«Limpieza y resurrección» por Cristián Gómez

 

LIMPIEZA Y RESURRECCIÓN

 

I.-

 

Mi padre era más joven cuando se limpiaba
las uñas con esta lima, y dejaba brillante
sus zapatos antes de llevarnos al colegio
cruzando por Bandera hacia Avenida Matta,
era más joven haciéndole el quite a las micros,
puteando cada vez que veía a un paco,
frenar es un arte que se aprende
en Santa Rosa con Gran Avenida, en Trinidad
al llegar a Vicuña, tal vez sería demasiado
hablar de satori cuando llegábamos a la hora
pero parecía tan normal hacer la fila
sin que la Torre de Babel se derrumbara:
decían que conversaba con todo el mundo
mientras el coro anuncia nuestro destino
envolviendo frutos de la tierra con artículos de diario
escritos con una prosa digna de aquellos
que merecen el cielo por el solo hecho de escalarlo:
era más joven por las murallas rojas de la Iglesia
de San Francisco, por el mohicano dibujado
a sus pies mientras alguien fotografiaba un rostro
para que el reino de la imagen tuviera súbditos
en el nuestro, hubiera sido más fácil
condenarnos a la hoguera que vender tarjetas
de navidad a fin de año, las fluctuaciones de la Bolsa
moldearon como un alfarero nuestro carácter: la paciencia
es el torno que gira como un disco, la aguja rayando
su superficie escribe en realidad este mensaje:
es hora de decidir entre la imagen y el espejo.
Mi padre era más joven, pero nadie lo recuerda.

 

 


II.-

 

Parecía un monje:
envuelto en una sábana,
la cabeza cubierta con lo que podría
haber sido una capucha, tendido
sobre la misma cama en que los doctores
decían que no supo de sufrimiento.
Parecía meditar. Por lo menos
el telón de fondo cordillerano
disponible más allá del ventanal
invitaba a confundir las cumbres
con esa sabiduría que la vida le negó: tal vez ahora
¿se puede hablar en estos casos de postrera lucidez?
llegue a alcanzarla. Después trajeron, literalmente,
un cajón –metálico, para agregarle más frío
a aquella madrugada. No mucho antes
me habían llamado por teléfono. Qué hubiera
hecho Octavio Paz. Qué habría dicho doña Gabriela.
Me piden que me haga a un lado para poder
llevarlo hasta la morgue. Este es el precio del apego,
decía Gary Snyder en uno de sus poemas más tardíos.
Este es el precio de morir con los ojos cerrados
sin poder contemplar la cordillera.
Sus cumbres emblanquecidas.
Lo impávido de las montañas.
Ni siquiera estaba durmiendo cuando recibí el llamado.
“Lo siento”, terminó diciéndome la doctora.
Yo sé que lo siente mucho, iba a contestarle.
Pero estaba empezando a amanecer, y era la hora
de partir. De salir a buscar un taxi en medio
de la nada. Salimos y aún no amanecía.
Una especie de claridad venía del otro lado de la cordillera.
Eso era todo: una especie de claridad
asomándose al otro lado de las montañas.
Y nosotros de este.

 

 

 

JUAN X, 25-26

 


Las turbulencias no dejan dormir a los pasajeros.
Alguien se decide a filmarlo. Debemos ir
en medio del océano, sin posibilidad
de mirar hacia abajo y descubrir las luces
de las ciudades para contar las horas
que nos faltan. Los remezones despiertan a
medio mundo y la señal de abrocharse los
cinturones no es una metáfora. Se escuchan
algunos gritos. Luego por el intercomunicador
la voz del capitán pide disculpas por los inconvenientes
que la situación pudiera haber creado (sic) y no sin
indiferencia algunos vuelven a dormir. El resto
se apresura a compartir sus videos y comentar lo
sucedido. En ningún momento se detuvo la película
que estaba viendo, salvo cuando intervino el capitán.
Una película que me recordaba lo que estaba viviendo
en esos días. El deus ex-machina proveniente
de la cabina de control no hizo sino aumentar
la sensación de estar viendo pasar mi vida
delante de una pantalla. Antes de que terminara
el vuelo, había terminado la película. Cuando
llegamos a un terminal parecido a todos
los terminales del mundo, gente que venía
en el avión seguía comentando lo que habían
vivido. No pude sino recordar unos versos
que me sé de memoria (“Por segunda vez llamaron
al hombre que había sido ciego y le dijeron:
Da gloria a Dios; nosotros sabemos que este hombre
es un pecador. Entonces él les contestó: Si es pecador,
no lo sé; una cosa sé: que yo era ciego y ahora veo”).
Tenía que hacer hora para esperar la conexión.
Me senté en un bar detrás de cuya barra
un espejo nos reflejaba a todos los que esperábamos.
Lo que vimos, lo que dejamos de ver y lo que llegaremos
a ver algún día se conjugaron en una sola imagen
pero no tiene ningún sentido hablar aquí de ella:
ustedes también la habrán visto sentados delante de esa barra.
Ustedes también se habrán bajado de ese avión
juntando las manos para dar las gracias.
Y la sangre de nuestro señor Jesucristo
servida delante de ustedes.

 

 

 

AUTO DE FE

 


Estoy enamorado de las fotografías que tomé
en Valparaíso, pero también de las que tomé
en Viña del Mar: estoy enamorado de los cables
que mantenían con vida a mi padre hasta que no
pudieron seguir manteniéndolo con vida: enamorado
de las tardes que pasé en Portugal con Rancagua,
dando vueltas por esa esquina por si acaso algún muerto
allí en la Posta resucitaba, enamorado como no creía
que se podía estar de los rayos ultravioleta que caen en la piel
de los que se sientan a almorzar a mediodía, de los efectos
del alcohol sobre los que habían dejado de tomar y ahora
se arrepienten, como si tuviera cinco años enamorado
de los abrazos que te dan cuando te reciben y te dan cuando
te vas, enamorado de los edificios que ahora pululan
por encima de las antiguas casonas de adobe patronal,
de los departamentos que ahora albergan a los que antes
trabajaban para el señor y tal vez todavía lo hagan:
enamorado hasta tener que pedir auxilio, enamorado
porque a más de alguno le haría bien estar enamorado,
bendita la hormiga sepultada debajo de mis nudillos
cada vez que intento hacer hablar a las murallas
porque de ellas será el reino que habitamos
los que predicamos la ideología de hablar con la piel,
aquella que rinde frutos similares a la ideología
de comer con las manos y terminar limpiándose con el mantel:
matorrales a orillas del camino en lugar de nosotros,
aves de paso que podríamos seguir, piedras
que no son ruinas y sin embargo guardan un mensaje:
tráiganme algún imperio que añorar, un futuro
que no se pueda predecir, pero del cual juraremos
traer la buena nueva, delante de un comité compuesto
en la misma medida por médicos y sacerdotes:
doctores de una ley demasiado rigurosa
para admitir que la nostalgia es una forma
de poder: viajar en el tiempo es un acto de amor
como una mosca que vuela alrededor de nosotros
para luego irse sin dar más noticias de sí misma.
Como ese plato que todavía está humeando.
Como el viento que en este minuto desordena tu pelo.
Y tu teléfono que suena para interrumpirnos.
Y mi padre que agoniza lejos de aquí.
Y las tumbas espolvoreadas para quedarse
con sus huesos. El instante que ya fue es ahora
y el que será está siendo y es. Enamorado
de una fotografía: más bien de haberla tomado.
Si pudiera enseñárselas me entenderían.
Esa mezcla de luz y de acetato que llevo en un bolsillo
los exculparía para siempre de la vergüenza:
ténganme fe. Por primera vez en vuestras vidas.
Ténganme esa cosa parecida a la desconfianza
y al arrepentimiento que ustedes llaman fe.

 

 

 

SEGUNDO AUTO DE FE

 


Yo quería ser mi madre pero no me perdonaron.
El computador dice que ahí falta una coma:
yo quería ser mi madre, pero los museos
de la ciudad aún no están abiertos, pero los museos
de la piedad cobran una entrada: díganle a Javier
que el bote no tiene remos, díganle a los sumos
sacerdotes que hoy por hoy no se puede dar por hecho
que el diablo se cruce en tu camino cuando vayas
caminando por el Elqui, a los más engarzados
de los creyentes comuníquenles por favor
que al final he dado mi brazo a torcer siempre
y cuando alguien me lo rompa, déjense
de aromaterapia, déjense de comprar sus regalos
en los duty free del aeropuerto, lo importante
es que mi madre se muera rodeada por sus hijos,
lo central es que se abran las grandes alamedas
para que mi madre avance por el bandejón central,
que las centrales nucleares se construyan lejos
del litoral de los poetas, que los frutos del árbol del
conocimiento sean por fin de libre descarga, yo
quería estar llorando pero mi madre dijo que la tierra
se escarba con los dientes, yo voy a subir un cerro para
quedar enterrado en los glaciares, yo uso la primera
persona para que el pope tenga motivo de ira
y asimismo motivo de perdón, las casas de fachada
continua y las mesas de tevinil que pululan por nuestros
poemas son a la larga uno y el mismo medicamento
abandonado encima de la mesa: lo recetó un tipo
de lentes que se hacía llamar el mago de Oz, donde
íbamos a bailar en aquella época cuando en vez
de perseguir a nuestras madres perseguíamos a las
bailarinas de los noventas, chicas en negligé
de las que terminamos enamorándonos, chicas
que se hubieran casado con nosotros si nosotros nos
hubiéramos casado con ellas, pero decidimos aaaah,
pero pensamos oooohhhh, lo teníamos todo
tan bien planeado: ahora quiero ser una mujer
de ochenta años llorando por un viejo de noventa.
Pater familias sin tablas de la ley ni pueblo alguno
al cual dirigir, a los pies de la montaña buscar
a algún anacoreta que guarde en la boca alguna
profecía, la tengo o no, no vamos a comprenderlo.
Pero eso ya lo sabe de antemano. Pero eso
lo predijo a la salida del Lagar un enano que
era parte de nosotros: ahora nos corresponde
hacer algo con todo eso (un proyecto que reúna
firmas, un prólogo de buenas intenciones,
un acantilado con la firma estampada entre las rocas:
una palabra pendiendo del abismo, un paréntesis
imposible aunque quisiéramos cerrar.

 

 

 

 

NO TENGO POR QUÉ PONERLE
TÍTULO A AQUELLO QUE NO LO TIENE

 

Esto es lo que me espera:
un oficial de inmigración timbrándome
el pasaporte, agregando un bienvenido a casa
que hubiera preferido no escuchar.
Un alumno preguntando por la fecha del próximo
examen. Un colega invitándome a comer.
Un correo electrónico donde me piden
que evalúe un artículo sobre representaciones
de la maternidad en la poesía peruana de hoy.
Un viaje repentino porque alguno de nuestros
parientes ha decidido dejarnos en herencia
sus novelas de Corín Tellado, libros cuyas
portadas desaparecieron en manos de los deberes
escolares de nuestros primos. Un par de días
a la semana visitando los centros comerciales
que nos sirven de escondite y de refugio.
Ningún mensaje tuyo. Ningún correo para decirme
cómo estás. Ninguna noticia de esa casa en la playa
con la que tanto habías soñado, ningún comentario
al pasar sobre lo grandes que están tus hijos.
Los surfistas seguirán capeando las demandas del lenguaje.
La bruma cerniéndose sobre la playa donde los bañistas
impertérritos aguardan impacientes la llegada del sol.
Y una pareja caminando despreocupada sobre la arena
como si todo el tiempo del mundo estuviera literalmente
a sus pies. En los roqueríos se detienen a contemplar
algo que al parecer está muy lejos: si supiera lo que es,
te lo susurraría al oído y este poema sería innecesario.
He tratado de averiguar lo que están viendo, pero tendría
que llegar a hasta esas rocas y estar como ellos
tomado de las manos: tendría que haber hecho el mismo camino
que ellos hicieron sobre la arena, tendría que haber pasado
por las mismas cabinas de peaje donde ellos buscaban en el bolso
un poco del dinero que habían traído consigo
para ver lo que están viendo. Y aun así sería imposible.
Las gaviotas ven su imagen antes de entrar en el agua:
pescan atravesándose, les disputan su alimento a los pescadores
cazando una presa bajo sí mismas: eso es, precisamente,
lo que me espera. Un arsenal de buenos modales
para sentarme en una mesa vacía. Un cuento
que hable de quien lo escribe. Un semáforo en verde
por los próximos mil años.

 

 

 

UNA DESPEDIDA

 


Buscar adoquines para recordar aquellos
por los que caminamos, de noche, sabiendo
que el agua envenenada se puede beber

siempre y cuando alguien sea capaz de convertirse
en mono para hablar del reino de los animales: alguien
que sea un pedazo de madera arrojado por la resaca,

alguien medio litro de cerveza, alguien las llaves del auto
que tus padres te regalaron con tal de que lo cuides:
los árboles están de luto, pero las calles no se inmutan

ni son –tampoco- nuestros cómplices. Menos podría
decirse que nos hayan visto caminar o guarden
memoria de lo que nos dijimos, el departamento

donde pasamos una tarde y una noche ha sido
capaz de resistir las trompetas que tumbaron
las murallas de Jericó, sin caer en manos

de los arqueólogos: las luces que anunciaban
su presencia con la timidez de quienes
se acercaban buscando su refugio,

la basura acumulada en las esquinas
sin que medie una huelga de los que
la recogen y el aliento alcohólico

con que nos anticipamos a la llegada
del mejor de mis amigos, piedras
cuya conducta puede predecirse

arrojándolas sobre la frente
de cualquier Goliat que quiera
desafiarnos a la salida de estos bares:

historias que no calzan con la mitología
empeñada en hacernos escribir para llamarnos
escritores, en sentar un gato en nuestra falda

para tomarnos una fotografía con él y así,
mirando a la cámara, definir sin haberlo vivido,
saciar tu sed observando detenidamente el agua:

este paisaje elige los colores con que habremos
de evocarlo cuando alguien nos pregunte
si alguna vez fuimos felices y, ante la duda,

el mozo del restaurant se nos acerque
y nos entregue su confesión en el oído:
cada uno de los pasos que diste te alejaba

sin saberlo de este lugar. Vete, entonces,
de aquí, aunque no creas que te hayas ido.
Vete. No es una condena, sino una obligación:

esta es la ovación sin espectadores que te espera.
Tu once de septiembre de mil novecientos setenta y tres.
Tu propio bombardeo de La Moneda, tu asalto

al Palacio de Invierno blandiendo como escudo
una bandera. Pero una bandera sin colores
que no flamea ni respeta al viento:

una enseña de nada para nadie, un recuerdo
que ni siquiera te pertenece, pero insiste
en visitarte apenas te despiertas.

Y los simios se balancean en las ramas,
imitando –es lo que suponemos–

una despedida.

 

 

 

 


ROMANOS, 11

 


Siete mil hombres que no han
doblado la rodilla delante de Baal.
Siete mil hombres incólumes a la tentación.
Yo no soy uno de ellos. La mía la hinqué en tierra
delante de ti. He derribado altares y he ignorado
a los profetas. Dios me ignora como ignora
a los israelitas, pero él no se ha olvidado de su pueblo.
Su pueblo, en manos de rufianes, se ha olvidado de él.
Estoy arreglándome el nudo de la corbata delante del espejo.
Estoy durmiéndome una siesta cuando debería estar trabajando.
La mujer de Job no tiene nombre, el autor del Mío Cid
no tiene nombre, no es necesario desperdiciar
una botella de espumante en la botadura de un barco fantasma,
la torre Eiffel es un símbolo que sólo conocen los iluminados,
las corrientes marinas de Baja California llevan en sus aguas
un mensaje secreto que sólo pueden descifrar los lectores
más avezados de Joaquín Murieta: yo quería escribir un poema
de amor, pero mira lo que terminé escribiendo: un elefante
en la cristalería, un traje de astronauta colgando
de un perchero de tu closet, una lluvia de estrellas
como una metáfora indiscutible de una lluvia de estrellas.
Un arco descrito en el cielo por una piedra arrojada
contra el futuro. Y una derrota que comienza
con las fotocopias que sacábamos en el pasado.
Y aún no terminamos de leer.

 

 

 

 

SONETO DE 25

 

Te estoy esperando. No vas a venir
pero te estoy esperando, a orillas
de un lago donde puedo mirarme

de pie te estoy esperando. El agua
rebota o choca o besa esta orilla
y los que se bañan en ella no pueden

alegar contra el oleaje, pero sí podrían
imaginarlo, mientras de pie yo sigo
esperándote. Hay aves, sí, pero el trabajo

de los ornitólogos consiste en ignorarlas:
son los bomberos del futuro, haciendo
piras con lo que alguna vez pensamos

sería el nuestro: aletean en el aire
al igual que las cenizas que, sí, se las
lleva el viento: tal vez nosotros mismos

esperábamos a alguien sentados en aquella
playa, ¿te acuerdas? Alguien que no llegó.
Alguien que no va a venir, pero estoy de pie.

No hay tiempo sin arena. A lo lejos
las luces de las últimas casas todavía están
prendidas. ¿Estarás allí, vendrás caminando?

Se está haciendo de noche pero el agua.
Se está haciendo muy tarde para volver.
En el aire un eco que de dónde.

Pero lejos. Pero ahora. Pero está.

 

 


Cristián Gómez O. (Santiago de Chile, 1971). Poeta y traductor. Ha publicado, entre otros títulos, Alfabeto para nadie (Ediciones Fuga, Santiago, 2008), La casa de Trotsky (La isla de Siltolá ediciones, Sevilla, 2011), La nieve es nuestra (Ediciones Liliputienses, Cáceres, 2012, Ediciones Luces de Gálibo, Málaga, 2015) y El libro rojo (Ediciones Mantrax, D.F., 2019). Tradujo los libros Cosmopolita (Ediciones Liliputienses, Cáceres, 2014) y Ciudad modelo (Ediciones Liliputienses, Cáceres, 2018), de Donna Stonecipher, la plaquette Yo solía decir su nombre, de Carl Phillips (Siglo XXII, D.F., 2020) y de Mónica de La Torre compiló y tradujo Feliz año nuevo (Ediciones Luces de Gálibo, Málaga, 2017). Junto a esta última, publicó la antología Malditos latinos, malditos sudacas. Poesía hispanoamericana made in USA (Ediciones El Billar de Lucrecia, D.F., 2009). Fue miembro del International Writing Program, de la Universidad de Iowa, y Writer in Residence en el Banff Center for the Arts, en Alberta, Canada. Es profesor de literatura latinoamericana en Case Western Reserve University. Co-dirige, junto a Edgardo Mantra, la editorial de poesía en traducción 51GLO V51NT1Dó5, de México.