas, estos primorosos delirios. Mujer de ojos negros con el pelo a lo Molly Ringwald, a lo Daphne Zúñiga, a lo Zoe Lund narra fabulosas e inmortales patrañas y cambia la radio del sedán. Luego, su risa y su saliva mojan los espejuelos. ¿Quién será? ¿Dónde la conocí? ¿Puede ser una amiga?

Éramos niños y hablábamos del dolor. Parálisis en el centro del músculo cardiaco.

Luminosos veranos cuando nos perdíamos entre los senderos de ceniza ardiente. A veces con mi hermana, a ratos con mi hermano. Nunca los tres. Yo, siempre el menor, el más delicado. Insufribles veranos. Mi hermana me lanzaba hacia el columpio y yo, estremecido, apuntaba mis pies hacia un cielo imposible. Polvorientos veranos. Mi hermano trepaba un árbol de cerezas y allí permanecía tardes enteras, escondido siempre escondido Tórridos veranos cuando nos bañándonos desnudos en el rio con el idiota de mi primo, y con el guapo primo de mi primo. Yo, siempre el menor, el más impertinente. Húmedos veranos. El primo de mi primo jugaba a lacearme. Una áspera cuerda aprisionaba mis rodillas y entonces caía en el pasto reseco. El primo de mi primo me cazaba, su cuerpo se frotaba contra el mío. Aparentábamos una batalla para evitar que todo se nos escapara de control. 

Agua de cordillera, nunca agua de estuario. Hemos visto las cosas más atroces.

Mujer de ojos negros con el pelo a lo Rachel Griffiths, a lo Chloe Sevingy, a lo Linda Manz apaga el motor del auto y me advierte que el último trayecto debemos encararlo a pie. Frente a mi nariz, una inmensa e implacable sinuosidad. Mujer de ojos negros con el pelo a lo Trini Alvarado, a lo Ángela Basset, a lo Rita Moreno camina muy convincente con su sentencia. Yo intento no bajar la mirada ni menos la firmeza. Al final del laberinto se levanta una cabaña y allí nos espera un hombre de camisa leñadora y espalda de mármol.

Estamos absolutamente mojados. Bebemos café tras café. Es espeso el olor de la humedad. Más que espeso, penetrante. Sobre el pasamanos de la escalera, los pantalones esperan secarse. Ojalá lo hubiera sabido todo antes. ¿Recuerdas? Nos gustaban las mismas canciones y los  mismos muchachos.

Leñador coquetea con mujer de ojos negros. Mujer de ojos negros coquetea con leñador. Se acercan, se abrazan, se besan. Acaban haciendo el amor frente a una moribunda chimenea. Acá no existen los preámbulos ni los afanes. Mujer de ojos negros con el pelo a lo Bibi Andersson, a lo Isabelle Huppert, a lo Katy Jurado arquea la espalda dibujando un severo éxtasis. Leñador con el pelo a lo Sam Mineo, a lo Tony Burton, a lo Kriss Kristofferson abre la boca tan fuerte que sus finísimos labios se rasgan. Yo los observo con templada resignación, al tiempo que acaricio un cuesco de cereza que baila en mi bolsillo. El café se ha enfriado, ahora bebo espumante cebada. Un último embeleso. Leñador con el pelo a lo Robert Earl Jones, a lo Rupert Graves, a lo River Phoenix (en Mi Idaho privado) extiende su mano y me invita al baile. Renuncio a participar, renuncio a todo. Siempre he preferido el inefable plano voyeur.         

Afuera la nieve sigue cayendo y ya no reconozco las montañas. Puede ser Choshuenco, puede ser Alpehue, puede ser Cululil. Creo que estamos cerca de Icalma. Tal vez más al sur, tal vez más al poniente.

Carolina, nos conocemos desde los trece años y ya no hay vuelta atrás.

Leñador con el pelo a lo Terence Stamp, a lo Jhon Gavin, a lo Sidney Potier; y mujer de ojos negros con el pelo a lo Carmen Miranda, a lo Josephine Baker, a lo Jeanne Moreau culminan la rutilante y urgente faena. A continuación, se visten muy rápido y se peinan con escrupuloso esmero. Bellos cuerpos que  dejan atrás el amor y la rudeza, bellos cuerpos que dejan atrás el soplo irreductible. Volvemos a las sinuosidades, volvemos  a subirnos al auto que ya no es un sedán con asientos de cuero, sino una reluciente land rover. Mujer de ojos negros conduce, leñador es un presto copiloto.

Estas líneas son mi última llamada, Carolina.

Bajamos raudos desde alta cordillera. Pura selva, el espíritu del bosque. Nadie habla, los minutos, las horas se agolpan en el espejo retrovisor. Extremadamente diestros, quitamos las cadenas del auto y pasamos por playa Pocura. Recuerdo perfectas tardes con mi corazón brincando tan portentoso, recuerdo perfectos amaneceres tomando sol y comiendo choclos con mantequilla. Parece que fue hace mucho, pero no. El tiempo es solo humo que merodea y siempre intoxica. En Pocura le enseñé a nadar a mi sobrino y aprendíó como todo un profesional. ¿Mi hermana? ¿Dónde correteaba por aquellos días?  Ahora su rostro en una caja de leche, antes su cuerpo luchando en pleamar ¿O era mi hermano el náufrago? ¿O quizás era yo?  Mujer de ojos negros con el pelo a lo Liv Ulman, a lo Lili Taylor, a lo Alexis Arquette enciende el aire acondicionado. Un precepto atraviesa mi mente. En el portamaletas viajan felinos enclaustrados, felinos salvajes. Tenemos todo dispuesto para la operación. Voy recordando, empiezo a recordarte. Leñador con el pelo a lo Jhon Cazale, a lo Sam Shepard, a lo Gunther Kaufmann me guiña el ojo y ahora es él quien cambia la radio del auto. Melodía eterna. Las imágenes cambian de forma tras la pulida ventana. Peligrosa y erosionada pradera, vertiginoso estrago en lontananza.

Llanura de los amantes, siembra de los pobres.

Ya no queda ningún rastro de nieve. Todavía creo en ti, Carolina, todavía entonamos baladas animales.

Parece un parpadeo, pero no.

Ahora pinos y eucaliptus nos rodean impasibles. Pueblo madereros, pueblos tan pobres que espantan al más valiente. El sol brilla con rotunda intensidad. Cantina tras cantina, monosílabo tras  monosílabo. Vislumbro cuerpos morenos que se mueven al compás de las rancheras. Sí, estamos por llegar a Puerto Saavedra.

Un jeep azul alcanza velocidades supersónicas.

Olas encrespadas, playa Maule. Nuevamente caímos en este espiral del destiempo. Pienso en mi hermana, en su febril constancia. Pienso en mi hermano, en su inclemente ternura.

Es una ley: mujer de ojos negros con el pelo a lo Marylyn Chambers, leñador con el pelo a lo Casey Donovan.

Un icono insurgente fue mi hermana, un reguero de cenizas fue mi hermano. Raíz que se pudre en impenetrable arcilla. Al final las cosas salieron bien. No pretendo el porvenir, menos aún el arrebato.

Irreprochable ofuscamiento. Una mutilada lagartija corriendo por mi pubis, la grotesca risotada de mi primo.

Orilla negra, piedras negras, gaviotas negras. Cuando la ola retrocede, corro rápido hacia el horizonte y en la arena entierro el corazón de una cereza. Luego, giro mi cuerpo y vuelvo a correr, ahora mirando hacia el este.

Agua de estuario, nunca agua de montaña. Nos declaramos amor solo una vez.

Los árboles no crecen en el mar, la nieve no cubre el horizonte. Mi sobrino es la reencarnación de mi hermano. Se llaman igual y nacieron el mismo día. Pero son tan distantes. Uno semeja bosque valdiviano, dulce resina. El otro fue solemne plantación  insigne, pura celulosa.

Otra vez al auto. Maldito furgón escolar, traviesa oruga amarilla. La radio solo emite estática. En el portamaletas del vehículo ya no viajan gatos monteses, no. Ahora las sublimes manchas negras agonizan en un muy recio barco camaronero, ahora el portamaletas acarrea concentrada arena pronta a adornar estancias colosales.

Temuko nos espera, Temuko nos aprisiona.

Al final del día, mujer de ojos negros y circunspecto leñador son dos perfectos desconocidos, ya no cruzan palabras ni miradas. Mujer de ojos negros con el pelo a lo Isabel Sarli, a lo Nichelle Nichols, a lo Vansessa Redgrave (en Blow up); y leñador con el pelo a lo Tab Hunter, a lo Robert La Tourneaux, a lo Joe Dallesandro. Cuando alcanzamos Torre Caupolicán, los dos se bajan al mismo tiempo del furgón, pero caminan en direcciones contrapuestas. El motor sigue encendido, el aire acondicionado sigue encendido. Me acuesto en posición fetal e intento dormir. Un sueño dentro del sueño. Pero es absurdo, inútil mutación. Entonces, súbitamente furibundo, irrumpo en Torre Caupolican y me paro frente al ascensor. Aprieto el número cinco y contengo la respiración, contengo todo.

En mi bolsillo baila una castaña. La sembraré cuando regrese la detestable primavera, la sembraré cuando regrese el fecundo invierno.

Se abre la puerta del ascensor y contemplo el reflejo de una mujer que se maquilla los pómulos.

Frágil y triste descendencia. Ojalá hubiera hablado contigo después de la noche aquella. Me domina un reverencial miedo, pero eso ya lo sabes. Sangre y arena inundando los malditos tímpanos, sangre y arena inundando los malditos resquemores.

¿Leerás mis signos, mis doblegados signos, Carolina? ¿Qué tan rápido viaja el opioide desde tu brazo hasta tu cerebro? ¿Descubrirás la pantalla y te reconocerás en esta crónica, Carolina, ingrata Carolina?


Pablo Ayenao Lagos (Pitrufquén, 1983). Profesor de Castellano y Magíster en Ciencias de la Comunicación. Ha publicado los poemarios Fluor (2013), Antes que el Alba te Sacuda en el Pavimento (colib2015), la novela Memoria de la Carne (2015), y los cuentos Animales Muertos (2021).

Imagen de la cabecera: Chicos en la playa de Joaquín Sorolla (1910).