Ofrendas al viento y su óxido, de Felipe Moncada (por Jonnathan Opazo)

El errante y sus estaciones

978956605436

Ofrendas al viento y su óxido
Felipe Moncada
Editorial Aparte
Arica, 2022
208 páginas

En un artículo que leí por razones que acá no vale la pena consignar, el crítico Niall Binns se refiere con preocupación a un síntoma que en la poesía española –española de España, todo sea dicho—se manifiesta por ausencia: salvo contadas excepciones, nadie sabe el nombre de los árboles y flores, mucho menos el de los pájaros. “En España –escribe Binns—, me ha dicho una amiga escritora, hay dos tipos de pájaros: el pajarito y el pajarraco”. De ahí, en parte, su interés por la, comillas comillas, tradición hispanoamericana, donde la huella de la experiencia con el paisaje, el entorno, el territorio o como sea que queramos llamarlo, se manifiesta en versos de diversa ralea, en narradores y poetas, cronistas y tuiteros. Ahí están los guanacos tutelares nerudianos, los concones de Mistral, los chincoles de Carrasco, las múltiples especies capturadas a vuelo de pájaro por Elvira Hernández, el zoológico diverso de José Watanabe, entre otras muchas obras esparcidas a largo y ancho del hemisferio suramericano.

Comienzo con esto porque me parece que es una de las tantas entradas posibles a la obra del compañero Felipe Moncada, que tiene en Ofrendas al viento y su óxido una especie de summa o destilado fino. Pasaremos de largo con el término antología para hablar –mejor, según mi modesto punto de vista—de recorrido. Pero antes de subirnos al tren quisiera consignar un dato: el trabajo curatorial –curador de curadoría y no de curadera—estuvo a cargo del poeta Lucas Costa, que anteriormente había estado a cargo de compilar, en el mismo ánimo, las obras de dos poetas fundamentales: José Watanabe y Ricardo Herrera. Lo interesante es que tanto con la obra de Herrera como con la que aquí nos reúne, Lucas se permite desordenar el corpus para proponer una forma de abordarlo. En el caso de Herrera, combinándolo en una especie de serie aleatoria.

En Ofrendas al viento…, en cambio, nos presenta un recorrido inverso: ingresamos a partir de un puñado de poemas inéditos de factura más o menos reciente para deshacer el camino desde Migratorio del 2018 hasta Irreal del 2003. En este último, aunque deberíamos decir primero, encontramos un poema que funciona como poética o carta de navegación. Tiene por título “Cosa de percepción” y dice

                  El sismógrafo de Huidobro
                  registra el paso de Lenin por el mundo

                
                  el mío
                                                     –toda primera persona resulta un absceso
                                                     –toda comparación una alegoría

                  apenas
                  registra una mujer vendiendo bolsos
                  en el Persa Estación Central

                  realidad que de ahí en adelante
                  podría ser la obsesión de la semana:

                  los pantalones elasticados de la vendedora
                  y la expresión de felicidad en la pareja.

Estamos entonces ante una serie de poemas que podrían leerse como los registros de una cierta sismología del mundo sensible. No los grandes terremotos y sus fracturas geográficas a gran escala sino más bien el movimiento telúrico que detectan algunos pájaros, piedras, y quizá la hierba del camino, plantas pioneras emergiendo del magma quieto de la tierra. Alguien podría decir, con justicia: pero qué importa el mundo. El poema trabaja en el lenguaje, entre y con los nombres. Y sí, podríamos responder, pero acá comparecen ante nosotros nombres muchos cuyo amplio encadenamiento ofrece un viaje de múltiples estaciones; recorrido ya no a la manera del flaneur moderno sino más bien de los anarquistas errantes de Manuel Rojas o los crotos que tan maravillosamente filma la realizadora argentina Ana Poliak. Nombres de plantas, nombres de árboles, toponimias, especulaciones en torno al origen de ciertos deshechos, la posibilidad de la taxonomía carnicera como exposición de arte moderno. Estos poemas tienen una de sus tantas riquezas en devolvernos hacia la experiencia de un lenguaje cuyo tráfico podríamos ubicar en terminales interprovinciales, librerías de usado, excursiones a cerros de diversa altura y dificultad, pensiones de trabajadores y estudiantes, huertas pequeñas hechas con materiales reciclados, expresión esta que los ecocríticos tienen en alta estima. Para no sonar chamuyero ni abstracto a pito de nada, leamos a modo de ilustración el poema “Bolsas”:

De China,
una zapatilla, de Talcahuano
una lata de jurel, de Camarico
una garrafa plástica, de Vietnam
una camiseta acrílica, de Talca
huesos de pollo, de Santiago
un botellón, un pañal
una pila que se oxida en la nieve
¿de dónde proviene la pila?
De Quilicura
una botella de ron Silver
de la lejana República de Chile
un trozo de sanitario, de Vilches
cáscaras de nueces, carbón
y gallinas que pican
el plumavit de las cabañas

Toponimias, desechos, animales, basura, desórdenes en la taxonomía geopolítica: a esa clase de movimientos nos referimos cuando decimos que los poemas de Felipe juegan de manera inteligente con ciertos registros de lenguaje que parecen configurarse como una forma de experiencia del mundo. No hay en el poema un ánimo de denuncia en clave Greta Thunberg versus el Antropoceno y los Adultos que lo propiciaron sino más bien la enumeración, para nada caótica, arqueológica si se quiere, de los restos de muchos viajeros o turistas casuales. Pequeños temblores en el sismógrafo del poeta en su cabaña.

Para no aburrirlos, voy a cerrar ahora con una anécdota o algo así. Con algunos amigos solemos decir que Felipe Moncada es nuestro Gary Snyder. Pero Gary Snyder es, pienso ahora, la prolongación, contra el tiempo y espacio, contra la Historia, de la ética de los viejos poetas chinos que se dedicaban a mirar y registrar el mundo con una cierta transparencia y economía de recursos envidiable. Monjes laicos que se sirvieron del satori para algo más que descubrir la Nada. Esos poemas son, para muchos, amuletos contra el mundo. O quizá para entrar al mundo, a otro mundo posible que se hace en las palabras y en el caminar permanente, a ras de suelo, aplastado por el cielo y cubierto por las copas de olivillos jurásicos.


Jonnathan Opazo Hernández (1990). Ha publicado poesía, crónica y ensayo. Ruina (Editorial Bifurcaciones, 2021) es el más reciente. Premio Roberto Bolaño 2016. Colaborador en Lo que leímos.

Imagen de la cabecera: https://www.lempertz.com/en/catalogues/artist-index/detail/collier-edwaert.html